**LEONARDO**
El eco de sus palabras todavía flota en el despacho cuando Santiago me mira con esa seriedad que nunca termina de suavizarse.
—Claro, tienes que hacerlo porque los deseo como padrinos de mis hijos —acaba de decirlo, más en serio de lo que creí.
Me sorprendo al escuchar su propia voz tan firme, y no sé si fue una confesión, una broma o una mezcla de ambas. La risa apenas se escapa de mis labios cuando él arquea una ceja, divertido.
—¿Padrinos, eh? —repito, con media sonrisa—. ¿Y qué