Dilemas del corazón
Dilemas del corazón
Por: Beika
Capítulo uno

Lo primero que escuché fue mi respiración entrecortada y el quejido que abandonó mi boca por el dolor de cabeza que me azotó. Después vino un aroma desconocido, una mezcla de perfume masculino y alcohol que no había manera de que pertenecieran a mi habitación.

Abrí los ojos lentamente, sintiendo una sensación entumecida de mi cuerpo como si hubiese corrido una maratón sin preparación previa. Tuve que volver a cerrar los ojos, tratando de controlar el dolor de cabeza; no fue de mucha ayuda, la verdad. Solté otro quejido, girando mi cuerpo, y fue cuando caí en cuenta de que alguien dormía a mi lado. Un hombre desnudo dormía profundamente a mi lado.

—¡Hahaha!

Me incorporé de golpe, cubriéndome el pecho con la sábana. El movimiento brusco hizo que el chico a mi lado frunciera el ceño antes de abrir los ojos.

—¿Ayling?

—¡¿Eiden, qué haces aquí?!

—Yo… yo…

—¡¿Qué haces aquí?! —chillé, histérica, cortando sus titubeantes palabras.

Eiden, al igual que yo, estaba sorprendido. ¡El mejor amigo del chico que me gustaba toda la vida estaba desnudo en mi cama! No, ¡estaba desnudo conmigo en una cama de la que no tenía idea de quién era!

Me observó con la misma mezcla de miedo y desconcierto. Miró a su alrededor, intentando encontrar respuestas.

—No lo sé —murmuró finalmente—. Pero… pero ¿tú qué haces aquí?

La misma mano con la que me cubría el rostro para no ver su cuerpo desnudo fue a parar en su rostro, o al menos ese era el plan, pero él fue más rápido en sostenerme. Mi respiración se atascó cuando sus dedos rodearon mi muñeca. Tiré mi mano hacia mí de inmediato, como si me quemara el cálido tacto de sus dedos.

—¡No me toques!

—¡Tranquilízate! Tampoco sé qué pasó. No recuerdo nada.

—A ver si dices lo mismo cuando te denuncie.

Quise bajar de la cama, pero del asombro mi cuerpo no cedía.

—Si tan cierto es tu desconcierto, a ver qué le explicas a la policía —contestó enojado.

El pelinegro buscó jalar la sábana, pero la apreté contra mi pecho. La fulminante mirada que le lancé no le importó en absoluto y continuó forcejeando de un lado.

Tragué saliva, intentando ordenar mis propios recuerdos. Sin embargo, se me estaba haciendo muy difícil. Lo único que recordaba eran fragmentos confusos, risas, y… ¿un vaso?

—¿Por qué… —susurré, mordiéndome el labio con fuerza.

La habitación en la que estábamos definitivamente no era mía. Las paredes eran claras, las cortinas gruesas impedían a los rayos del sol indagar la situación comprometedora en la que nos encontrábamos.

—¿Tú… te acuerdas de algo? —preguntó en voz baja.

—No. Nada después de la fiesta de anoche —negué rápidamente, apretando aún más la sábana contra mi cuerpo—. ¿Tú y yo…?

—¡No sé! No lo sé, Ayling. Lo juro. Si hubiese pasado algo… yo… yo te lo diría.

—¡Deberías saberlo, Eiden! Estamos Adán y Eva en una habitación que no me extrañaría que fuera de un motel. Y yo jamás en mi vida vendría a un lugar como este contigo —giré a verle, mis ojos llenos de rabia y lágrimas contenidas—. Así que habla ya de una vez, ¿qué me hiciste?

Sus ojos oscuros quedaron perplejos al escucharme. La expresión de sorpresa se le transformó a enojo total.

—¿Y por qué asumes que yo te hice algo?

—¿Perdón?

—Sí, Ayling —replicó, clavando los ojos en mí—. Me estás apuntando a mí como si fuera el único responsable de esto, cuando yo también desperté aquí sin recordar nada… y —vaciló— también podía haber sido tú.

Abrí la boca, indignada.

—¿Acabas de acusarme…?

—¿Acusarte yo? Tú fuiste la primera en gritar que te hice algo y que ibas a denunciarme.

—¡Porque desperté desnuda con un hombre a mi lado! ¿Qué hubieras pensado si fueras yo?

—Lo mismo que estoy pensando ahora —admitió—. ¿Y si tú fuiste la que me trajo aquí? O me dirás que por ser hombre tengo que ser el culpable de si hubo o no relación no deseada.

—¿Yo? ¡No te daría ni los besos de buenas noches! ¿Por qué iba a traerte a un lugar como este? Ni siquiera eres mi tipo.

—Tú tampoco eres mi tipo —defendió, con los ojos muy abiertos—. Además, ¿qué hacía una señorita a medianoche de fiestas en la calle?

—¿Me estás llamando irresponsable?

—Te estoy llamando injusta —corrigió—. No sabes si me arrastraste tú aquí. No sabes si fuiste tú la que se me subió encima, Ayling. No sabes nada.

Sin poder evitarlo, un nudo se acentuó en mi estómago, algo entre rabia y miedo.

—Estás diciendo estupideces —susurré, escalofriada—. Eres tan poco como para creerte tanto.

Eiden elevó una ceja. En lugar de decir algo, curvó los labios en una insinuante sonrisa y giró el rostro hacia el lado contrario. Sentí las incontrolables ganas de reventarle la cara a golpes; aun así, me contuve.

—Estoy seguro de que tú me tocaste primero —disparó, casi en un susurro venenoso.

Me faltó aire. Literalmente.

—¿Estás loco? ¡Yo nunca haría eso!

—¿Y yo sí? —volvió a alzar la ceja—. Discúlpame, pero tú tampoco eres gran cosa, no me arriesgaría poniéndote un dedo encima.

Rodé los ojos.

Mis manos seguían temblando. No sabía si era por el miedo, la rabia o el simple hecho de sentirme atrapada en un recuerdo que no existía. Eiden me observaba desde el otro lado de la cama, desnudo, pero más protegido que yo. Él tenía la convicción de alguien que se sentía acusado injustamente. Yo, en cambio, tenía la piel erizada y el corazón al borde de una taquicardia.

—Necesitamos comprobar algo —sugirió de pronto, con la voz más firme.

—¿Qué cosa?

—Nuestros cuerpos.

—¿Qué…? —lo observé, incrédula.

—Sí, Ayling. Si anoche pasó algo… si alguien hizo algo… debería haber marcas. Rasguños, golpes. Cualquier cosa que nos diga al menos si estuvimos… juntos.

—Ni lo sueñes.

Rodó los ojos.

—Ayling, por favor. Ya despertaste desnuda a mi lado. No digo que te quites nada. Solo… revisa. Tú misma. Yo haré lo mismo, y luego hablamos.

El tiempo que duré reflexionando al respecto fue breve. Después de todo, era razonable, y sin duda, siempre y cuando no me viera, podía hacerlo. Sin fiarme del todo, apreté los dientes, sintiendo cómo mis manos sudaban mientras deslizaba apenas las sábanas. Eiden giró de espaldas para darme privacidad. Ni siquiera fue necesario revisarme; la espalda de Eiden estaba rasguñada sin cuidado por todas partes. Aun así, lo hice; revisé mi cuerpo. Deslicé la sábana lo suficiente para ver mis brazos y mis pechos, y otras partes más íntimas de mi cuerpo, dejaron a la vista más marcas de las que debía.

Mi respiración se congeló.

—Esto… esto… —susurré sin querer.

Eiden se giró de inmediato, alterado.

—¿Qué? ¿Encontraste algo?

Me cubrí rápido, devolviéndole una mirada de alerta.

—No te acerques.

—¡Solo dime qué viste!

Me apreté la sábana contra el cuerpo, dudando si debía informarle o no, pero antes de que pudiera contestarle, bajó la mirada hacia su propio pecho, que hasta ahora a ninguno se nos había ocurrido ver, y chasqueó la lengua.

Tenía un rasguño largo y rojo, bajando desde su clavícula hasta la parte alta de su abdomen. Un rasguño hecho por uñas humanas.

—Ayling… —sus ojos se clavaron en los míos—. Esto… esto lo hiciste tú.

—¡No! ¡No, yo… yo no recuerdo haber…!

—Yo tampoco recuerdo nada, pero esa marca no salió de la nada —replicó—. Y está fresca. Muy fresca. Tú… tú sí me tocaste. Joder, ¿qué eres, una gata acaso?

Estuve apunto de contestarle, pero el sonido de un teléfono sonando llamó la atención de ambos. Volteamos hacia la mesita donde reposaba mi celular. Quien sea que llamaba canceló la llamada con prontitud. Todavía presionando la sábana contra mi cuerpo, con miedo a que esta se soltara, alargué mi mano y tomé el celular. Había un mensaje nuevo.

De: Ryan.

¿Llegaste bien al cuarto? Me dijiste que no querías estar sola con él. ¿Todo está bien?

Eiden leyó mi expresión y se puso tenso.

—¿Quién es? —preguntó, en voz baja.

—Nadie que te importe —tragué saliva—. Ponte ropa y vete de aquí, por favor, necesito hacer lo mismo.

He estado enamorada de Ryan desde la preparatoria. Me he aprendido de memoria cada una de sus actividades, gustos, todo. Nunca pensé, y hasta ahora no sé qué estaba pasando realmente, que despertaría en una cama con su mejor amigo.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP