Capítulo tres

Ya más aliviado, asintió, colocandose la camisa. 

Sin esperar respuestas, volví a tomar mi camino al cuartico abierto. El pestillo, al correrse, fue el único alivio que tuve en las últimas horas. Choqué de espalda a la madera fría, cerrando los ojos con fuerza; necesitaba ordenar el caos en mi cabeza. ¿Cómo iba a mirar a Ryan a la cara?

Me separé de la puerta a regañadientes para enfrentarme a mi reflejo en el espejo. Lo que vi fue un desastre. Mi aspecto ojeroso y febril por el maquillaje de la noche anterior bajo mis ojos, mi cabello se redujo a una maraña indomable, y lo peor eran las marcas innegables que florecían en la base de mi clavícula.

—¿Que si soy una gata? —susurré, frotando mi piel con frenesí—. ¿Y tú qué? ¿Un vampiro?

Seguí frotando las marcas como si pudiera borrar las evidencias con los dedos. No había nada que hacer. Al final, con un fuerte suspiro, dejé de estrujar vanamente mi cuerpo y me lavé la cara para bajar el rubor. Traté de acomodar mi cabello de manera que los mechones cayeran estratégicamente sobre mi cuello; no fue de tanta ayuda, pero al menos se veía que el vampiro que me atacó no andaba en manada.

Salí solo para buscar mi ropa. La recogí del suelo y volví a encerrarme. Me vestí en tiempo récord con el vestido que ahora me parecía ridículamente corto y poco apropiado para la luz del día, y cómo no, si le pertenecía a mi queridísima amiga Barbie, Zoe.

Cuando salí, Eiden ya estaba listo, apoyado contra el marco de la ventana, mirando hacia la calle a través de las cortinas entreabiertas.

—Salgamos de aquí.

Al escucharme, se giró. Su expresión había vuelto a ser esa máscara de indiferencia arrogante que solía portar, aunque había una tensión en sus hombros que lo delataba. Me escaneó de arriba abajo con rapidez; en un microsegundo se detuvo en mi cuello. Llevé instintivamente una mano allí para ajustar mi cabello.

—¿No sería mejor que cada quien fuera por su lado? —interrogó, alzando las cejas.

—Por supuesto, pero no tengo idea de dónde estamos.

—Estamos en casa de Marcos.

—¿Marcos?

—¿Es en serio? —ladeó la cabeza, un poco impaciente—. ¿Te vienes a una fiesta sin conocer quién la hace?

—Vine a hacerle un favor a mi amiga, no a socializar con el dueño de la casa.

—Tampoco viniste por mí y mira cómo terminamos.

—¡Hasta la tumba, Eiden! 

Rodó los ojos, pasándome de largo.

—Como sea. Marcos vive en las afueras; si no tienes idea de dónde estamos, mucho menos sabrás cómo volver. —Se dirigió a la mesita de noche y descolgó una chaqueta mal puesta—. Te llevaré, pero te dejaré a unas cuadras de tu casa para evitar que se nos vea juntos.

—No necesito que me lleves, puedo pedir un…

—¿Uber? —me interrumpió con una sonrisa torcida y carente de humor—. ¿Con esa pinta? ¿Y tienes tu cartera? Porque yo no vi nada más que tu celular y tu ropa tirada por ahí.

Fruncí el ceño con confusión. Busqué con la mirada por la habitación y efectivamente, no había rastro de mi bolso. Estaba atrapada con él.

—Bien —mascullé—. Apresúrate.

Eiden caminó hacia la puerta y la abrió con cautela, asomando la cabeza primero. El pasillo estaba en silencio, sumido en esa quietud pesada y viciada que queda después de una fiesta desenfrenada.

El piso de abajo era un campo de batalla: vasos rojos aplastados, confeti pegado al suelo por el alcohol derramado y un par de cuerpos durmiendo en los sofás en posiciones imposibles. Caminamos casi de puntillas, el miedo de ser vistos presente en cada paso que dábamos. 

Justo antes de llegar a la puerta principal, Eiden se detuvo en seco, provocando que chocara contra su espalda. 

—No vas a salir así.

Giró, viéndome. 

—¿Qué? —pregunté, confundida.

—Si ocultar lo que pasó es lo que quieres, debes ser más estratégica. —Sin pedir permiso, estiró la mano, y se deshizo de su chaqueta para tendermela.—. Póntela.

Negué con la cabeza.

—Tienes un mapa de mordidas en el cuello, Ayling. — Lanzó la chaqueta, que aterrizó pesadamente en mis brazos—. Póntela.

Quise protestar, quise tirarle la chaqueta a la cara, pero al final él tenía razón. Con un gruñido de frustración, metí los brazos en las mangas. La prenda me quedaba enorme; las mangas cubrían mis manos y el dobladillo me llegaba a los muslos, pero al menos me sentía protegida.

Caminamos hacia su auto manteniendo una distancia prudente, como dos extraños que por casualidad caminan en la misma dirección. Mientras él buscaba las llaves, saqué mi celular discretamente. Tenía tres llamadas perdidas de Zoe, y las de mis padres eran en números alarmantes.

Joder.

—Hoy mis padres me matan —lamenté—, y va a ser tu culpa.

No dijo nada, y solo se rió.

El regreso a casa fue, hasta cierto punto, un total trance. Ninguno dijo nada de lo sucedido, ni relucimos nada que opacara el silencio. Eiden, sumergido en un silencio reflexivo y confuso, manejaba en la carretera con la atención al volante. Sus hombros, totalmente rígidos, como si cargara una ciudad entera, no se aligeraban ni a la señal de los semáforos. Por otro lado, yo casi podía revivir sentada en el auto todo lo que mi mente no recordaba. Los besos, las caricias en mi piel, como si quisieran verme enloquecer, electrizaban mi cuerpo en fragmentos pequeños que poco a poco se dejaban recordar. Ya no tenía salivas para tragar.

¿En qué momento pasó todo esto?

Hace unas semanas, el sueño de estar con la persona que he amado desde siempre estuvo por hacerse realidad. Llevo enamorada de Ryan desde la primaria, por no decir desde que tengo uso de razón. Como toda una cobarde, nunca encontré el momento indicado o las palabras correctas de confesarle mis tan frustrados sentimientos, pero cuando mi amiga me confesó que le gustaba un chico y enterarme de que ese chico no era más ni menos que mi amor platónico, y que, además, necesitaba a morir mi ayuda, mi mundo se detuvo. ¡¿En qué cabeza cabe?! Aunque, claro, todo fue mi culpa por no haberle dicho nada. Yo pude decirle antes, o incluso ser un poco egoísta y decirle en ese momento que yo también estaba enamorada de Ryan, y no solo eso, sino que llevo ¡años! amándolo en secreto. Pero no lo hice. Sonreí como una idiota, asentí como la mejor amiga del mundo y le prometí ayudarla a conquistarlo. ¡Yo misma estaba colaborando en empujarla directo a sus brazos!

Di los primeros pasos, conversando por primera vez con Ryan, fingiendo casualidades para preguntarle gustos, cosas que más que nadie sabía por mi crecida obsesión con él. Todo para tener que decirle a Zoe, detalles con los que colaborarle. Aplaudí en silencio cada avance, fingí alegría cuando por fin comenzaron a ser más cercanos.

Desde entonces aprendí a sonreír con el corazón roto. Pero ahora, sin planearlo y sin saberlo, había cometido el mayor error de mi vida, colaborándole de la mejor manera al acostarme con su mejor amigo. Había perdido cualquier oportunidad de estar con él. Lo había perdido para siempre. Qué tonta.

Tragué saliva y miré por la ventana. El sol alzándose cada vez más visible sobre la ciudad, ardiendo las zonas específicas de mi piel donde Eiden me había tocado, como si mi piel se negara a olvidar, aun cuando mi cabeza suplicaba hacerlo.

Las furtivas miradas venían y se iban por el retrovisor, repudiándose con vergüenza y disculpas silenciosas, mientras soñaba Don't miss it en la radio, un recordatorio de que, sin importar la evidencia innegable en nuestros cuerpos, lo sucedido no debía hablarse.

El auto se detuvo frente a la cafetería Coffe Dreams, a unas cuadras de mi casa. No me apresuré a bajar.

—Te veo en la noche.

—¿Eh?

Ladeó el cuello con un esfuerzo disimulado y me miró. 

—Los cuatro fuimos asignados para la clase de literatura; quedamos que iniciaríamos esta noche con la preparación.

—Oh, sobre eso, no creo que…

—Tienes que ir.—suspiró—. Confía en mí. Hasta la tumba, recuerda.

Sonreí avergonzada, desviando la mirada. Después de lo sucedido, mirar a Ryan sería mi mayor reto, capaz hasta graduarnos de la universidad. Aunque sí, callar es lo mejor que podemos hacer, y mientras nadie se entere, todo estaría bien.

—Vale…

Bajé sin mirar atrás, llevándome conmigo los nervios que me hacían trizas.

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