Saqué del bulto el pequeño corrector. Era ridículamente caro, el tipo de lujo que una estudiante como yo no se permitía, no porque no podía encontrar ochenta y ocho dólares, sino que no era una cantidad que invertiría en algo tan pequeño. Lo que más me chocaba de esto no era el precio, era el hecho de que se hubiera tomado la molestia de comprar con exactitud lo necesario para ocultar su ¡propio rastro! en mi piel. Me revolvía el estómago.
Tomé mi teléfono para llamarlo y gritarle por haberse a