La llamada de esta noche todavía me quema en la memoria. No puedo borrar de mis oídos esa respiración, tan tenue y a la vez tan cercana, que se coló en mis pensamientos como un fantasma del pasado.
Cierro los ojos, intentando convencerme de que no escuché lo que creí escuchar. y lo peor fue mi reacción. Apenas oí, lo primero que salió de mis labios fue un nombre que juré enterrar:
—Leonardo.
Me odio por eso. Por seguir atada a alguien que ya no debería tener espacio en mi vida.
La madrugada fue eterna. La madrugada fue eterna, cada sombra de mi habitación terminaba teniendo su rostro, como si Leonardo aún habitara en mi mente sin permiso.
Cuando la primera luz del sol se cuela entre las cortinas, siento que mis ojos arden, pesados, y la cabeza late como si llevara horas cargando un peso invisible.
Camino hasta el baño casi en automático. Abro la ducha y dejo que el agua tibia caiga sobre mí. Cierro los ojos e intento que el agua arrastre el cansancio, los recuerdos y todo lo que no me deja en paz.
Salgo envuelta en una toalla, con el vapor escapando detrás de mí. Abro el armario y me detengo frente a la ropa, buscando algo que me ayude a sostener la imagen que todos esperan: fuerte, segura, inquebrantable. Escojo una blusa color marfil de mangas largas, ajustada a la cintura, y una falda lápiz negra que me da ese aire de formalidad que necesito. Me pongo unos tacones del mismo tono y recojo mi cabello en un moño bajo, limpio, elegante.
Del maquillaje apenas tomo lo necesario: un poco de base para suavizar las ojeras, máscara de pestañas y un labial nude. Nada demasiado llamativo.
Cuando bajo las escaleras de la mansión, lo veo.
Ahí está él, esperándome en el vestíbulo. Henry se mantiene erguido, impecable en un traje oscuro que le da un aire aún más imponente. Sus hombros rectos, la postura calculada, la mirada fija… todo en él grita disciplina.
Me detengo un instante, observándolo más de lo que debería. Y entonces, como un golpe bajo, mi mente cansada juega conmigo. Un destello fugaz me muestra a Leonardo vestido de la misma forma, con el porte de un hombre de uniforme. Trago saliva, apretando los labios. No, no debo. No puedo permitirme seguir alimentando esas imágenes. Sacudo la cabeza mentalmente, intentando apartar esa sombra que insiste en perseguirme.
—Buenos días, señorita Camila —me dice Henry.
Lo miro, sosteniendo su mirada más de lo necesario. Y en ese cruce de segundos siento algo extraño: como si el tiempo que pasamos sin vernos se hubiera desvanecido de golpe… y, al mismo tiempo, como si entre nosotros se hubiera abierto una puerta hacia algo distinto, algo que todavía no sé nombrar.
—Buenos días, Henry —respondo al fin, mi voz apenas un hilo, quebrada entre el cansancio y la confusión que no consigo disimular.
Salimos de la mansión y el aire fresco de la mañana me golpea el rostro, despejándome un poco de la pesadez que arrastro. Henry camina a mi lado con esa calma firme que lo caracteriza. Me abre la puerta del auto con un gesto medido, casi ceremonioso, como si cada movimiento estuviera ensayado de antemano.
Antes de que me siente, extiende una pequeña bolsa hacia mí. Reconozco al instante el aroma que se escapa de ella: mi desayuno favorito. Ese detalle, tan sencillo y tan personal, me toma por sorpresa. Mis dedos rozan los suyos al recibirlo, y por un instante siento un calor extraño subir hasta mi pecho.
—Hoy será un buen día, señorita Camila —dice con voz grave, cargada de seguridad, como si no existiera la mínima posibilidad de que estuviera equivocado.
Me quedo mirándolo en silencio un par de segundos, incapaz de confesarle lo mucho que necesito aferrarme a esas palabras. Solo asiento y me acomodo en el asiento trasero, abrazando la bolsa como si se tratara de un escudo contra mis pensamientos.
El coche arranca despacio, deslizándose por las calles de Londres. Los cristales polarizados nos aíslan de las miradas, pero no del mundo. A través de ellos me llegan los sonidos de la ciudad: el claxon impaciente de los autos, los pasos apresurados de la gente que corre a cumplir con su rutina, y, a lo lejos, el tañido grave de las campanas de una iglesia que marcan la hora. Cierro los ojos un instante, escuchando ese murmullo urbano que me recuerda que, aunque todo en mí se sienta detenido, la vida afuera sigue avanzando sin esperar por nadie.
Henry conduce con la misma firmeza con la que se mueve en todo: preciso, atento, seguro.
—Siempre me impresiona lo concentrada que te mantienes —rompe el silencio, con un tono que parece casual, pero que es demasiado directo como para serlo.
Lo miro de reojo, intentando descifrar si lo dice en serio o solo quiere provocar una reacción.
—No siempre fue así —respondo, dejando escapar un suspiro—. De niña me costaba mucho mantener la atención. Mi padre solía repetirme que para liderar una empresa debía aprender a controlar cada detalle, incluso los más pequeños. Supongo que terminé acostumbrándome a exigirme más de la cuenta.
Henry sonríe, apenas, sin apartar los ojos de la carretera.
—Entonces… ¿fue él quien te enseñó a mantener la compostura?
—Él y la vida —digo, bajando la mirada hacia mis manos. Juego con mis dedos, nerviosa, como si así pudiera ocultar la incomodidad—. Siempre sentí que había alguien esperando que cometiera un error para señalarlo. Así que decidí no darles ese gusto.
El silencio regresa por unos segundos, pero esta vez no es pesado. Al contrario, tiene algo inquietante, como si me dejara espacio para pensar demasiado.
—Me sorprende —dice Henry con voz baja, casi como si hablara para sí mismo—. Porque, aunque lo intentas, todavía hay momentos en los que se nota que cargas con demasiado.
Su comentario me tensa. Giro el rostro hacia él, aunque solo alcanzo a ver su perfil firme, iluminado por los destellos de la calle.
—¿Y eso qué significa? —pregunto, más a la defensiva de lo que quisiera.
Él ladea una sonrisa tranquila, de esas que parecen imposibles de descifrar.
—Que no deberías olvidar que eres humana. Incluso los que parecen más fuertes necesitan un respiro.
No sé qué contestar. Es una frase tan simple que debería dejarla pasar, pero me atraviesa de una forma absurda. Como si alguien hubiera dado con un punto débil que me esfuerzo en ocultar todos los días.
Para no quedarme en silencio, contraataco:
—¿Y tú? ¿Siempre fuiste tan… observador?
Él suelta una risa baja.
—Digamos que es parte del entrenamiento. Leer a las personas, anticipar lo que no dicen. Aunque contigo… no es tan difícil.
Me quedo helada. Esa última frase queda suspendida en el aire, cargada de un peso que no sé cómo manejar. Vuelvo a mirar la ventana fingiendo indiferencia, pero no logro engañarme. Mi corazón late más rápido de lo normal.
El resto del trayecto transcurre en un silencio tenso, y yo me repito una y otra vez que debo concentrarme en lo que importa: mi futuro, mis responsabilidades, no en un hombre que no le gusto y un hombre que aparece de repente para trastocar mi equilibrio.
El tiempo avanza, aunque no sin dejar rastros de caos en mí. Las semanas se deslizan rápidas, convirtiéndose en meses y sin darme cuenta, Henry ya se ha vuelto parte de mi rutina. Es él quien conduce mis autos, quien se asegura de que mis horarios encajen con la precisión de un reloj. Su presencia es constante, tan firme que a veces lo siento como una sombra inevitable, y otras… como una compañía que me sostiene en silencio.
En las mañanas entrenamos juntos en el gimnasio. Su voz grave me corrige con calma, sus manos marcan el movimiento exacto que debo seguir, y aunque intento concentrarme, me descubro atenta a cosas que no debería: la forma en que respira después de una serie, el modo en que me observa, calculador, pero también humano.
En los traslados compartimos largos silencios. Al principio me incomodaban, me hacían sentir expuesta, como si pudiera leer lo que pienso. Pero poco a poco esas reservas se han vuelto un espacio seguro, una pausa dentro de la vorágine. A veces, en medio de ese mutismo, rompe con una pregunta sencilla o un comentario inesperado que logra arrancarme una sonrisa. Y por segundos… olvido el peso que implica llevar mi apellido.
Intento convencerme de que todo está bajo control. Me repito una y otra vez que soy dueña de mis pasos, que nada ni nadie puede sacudirme. Pero la realidad es distinta: cada rumor que escucho en los pasillos, cada comentario disfrazado entre empresarios y empleados, me recuerda que vivo en un mundo donde todo se observa, donde cada gesto se convierte en noticia no dicha pero murmurada.
“La señorita y su guardaespaldas”, susurran. Lo dicen con medias sonrisas, con complicidad escondida en la mirada.
Y yo… sigo, como si no me afectara, pero por dentro todo se revuelve.
Debería pensar en mí, en mi propia felicidad, en lo que realmente quiero para mi vida más allá de lo que los demás esperan. ¿Formar un hogar? Sí… esa idea, que antes me parecía tan lejana, ahora me persigue en silencio. Y cuando lo pienso, cuando imagino esa posibilidad, el rostro que aparece me deja perpleja.
*****
Hoy en especial, la mansión es el escenario para una cena organizada por mis padres. Los invitados se mueven de un lado a otro, envueltos en sonrisas diplomáticas y trajes impecables.
Siento la mirada de mi padre desde la distancia: orgullosa, expectante. Me mantengo erguida, con el porte firme que él exige.
Henry está cerca, discreto, perfectamente mezclado entre las sombras de la velada, pero su sola presencia es suficiente para provocar murmullos.
—Ese guardaespaldas… se ve demasiado cercano, ¿no? —alcanzo a escuchar de reojo, entre el cuchicheo de dos señoras que fingen mirar sus copas.
Aprieto los labios y me obligo a ignorarlo. Esa no es la primera vez que escucho algo así, y sé que no será la última.
La velada fluye en un desfile de brindis, cumplidos superficiales y conversaciones que parecen bailar siempre en la superficie, sin tocar jamás lo real. Me muevo entre ellos con la seguridad que me he enseñado a fingir… hasta que una voz rompe el equilibrio.
—Los Montenegro se están levantando de nuevo —dice un empresario con aire satisfecho, y mi corazón se acelera.
—El segundo hijo; Leonardo Montenegro ha tomado la dirección con una rapidez admirable. Ese joven es ambicioso, decidido. Ojalá mi hija encontrara un hombre como él.
El nombre se clava en mí como un golpe. La copa tiembla entre mis manos, apenas un segundo, pero suficiente para que un destello me atravesara: El beso que nos dimos en Paris.
Respiro hondo, sonriendo como si nada, como si ese apellido no fuera capaz de arrancarme la calma en un solo instante.
Sé que Henry también lo escucha. No me hace falta mirarlo para confirmarlo; lo noto en el endurecimiento de su postura, en esa tensión contenida que lo rodea, aunque sus labios permanezcan sellados.
Los sirvientes anuncian que la cena está servida, y la atención se dispersa de inmediato.
Camino hacia el jardín en busca de aire fresco. Y lo encuentro adornado con luces, flores, una preparación demasiado perfecta para ser casual.
El corazón se me acelera. Henry aparece entre la penumbra, sus ojos fijos en mí, y siento que está a punto de suceder algo que puede cambiarlo todo.