**LEONARDO**
El reloj del aeropuerto de París parecía burlarse de mí. Cada segundo que avanzaba era un recordatorio cruel de que ya iba tarde. Primero, anunciaron el retraso en el embarque. Después, como si el destino quisiera ponerme a prueba, una tormenta obligó a mantenernos en pista por casi una hora. Yo veía por la ventanilla cómo la lluvia golpeaba sin clemencia, y lo único que podía pensar era en la distancia que se alargaba entre ella y yo.
Cuando por fin el avión despegó, el cansancio