Mundo ficciónIniciar sesión«Mmm… ¡Sí, Keelen! ¡Así! ¡No te detengas!». Gemí con la espalda contra la fría pared de su despacho, mientras el mejor amigo de mi padre, el mismo hombre que me vio crecer y me llamó pequeña, durante años me reclamaba con una fuerza que me hacía olvidar mi propio nombre. Gime para mí, Eira, olvida que soy el hermano de ese idiota que no supo valorarte. Aquí solo somos tú y yo, me susurró al oído, y su voz profunda, cargada de una posesividad oscura, terminó de romper mis defensas. Soy Eira Novak. Durante mucho tiempo creí que mi cuerpo, con sus curvas generosas, no era suficiente para el mundo y la perfección que mi ex, Draco exigía. Él me dejó por una mujer que cumplia los estandares de la sociedad, humillándome frente a todos en Elogsui. Pero lo que Draco no sabía es que mientras él me despreciaba, su propio hermano mayor, el imponente y respetado profesor Keelen Thalassa, me observaba con un hambre que quemaba los libros de filosofía que tanto amaba. Lo que empezó como un consuelo prohibido se convirtió en una pasión que no podemos negar. Keelen es el mejor amigo de mi padre, mi profesor y el hermano del hombre que me rompió el corazón. Nuestra relación es un campo de minas; si mi padre se entera, el escándalo destruiría todo a su paso. Pero entre las sombras de los olivos y los susurros de la noche griega, ya no hay vuelta atrás. ¿Qué pasará cuando Draco descubra que su "hermano ejemplar" se ha vuelto adicto a la mujer que él desechó? ¿Se interpondrá la lealtad de sangre entre mi amor por Keelen y el secreto que nos mantiene vivos?
Leer más-Has engordado un poco más hoy, Eira -me susurré a mí misma, con la voz quebrada.
Evite el espejo de cuerpo con mucha destreza era rutina, era un adorno, no queria verme, no queria reconocer todas aquellas voces en mi cabeza. No quería ver la curva de mis muslos rozándose, ni la redondez de mi vientre. En mi mente, las palabras de Petra Petrovic resonaban como un eco
«Esa ropa no te queda, querida, deberías usar algo que esconda... todo eso». Aunque trate de olvidarlas, me obligué a sonreír frente al pequeño espejo del tocador, ensayando la máscara de la chica feliz que todos esperaban ver.
A mis veintidós años, como estudiante de Historia del Arte, sabía apreciar la belleza en las Venus de mármol, pero era incapaz de encontrarla en mi propia piel.
Me puse un vestido floral, lo suficientemente suelto para no sentirme asfixiada, y salí hacia la casa de los Thalassa. Draco me esperaba para una cena especial, o. Crucé las calles empedradas de Elogsui sintiendo que cada mirada de los turistas era un juicio sobre mi peso.
Cuando llegué, el silencio me recibió como un balde de agua fría. No había empleados a la vista. Subí las escaleras hacia la habitación de Draco, con el corazón martilleando contra mis costillas. Al empujar la puerta, el mundo se detuvo.
Draco estaba allí, con las sábanas a medio caer, y sobre él, Petra Petrovic se reía mientras le besaba el cuello. Sus cuerpos, delgados y perfectos perfecto para los estándares que yo tanto odiaba, se entrelazaban con una naturalidad hiriente.
-¡Eira! -Draco se incorporó, pero no hubo arrepentimiento en sus ojos, solo una irritación fría-. ¿Qué haces aquí tan temprano?
-Teníamos... la cena -logré articular, sintiendo que el aire me faltaba.
-Mira, ya que estás aquí, terminemos con esto -dijo él, levantándose sin pudor. Se acercó a mí con esa arrogancia de quien se sabe superior-. Lo nuestro no funciona. Me aburro, Eira. Eres... demasiado. Demasiado cuerpo, demasiada inseguridad, y en la cama eres como un bloque de hielo. Ella me da lo que tú, con tu falta de experiencia y tus complejos, nunca podrías.
Él intentó poner una mano en mi hombro, quizás para fingir un consuelo que no sentía.
-No llores, es patético. Solo acepta que no eres el tipo de mujer que un hombre como yo presume.
No pude más antes que sus dedos rozaran mi piel, me di media vuelta y corrí. Corrí por el pasillo, bajando las escaleras mientras las lágrimas nublaban mi vista y el vestido se enredaba en mis piernas. El dolor en mi pecho no era solo por la traición, era la confirmación de mi mayor miedo: nadie podía desearme. y amarme de verdad.
Al llegar al vestíbulo principal, choqué de frente contra un muro de músculos. Unas manos firmes me sostuvieron por los hombros para evitar que cayera.
-¿Eira? ¿Qué demonios...?
Alcé la vista y me encontré con los ojos grises de Keelen Thalassa. El hermano mayor de Draco, el mejor amigo de mi padre, mi profesor. Su presencia siempre me intimidaba, pero en ese momento, parecía un gigante protector.
-Suéltame, por favor -sollocé, intentando zafarme, pero sus manos no cedieron.
-Estás temblando, pequeña -su voz, profunda y calmada, vibró en el aire-. ¿Qué te ha hecho ese idiota de mi hermano? Lo voy a matar.
-No es nada, Keelen. Solo... quiero irme a casa. Llévame a casa, por favor -le supliqué, escondiendo mi rostro en su pecho. Olía a sándalo, a libros antiguos y a algo masculino que me hizo estremecer a pesar del dolor.
Keelen no hizo preguntas. Me guio hacia su auto, una elegancia que contrastaba con mi desorden emocional. Durante el trayecto, el silencio era denso. Él mantenía una mano sobre el volante y la otra descansando cerca de la palanca de cambios, muy cerca de mi rodilla.
-Sabes que puedes decirme cualquier cosa, Eira -dijo él, rompiendo el silencio mientras entrábamos en la casa de mi padre-. Te he visto crecer. Para tu padre y para mí, sigues siendo esa niña que rescatábamos de los árboles.
Esas palabras, que en otro momento me habrían dado ternura, ahora me quemaron como ácido. Una niña. Eso era yo para él. Mientras tanto, Draco estaba con una mujer de verdad.
-Ya no soy una niña, Keelen -susurré, mirando por la ventana-. Aunque todos me traten como si fuera de cristal o como si no tuviera necesidades.
Él detuvo el auto frente a mi puerta y apagó el motor. Se giró hacia mí, y por primera vez, no me miró como el amigo de mi padre. Sus ojos recorrieron mi rostro, bajando por mi cuello hasta detenerse en el escote de mi vestido, donde mi respiración agitada hacía que mis curvas subieran y bajaran con fuerza.
-Lo sé -respondió él, con una voz que había bajado una octava-. Sé perfectamente que ya no eres una niña, Eira. Pero te ves tan rota que me dan ganas de encerrarte y no dejar que nadie más te toque.
-Draco me dejó porque dice que soy gorda y fría -solté de golpe, sin poder contenerlo más-. Dice que no sé ser mujer. Que no sé... sentir placer.
Keelen apretó el volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Una tensión eléctrica llenó el pequeño espacio del coche.
-Draco es un estúpido que no sabe apreciar el arte cuando lo tiene delante -dijo, acercándose lentamente a mi rostro-. No sabe nada sobre la pasión, y mucho menos sobre lo que una mujer como tú necesita.
-¿Y tú sí sabes? -le reté, con la valentía que solo da la desesperación.
Él se quedó a milímetros de mis labios. Su aliento cálido rozó mi piel, enviando una descarga eléctrica hasta la punta de mis pies.
-Yo podría enseñarte cosas que harían que te olvidaras incluso de tu propio nombre, mi pequeña Eira. Pero somos Novak y Thalassa. Y tu padre me mataría si supiera lo que estoy pensando en este momento.
Abrió la puerta de mi lado con un movimiento brusco, rompiendo el hechizo.
-Entra en casa. Mañana tenemos clase de Filosofía. No llegues tarde.
Salí del auto mientras lo veía alejarse, supe que algo se había roto para siempre. El dolor seguía ahí, pero ahora, bajo mi piel, había empezado a nacer un hambre nueva. Una que solo el mejor amigo de mi padre parecía capaz de saciar.
La medianoche en Elogsui trajo consigo un silencio sepulcral, solo roto por el viento que golpeaba las contraventanas de la mansión Novak. Keelen seguía allí, sentado al borde de mi cama después de haberme obligado a comer una sopa ligera. Sin embargo, el ambiente se había tensado por una tontería: un comentario mío sobre una fiesta de la facultad a la que Sira quería que fuera el próximo fin de semana.—No vas a ir a esa fiesta, Eira. Es un nido de críos borrachos y Draco estará allí buscando pelea —sentenció Keelen, cruzándose de brazos.—¡Solo es una fiesta de disfraces, Keelen! —le repliqué, incorporándome sobre las almohadas—. A veces olvidas que tengo veintidós años. No puedes pretender que me quede encerrada leyendo a Aristóteles mientras el resto de mi generación vive.—Tu "generación" no sabe distinguir un buen vino de un refresco, y mucho menos sabe cómo cuidar de una mujer como tú —su voz era gélida—. Hay una diferencia de edad entre nosotros por una razón, Eira. Yo ya pasé
La casa de los Novak se sentía inmensa y extrañamente fría sin el bullicio de mis padres. y mi madre habían salido de viaje hacia Atenas por un compromiso de negocios, dejándome sola con mis pensamientos y un dolor punzante en el vientre que me recordaba mi naturaleza cíclica. Me había pasado todo el día envuelta en una manta de lana, ovillada en el sofá de la biblioteca, ignorando las llamadas y los mensajes que hacían vibrar mi teléfono sobre la mesa de café.No tenía fuerzas para enfrentarme a la universidad, ni a las miradas de Petra, ni mucho menos a la intensidad de Keelen. Especialmente hoy, cuando me sentía hinchada, vulnerable y cansada de luchar contra mis propios complejos.Cerca de las nueve de la noche, el sonido violento de la aldaba golpeando la puerta principal me hizo saltar. No esperaba a nadie. Me levanté con torpeza, arrastrando la manta, y abrí la pesada puerta de madera.Keelen estaba allí, bajo la luz mortecina del porche. No vestía su traje de profesor, sino u
El comedor se había convertido en una neblina de risas masculinas y el tintineo de las copas de cristal. Mi padre y el señor Thalassa estaban enfrascados en una discusión sobre viñedos, y Draco, para mi alivio, se volcaba botella tras botella de vino tinto con una amargura que intentaba disfrazar de celebración.—Necesito mostrarle a Eira ese manuscrito sobre estética bizantina que mencionamos, Artemises. Si no te importa que nos retiremos un momento —dijo Keelen, levantándose con una elegancia que ocultaba la tormenta que llevaba dentro.—Por supuesto, Keelen. Ve, hija, aprende algo de un hombre que sabe de lo que habla —asintió mi padre, dándome una palmada afectuosa en la mano, sin sospechar que me estaba entregando directamente a la boca del lobo.Keelen no esperó. Me guio por el pasillo en sombras de la mansión hasta su oficina privada. En cuanto cruzamos el umbral, cerró la puerta y me estampó contra la madera con una urgencia que me hizo soltar un jadeo. No hubo preámbulos. Sus
La mansión de los Thalassa en grande y esta noche me resultaba asfixiante. El aroma a cordero asado y especias griegas llenaba el comedor, pero mi atención estaba fija en el hombre que caminaba a mi lado por el pasillo, lejos de los ojos de nuestros padres. Keelen se detuvo frente a la puerta del baño de visitas y me acorraló contra la pared antes de que pudiera entrar.—Esta noche va a ser larga, pequeña —susurró, su voz era una caricia peligrosa—. Y no voy a permitir que te olvides ni por un segundo de lo que empezamos en mi despacho.—Keelen, nuestras familias están a unos metros —dije, sintiendo que el corazón me iba a estallar—. Mi padre y el tuyo están brindando por su amistad. Si nos ven...—No nos verán. Pero quiero algo tuyo para aguantar esta cena —su mirada bajó a mis caderas, ceñidas por un vestido de seda color esmeralda—. Entra ahí, quítate la braga y dámela.Me quedé helada, con la boca entreabierta. —¿Qué? No puedo...—Hazlo, Eira. O entraré yo mismo a quitártela —s
El silencio del despacho era denso, roto solo por el sonido de mi respiración errática. Keelen me mantenía acorralada contra el pesado escritorio de caoba, su cuerpo bloqueando cualquier posible salida. Sus ojos grises no tenían la frialdad del profesor, sino el hambre de un hombre que ha esperado demasiado tiempo por una presa.—¿Me tienes miedo, Eira? —preguntó él, su voz era un susurro que vibraba en el aire.—No lo sé... —logré articular, sintiendo que mis rodillas flaqueaban—. Keelen, estamos en la facultad. Alguien podría vernos.—Nadie entra aquí sin mi permiso. Y tú me pediste esto —dijo, acortando la distancia hasta que su pecho rozó el mío—. Me pediste que te enseñara lo que es ser mujer. Pues bien, la primera lección es que tu cuerpo no es un error, es un mapa que solo yo voy a recorrer. Vas a aprender mientras te toco, vas a entender cada fibra de tu ser mientras mi boca te reclama.Sin previo aviso, inclinó la cabeza y capturó mi cuello entre sus labios. Solté un jadeo in
Desperté con el martilleo rítmico de la resaca golpeando mis sienes. Los recuerdos de la noche anterior eran fragmentos borrosos: agua tibia, el aroma a sándalo de Keelen y una confesión que me quemaba la garganta solo de recordarla. Estaba en su cama, sola, envuelta en una de sus camisas de seda negra que me llegaba a medio muslo. Sin esperar a que él despertara, me vestí con torpeza, escapando de ese departamento como quien huye de la escena de un crimen. No podía enfrentarlo. No después de haberle suplicado que me enseñara a sentir.A las diez de la mañana, el aula de Filosofía en la Universidad de Elogsui estaba a reventar. Me senté al fondo, tratando de ser invisible. Keelen entró con su habitual paso firme, dejando un maletín de cuero sobre el escritorio. Lucía impecable, con una camisa gris acero que hacía juego con la frialdad de su mirada.—Buenos días a todos —dijo, recorriendo el aula con la vista. Sus ojos se detuvieron en los míos un segundo más de lo necesario, pero su r





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