Mundo de ficçãoIniciar sessãoCamila Duvalier pensó que su historia con Leonardo Montenegro había terminado… Hasta que él regresó, dispuesto a todo. Ahora, comprometida con un militar leal y atrapada entre secretos, misiones encubiertas y un amor que nunca murió, deberá tomar la decisión más difícil de su vida: Elegir ¿El hombre que la protege… o el que la hace arder? Esta vez, rendirse no es una opción.
Ler mais**LEONARDO**Despierto antes que ella. La luz de París se cuela por las cortinas como un suspiro dorado, suave, casi tangible. Que envuelve la habitación con una mezcla de calma y electricidad que me hace querer quedarme ahí, congelando este momento.La veo dormir, serena, perfecta en su quietud. Cada línea de su rostro parece esculpida para recordarme por qué todo valió la pena: cada obstáculo, cada mentira que nos separó, cada instante de duda. Todo eso desaparece frente a este instante, frente a ella.Y, sin embargo, un pequeño temblor de miedo me recorre: ¿y si no soy suficiente para ella? ¿Y si algún detalle rompe esta perfección que apenas hemos alcanzado? Sacudo la cabeza, riendo suavemente. Ese miedo es un viejo amigo que insiste en acompañarme incluso en los momentos más felices, aunque ya no tenga lugar.Me levanto con cuidado, descalzo y cada paso es medido, casi ceremonioso. Me acerco a la ventana y miro París despertando. El Sena brilla como un hilo de plata que serpentea
**LEONARDO**El día amanece despejado, como si el cielo también hubiera decidido darnos una tregua.Nos quedamos en el hotel donde Camila se había estado hospedando. Es uno de esos lugares tranquilos, con aroma a flores frescas y madera pulida, donde el silencio se siente amable.El sol se cuela por las cortinas, bañando la habitación con una luz dorada.Nos preparamos para el encuentro.Ella elige un vestido color crema, ligero, que se mueve con cada paso como si el aire la siguiera. Su cabello cae libre sobre los hombros, y por un instante pienso que no hay paisaje más hermoso que ese.Yo, en cambio, me debatía entre los nervios y la emoción. Me puse una camisa azul y un pantalón beige; nada especial, pero me sentí distinto. Al mirarme en el espejo, apenas reconocí al hombre que alguna vez fui, ni culpa en mis manos. Solo una calma nueva, limpia, que lleva su nombre.Respiro hondo.Hoy, por primera vez en mucho tiempo, no siento miedo.Camila se coloca frente a mí, la mirada firme,
**LEONARDO**Han pasado unas horas en que Camila y yo nos reencontramos y decidió quedarnos unos días en Annecy. Dormimos juntos, sin miedo al mañana. Sin la sombra del pasado ni las preguntas del futuro.Me he despertado antes que ella. Me quedo quieto, observándola en silencio, mientras la primera luz del amanecer se cuela entre las cortinas y tiñe su piel de un dorado suave. La siento respirar lento, profundo… y en ese ritmo encuentro una paz que creí perdida.Por fin, ya no tengo que imaginarla en sueños. Está aquí, real, tibia, con su mano descansando sobre mí como si temiera que me desvaneciera.Abre los ojos despacio, me mira con esa calma que me desarma y me sonríe.—Buenos días —susurra con la voz aún adormecida.—Buenos días, señorita dormilona —respondo, rozándole la mejilla con el pulgar.Ella sonríe sin decir nada más, cierra los ojos otra vez y murmura:—Quiero seguir durmiendo…—Entonces duerme —le digo, bajando la voz—. Yo me encargo del desayuno.Se acomoda de nuevo c
**LEONARDO**Las tazas humean sobre la mesa, pero el vapor apenas se sostiene unos segundos antes de desvanecerse, igual que mi valor.Camila me observa en silencio. No dice nada, pero su mirada lo dice todo. Es dura, directa… y aun así, hay un temblor escondido detrás de esos ojos que conozco mejor que mi propio reflejo. Me atraviesa con una mezcla de rabia y dolor, como si intentara arrancar las respuestas que llevo escondiendo desde el día que decidí desaparecer.Tomo aire, pero no me alcanza. Siento el pecho apretado, las palabras golpeando contra mis dientes, pidiendo salir, aunque sé que al hacerlo nada volverá a ser igual.Mis manos tiemblan mientras sostengo la taza. No es el frío, es el miedo… Miedo a verla romperse cuando escuche la verdad.—Cuando corté la transmisión ese día —empiezo, con la voz más baja de lo que quisiera—, mi tío sospechaba que estaba grabándolo.El silencio entre nosotros es denso, casi insoportable.—Él me lo dejó claro —continúo, tragando saliva—: Que
La lluvia cae en un hilo constante, fina, obstinada, como si el cielo también se negara a dejarme sola. Mis manos tiemblan cuando toco la puerta de madera.—¿Hola? —mi voz apenas es un susurro que se disuelve con el sonido del agua cayendo.El frío me trepa por los brazos, me muerde la piel, pero aun así pruebo la manija. Está sin seguro, la puerta se abre con un chirrido agudo que me corta la respiración.Doy un paso adentro. Todo luce igual que en mis recuerdos, como si el tiempo se hubiera detenido justo aquí. La fotografía de nosotros de niños sigue sobre la repisa, congelando una inocencia que ya no existe.El retrato de su madre me observa con esa sonrisa suave, esa que siempre parecía saber más de lo que decía.Las cortinas están limpias; el piso impecable. Como si alguien siempre lo mantuviera.Vuelvo a hablar… pero no hay respuesta.—Nadie vive aquí… —.El sonido de mi voz se pierde entre las paredes, y por un instante siento que la casa me escucha. Respiro hondo, intentando
—¡Leonardo!Algo dentro de mí me impulsa a seguirlo.La multitud me envuelve, las voces se mezclan en un murmullo caótico, pero nada de eso me importa. Solo veo esa silueta que camina unos metros delante de mí.—No puede ser él… él murió —susurro, apenas audiblemente.El celular suena dentro de mi bolso, pero no contesto. No ahora.El semáforo cambia y la gente se amontona en la esquina. La figura sigue avanzando con paso firme. Corro, esquivando personas, murmurando disculpas que se pierden en el ruido de la ciudad.Dobla hacia una calle más angosta y, al intentar seguirlo, choco contra un hombre. Apenas alcanzo a murmurar una disculpa, sin mirarlo. Mi atención está fija en esa figura.Su andar, su postura, ese leve gesto de cabeza al detenerse frente a un escaparate... todo en él grita su nombre.—¡Leo! —grito de nuevo, con la voz quebrada.Él levanta la mano para detener un taxi. Corro con el corazón desbocado. Lo alcanzo justo cuando abre la puerta y le toco el brazo.—¡Leo! —repi





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