Mundo ficciónIniciar sesiónAtrapada en una jaula de oro, una joven de 21 años sobrevive entre el lujo y la indiferencia. Criada por una madre sumisa y un padrastro controlador que jamás ha ocultado su desprecio, vive marcada por el abandono, el rechazo y una vida decidida por otros. Aunque todo a su alrededor parece perfecto, en su interior solo hay vacío. Un romance con el hijo de un magnate se convierte en su único refugio, pero también en una pieza más dentro del juego de poder que su padrastro manipula a conveniencia. Cuando la traición golpea de la forma más cruel, ella rompe con todo. Ya no quiere ser una víctima, y esa noche de rebeldía en un bar lo cambia todo. Él es mayor, enigmático y parece cargar con sus propios demonios. Lo que empieza como una noche sin promesas, se convierte en una conexión inesperada... hasta que la verdad sale a la luz: viven bajo el mismo techo y están unidos por la figura que ambos detestan.
Leer másErnesto DuarteLa oficina estaba en silencio, salvo por el leve zumbido del aire acondicionado y el crujir del papel bajo mis dedos. Había estado toda la tarde revisando reportes financieros, contratos, informes de producción… Nada fuera de lo habitual, excepto la carga. Últimamente, todo se sentía más pesado.Levanté la vista cuando escuché la puerta, abrirse sin previo aviso.Vivian.Rubia, alta, impecable. Siempre perfectamente vestida como si viniera de una sesión de fotos. Llevaba un vestido rojo ajustado, elegante pero insinuante, y tacones que resonaron como campanas de alerta en el suelo de mármol.Fruncí el ceño.—¿Qué haces aquí, Vivian? —pregunté, dejando los documentos sobre la mesa con evidente desdén. No me gustaba mezclar mi vida personal con el trabajo, mucho menos a esta hora.Ella cerró la puerta con suavidad, apoyando la espalda en ella por un segundo antes de caminar hacia mí con su estilo de siempre… como si diera brinquitos ensayados. De pronto, se inclinó y me pl
Álvaro DuarteErik dormía sobre mis piernas, con su pequeño cuerpo respirando pausado, con la cabeza ladeada y los labios entreabiertos. Tenía seis meses y ya apretaba mi dedo índice como si se aferrara al mundo entero con esa manita diminuta. Y en cierta forma, lo hacía.Levanté la vista hacia el retrovisor. Pedro me miró desde el asiento del conductor.—¿Crees que está bien lo que voy a hacer? —pregunté, sin fingir la duda en mi voz.Pedro desvió la mirada hacia el edificio frente a nosotros. El reclusorio de la Capital. Frío, gris, un monstruo de concreto.—No lo sé, jefe —respondió, sincero como siempre—. No creo que ese lugar sea para un bebé… pero lo que va a hacer es noble. Muy pocos tendrían ese valor.Asentí, mirando de nuevo a Erik. Acaricié su mejilla suave, esa piel de seda que todavía olía a leche tibia y sol.—Siempre serás mi hijo —le susurré—. Pero no puedo criarte a base de mentiras… No puedo ocultarte la verdad, aunque duela.Erik se removió un poco, pero no soltó mi
Álvaro DuarteEl sol apenas comenzaba a trepar por el cielo. El aire de la mañana era suave, perfumado por los rosales del jardín. Las maletas ya estaban acomodadas en la parte trasera de la camioneta negra que esperaba con el motor encendido, vibrando suavemente.Ernesto se apoyaba en su bastón, vestido con una chaqueta de lana gris y una gorra que le cubría apenas la frente. A su lado, Catalina irradiaba serenidad, pero sus ojos brillaban con esa tristeza dulce que aparece cuando uno se despide de algo que ama.—Van a hacernos mucha falta —dije, rompiendo el silencio mientras me acercaba con Emilia a mi lado, su mano cálida enlazada con la mía.—Nosotros también los vamos a extrañar —respondió Catalina con una sonrisa suave.Mara, de pie junto a nosotros, se adelantó un poco. Catalina se acercó a ella, tomándola con cariño del brazo.—Cuida de ellos, Mara —le pidió con voz firme—. Que Álvaro no haga locuras.Mara rió con dulzura.—Lo intentaré… aunque con este hermano mío nunca se s
Álvaro DuarteLa puerta de la mansión se cerró detrás de nosotros con un leve clic. El eco familiar del recibidor me hizo sonreír. Era extraño… estuvimos apenas dos días en el hospital y ya extrañaba a mi hijo como si hubieran pasado meses. Llevaba al bebé bien envuelto en la manta celeste, durmiendo plácidamente contra mi pecho. Su cabecita apenas pesaba, pero el significado de tenerlo ahí era inmenso, no vi a mi hijo nacer, pero era como si lo estuviera haciendo a través de este pequeño, me removía emociones en el pecho. Con la otra mano, sostenía la de Emilia. Estaba cansada, lo notaba en su andar lento, en la forma en que se apoyaba un poco más en mí, pero había una paz en su mirada que me revolvía el corazón.Al cruzar el umbral hacia la estancia, los vi.Mara, estaba sentada en el sofá con las piernas cruzadas y una sonrisa que le iluminaba todo el rostro.Gael, a su lado, con el brazo, rozándole apenas la espalda, como si le bastara ese mínimo contacto para sentirse completo.





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