—Eres un idiota, Eiden. Y yo soy una imbécil.
Sentí un nudo en la garganta. Estaba asqueada por haber invocado a la única persona que amaba de verdad en los brazos de su mejor amigo. Sí, fue un accidente. Pero, a pesar de eso, me hacía sentir como una traidora.
Recogí el cambio del mostrador y deposité el dinero en la caja registradora con un golpe seco.
Ordené las últimas cosas que faltaban, y por fin decidí cerrar la farmacia de una vez por todas. Apagué las luces principales, dejando solo la