Capítulo 5.

«En la mansión Parker»

—Por favor, por favor, deja de llorar—, suplicó Evangeline al pequeño bebé de forma desesperada, mientras lo mecía luego de casi una hora. 

La puerta de su habitación se abrió y Andrew se asomó desde el umbral. 

—Los laboratoristas están aquí—, indicó. 

—Enseguida bajo. 

Andrew la miró desesperada. Se notaba fácilmente que ese bebé la había sacado de quicio. 

—Hazlo que se calle—, ordenó. 

—No sé cómo hacerlo. 

—Eres la madre de ese pequeño bastardo, debes saber cómo calmarlo. 

—Se llama Ethan—, espetó Evangeline, cansada de que todos insultaran a un pequeño bebé inocente—, Y ya te dije que bajo enseguida.

Andrew gruñó y luego cerró la puerta..

Los laboratoristas eran personas frías, que solo estaban allí para hacer su trabajo. 

El juez Cardona también estaba presente, y serviría como testigo fiable que daría fe de la autenticidad de la muestra.

—Señora, por favor, tranquilice a su hijo—, exigió uno de esos hombres de traje totalmente blanco. 

—Lo intento—, exclamó Evangeline, meciendo al bebé con fuerza. 

—¿Cuál es el nombre?—, preguntó el otro. 

—Ethan... Su nombre es Ethan...—, respondió Evangeline. 

—¿Apellido?

El momento se volvió incómodo, cuando todos se miraron brevemente a los ojos, y de inmediato recordaron la polémica que envolvía al bebé.

—Valardi—, respondió Andrew rápidamente—, El bebé de mi hija Sarah es hijo de Ethan Valardi, aunque él no lo quiera admitir. 

Andrew mantuvo la frente en alto. No dejaría que la imagen de su familia siguiera siendo pisoteada, a pesar de que esos laboratoristas se miraron a los ojos, como aguantando la risa. 

—Eso es todo—, dijo uno de los sujetos, y luego se marcharon con la muestra de sangre. 

La puerta se cerró y la mansión se quedó en silencio. Únicamente el llanto del bebé se podía escuchar por todas partes. 

—¡Calla a ese maldito bastardo ahora mismo!—, reclamó Andrew con las manos en los oídos. 

Fátima se acercó a Evangeline para tomar al bebé. 

—Dámelo—, exigió con los brazos extendidos—, Una bastarda no es la más indicada para cuidar de mi nieto. 

Andrew bramó y tuvo intención de irse. Sin embargo, el sonido del timbre lo hizo detenerse.

—Carmen, ve a abrir la puerta—, ordenó con voz alta. 

Sin embargo, nadie lo escuchó. Así que, el timbre volvió a sonar una vez más. 

Andrew bajó las escaleras enojado y refunfuñando. 

—Increíble que deba abrir yo mismo la puerta de mi mansión. Esa estúpida sirvienta será despedida hoy mismo—, decía a regañadientes, mientras llegaba hasta la puerta. 

Pero el enojo desapareció de su rostro en el mismo instante que abrió la puerta y se topó de frente con el rostro de Lysander Scott allí parado. 

—¿Lysander? ¿Qué haces aquí? 

Lysander entró en la mansión sin ser invitado y comenzó a caminar hacia el centro del salón como si estuviera en su propia casa. 

—Vengo a invitarlos personalmente al baile de caridad que hará mi familia mañana por la noche—, dijo Lysander, entregando una tarjeta dorada en las manos de Andrew.

—Podías enviar la invitación por un correo—, insistió Andrew. 

—Eso siempre me ha parecido muy antipersonal. Además, quería asegurarme de que Sarah no olvidara escribir un buen discurso—, comentó sin siquiera verlo— Además, sólo los que tengan esa tarjeta podrán entrar a la fiesta.

—¿Discurso? 

En ese momento, Evangeline apareció en la parte más alta de la escalera. 

—¿Lysander?—, dijo. 

—Si...—, respondió Lysander con un sonrisa—, El discurso donde acepte que su compromiso con Ethan fue solo por obligación, pero al hombre que en realidad siempre amó, fue a mí—, dijo mirando a Evangeline. 

—Tendrás todo lo que quieras, como ya lo habíamos acordado. No es necesario que vengas hasta acá—, dijo Andrew acercándose. 

—Toda la ciudad estará allí. Y no quiero que Sarah se sienta tentada a no ir, solo por temor a que la juzguen. Debe ir quiera o no—, exigió. 

—Ella irá... 

Andrew se interpuso en el camino de Lysander para evitar que siguiera avanzando. Era un peligro que subiera esas escalera y se topara con la habitación donde estaba la verdadera Sarah. 

Lysander se detuvo y luego sonrió. 

—Si... estoy seguro que irá. Porque de lo contrario, se acaba el trato de los cincuenta millones—, dijo y luego dió la media vuelta para salir por la misma puerta que entró. 

Andrew respiró profundo. 

—Bueno. Ya lo escuchaste. Será mejor que busques el mejor vestido de la ropa de Sarah y te prepares. 

—En ese lugar habrán muchas personas que odian a Sarah por lo que hizo—, dijo Evangeline. 

—Tendrás que pensar en una manera de cómo aguantar toda esa presión. 

Andrew se fue y dejó a Evangeline sola en el salón principal, imaginando a todas esas personas burlándose de ella. 

Subió las escaleras nuevamente y fue hasta la habitación de Sarah para encontrar un vestido que fuera acorde con la ocasión. 

Sarah tenía ropa muy elegante. Vestidos que parecían sacados de un cuento de hadas. Así que fue difícil escoger solo uno. 

Estaba a punto de quitarse la ropa, cuando la puerta se abrió repentinamente, y Andrew entró acompañado de un par de sus matones. 

—¿Qué haces? ¡Me estaba quitando la ropa!—, reclamó Evangeline. 

—Es mi casa, y yo entro cuando quiera y donde quiera—, dijo Andrew—, Pero, no estoy aquí para verte desnuda—, dijo. 

—Entonces, sal con tu par de perros rabiosos. Necesito probarme el vestido—, exigió Evangeline. 

Andrew se acercó un poco, mientras se notaba pensativo. 

—Sabes perfectamente que no podemos cometer errores. Debemos cuidar hasta el más mínimo detalle. 

—Por supuesto. Y eso es lo que estamos haciendo—, dijo Evangeline. 

—Me parece genial que lo entiendas de esa manera tan positiva—, dijo Andrew sonriente—, ¿Sabías que Sarah tiene una pequeña cicatriz en su muslo derecho que todo el mundo conoce por sus fotos en traje de baño? 

—No. No lo sabía. No entiendo por qué me dices eso—, dijo Evangeline confundida.

Desvió su mirada hacia ese par de hombres y lo entendió todo de inmediato.

—Andrew, no...

Los hombres de Andrew se fueron sobre ella y la sometieron sobre la cama, sin importar cuánto trató de forcejear.

Uno de esos hombres le levantó el vestido y dejó la piel de su muslo derecho al descubierto. 

—No te muevas. Necesito que la cicatriz quede idéntica a la de Sarah—, dijo Andrew, mientras abría la afilada hoja de una navaja.

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