Mundo ficciónIniciar sesiónTreinta años atrás, Ray y Nando vivieron un amor imposible de olvidar. Fue intenso, pero terminó demasiado pronto, dejando promesas sin cumplir y una herida que el tiempo nunca logró cerrar. Hoy, el destino los vuelve a enfrentar. Ella está casada y es madre. Él también tiene un hijo, pero su matrimonio quedó atrás. Ambos han construido una vida que parecía definitiva. Todo lo que se supone que debería bastar. Pero una sola mirada es suficiente para que el pasado despierte con fuerza. El deseo sigue intacto. La conexión, también. Y esta vez, lo que está en juego no es un sueño adolescente, sino estabilidad, decisiones y la identidad que han construido durante décadas. Mientras los recuerdos del verano que los marcó regresan con intensidad, Ray y Nando deberán decidir si algunos amores merecen una segunda oportunidad… o si abrir esa puerta significa perderlo todo. Mil lunas para ser infiel es una novela sobre el primer amor que nunca muere, sobre la infidelidad emocional y sobre la pregunta capaz de cambiar una vida entera: ¿Qué haces cuando el pasado regresa… y lo que sientes es más fuerte que el tiempo?
Leer másAmanecimos enredados en los brazos del otro, mi cabeza apoyada en su pecho, escuchando el latir de su corazón. Aún duerme, y prefiero dejarlo un poco más. Me levanto en silencio y preparo el café. Hoy estamos solos: Pedro no está. Enciendo el horno y hago sus galletas favoritas, esas con sabor a limón. El aroma lo despierta. Aparece en la cocina con una sonrisa que ilumina mi día, aún en ropa interior. Se acerca y me besa con las mismas ganas del primer día, y yo caigo otra vez en sus brazos, totalmente enamorada. Me lleva en brazos hasta la cama y me ama como si fuera la última vez; sus besos recorren mi cuerpo y sus manos acarician hasta el alma. Desayunamos luego de hacer el amor, y reímos por el paso del tiempo que le recuerda que ya no somos adolescentes. Una leve puntada se clava en su pecho, tose para quitarla, y vuelve a reír. —Creo que, de ahora en más, deberás cargarme tú —se burla. —¿Qué? ¿Acaso dijiste que estoy gorda? —le respondo entre risas. Debemos a
Las semanas pasan más rápido de lo que quisiera. Tanto tiempo esperamos adormecidos, silenciando lo que el corazón gritaba, intentando olvidar lo inolvidable, y ahora el tiempo corre deprisa. Besos a escondidas, encuentros erráticos, cuidando las apariencias aunque ya no sea necesario. Los días se precipitan como si tuvieran urgencia en llegar a algún lugar. Algunas noches dormimos juntos, abrazados hasta que el sol se cuela por la ventana. Son los días más felices: esos donde sólo somos dos. También están los otros, los que una mirada basta para encender una discusión, los que una palabra nos lleva al límite. Son sólo seis meses, pero no los cambiaría por nada. Amo a Ray, y amo al hombre que soy cuando estoy con ella. —Eras la diablita más linda del baile… ¿sabías? —susurro, como quien confiesa un secreto. —¿De qué hablas? —pregunta, sin recordar. —La noche de carnaval… —¡Ay, sí! Recuerdo que me disfracé una vez —ríe, evocando—. ¿Pero cómo sabes? No te vi esa noche.
Preparo la cena, como todos los días. Acomodo la ropa limpia recién sacada de la secadora, ayudo a Pedro con sus tareas. Igual que siempre. Aquí la rutina no ha cambiado, aunque yo sí lo haya hecho. Pasadas las nueve llega mi esposo: cabizbajo, cansado… pero extraño. Lo saludo al entrar, pero apenas me responde. Noto que algo sucede, aunque no lo diga. Alza a Pedro en brazos y lo besa amorosamente —al menos para él sí hay sonrisas—. Dejo que se quite la ropa de trabajo sin decir nada, y cenamos en silencio. El aire se siente pesado, como si hubiera mucho por decir pero algo nos detuviera. Yo sé que tengo que hablar, pero no delante de Pedro. —Tengo algo que decirte, Juan —le digo en voz baja, apenas nuestro hijo se va a dormir. —Sí… también yo —responde, agachando la cabeza, preocupado y algo nervioso. —Está bien, primero tú —le digo, ganando un poco más de coraje. —Ray… sabes que no estamos bien hace mucho —me toma por sorpresa—. Hace un tiempo conocí a alguien… N
— La heriste. No sé cómo… pero ella te ama —me acusa Ethel. — ¿Cómo? —pregunto incrédulo. — Fernando… —mueve la cabeza de un lado a otro— sabes de qué hablo. No tenía idea de cómo lo sabía, de cómo se había enterado de que sus lágrimas eran por mí, pero ella lo sabía. — Querido… —prosiguió con un suave suspiro— lo supuse desde que la presentaste como mi sucesora. Podía ver la luz en sus ojos tanto como en los tuyos. Se sentía de lejos lo que las palabras callaban. — Ethel… eres una bruja, ¿sabes? — Claro que sí. Quien no lo sabía eras tú —se ríe burlona. ¿Tan mal se sentía? ¿Era tanto el daño que le había causado? No logro entender cómo amar puede doler tanto y, aun así, seguir siendo amor. Decidí que no la dejaría sola, aunque ella lo hubiera pedido. Era un problema de ambos y debíamos resolverlo juntos. Cualquiera fuera el desenlace, lo afrontaría a su lado. Golpeé la puerta del taller para anunciarme; no sé por qué lo hice, si antes nunca lo hacía, pero cr
Último capítulo