Mundo ficciónIniciar sesiónElara creció en la sombra de la miseria, cuidando a un padre enfermo y aceptando una vida de sacrificios que nunca cuestionó. Camila, su gemela perdida, creció entre diamantes y engaños, dejando un rastro de corazones rotos y una muerte que clamaba venganza: la de Julián Vance. Para el implacable magnate Dante Vance, solo hay una verdad: la mujer que destruyó a su hermano debe pagar con cada gota de su felicidad. Tras una búsqueda incansable, Dante encuentra a quien cree que es la culpable. No le importa que ella jure inocencia, ni que sus manos tengan cicatrices de trabajo duro en lugar de seda. Para él, ella es Camila, la seductora que debe ser castigada. Atrapada en un contrato matrimonial que es en realidad una sentencia de muerte social, Elara es arrastrada a una mansión de cristal donde el frío del mármol es lo único que la recibe. Dante se propone romperla día a día, convirtiendo su existencia en un funeral perpetuo. Sin embargo, mientras más intenta destruirla, más se obsesiona con la luz que emana de su "pecadora". ¿Qué pasará cuando el odio ciego de Dante se transforme en una posesión devoradora? ¿Podrá el perdón alcanzar al hombre que la obligó a dormir a sus pies, mientras la verdadera Camila mueve los hilos desde la oscuridad para que su hermana cargue con sus pecados? Cuando la venda caiga y Dante descubra que ha destruido al único ángel que quedaba en su mundo, será su turno de suplicar de rodillas por una redención que Elara quizás ya no esté dispuesta a darle.
Leer másLos pasillos de la residencia guardaban las huellas de los últimos cinco años: marcos con fotografías de sus viajes a la playa, dibujos coloridos pegados en la cocina y un perchero donde las chaquetas de Dylan colgaban un poco más abajo que las de los gemelos. Mateo y Amara se habían convertido en el eje protector del más pequeño. Mateo vigilaba que Dylan no olvidara sus juguetes por el jardín, mientras Amara no se separaba de él, disfrutando de cada momento a su lado. El sol de la tarde iluminaba el jardín. Recostados en las tumbonas frente al césped, Dante y Elara se mantenían abrazados, disfrutando de la brisa. Él la atrajo contra su pecho, inclinándose para susurrarle al oído lo hermosa que estaba. Elara le dedicó una sonrisa mientras apoyaba su mano en la cintura de él, con la vista fija en sus hijos. Unos metros más adelante, Dylan corría persiguiendo un coche a radio control que Mateo manejaba desde la distancia. El pequeño reía con fuerza cada vez que el vehículo esquivaba
Elara se llevó una mano a la espalda, sintiendo el peso de su vientre mientras caminaba por la cocina. Aquellos meses de espera, que al principio parecieron una eternidad, se habían esfumado en un suspiro, y aunque aún faltaban unos días para la fecha prevista, una punzada inusualmente fuerte la hizo detenerse en seco. El vaso que sostenía en la mano resbaló de sus palmas, y cayó al suelo, rompiendo la quietud de la tarde. Elara se apoyó con todas sus fuerzas en el borde de la encimera, conteniendo el aliento. Sintió un líquido caliente empaparle las piernas y el vestido, extendiéndose con rapidez por el piso. El bebé había decidido adelantarse. Una contracción intensa y desgarradora la obligó a doblarse por la mitad, cortándole la respiración por completo. En la sala, Dante estaba distraído con los niños cuando el estruendo del cristal rompiéndose lo puso en alerta. El sonido, inesperado y alarmante, lo hizo ponerse en pie de un salto. Dejando atrás a los pequeños, corrió hacia l
El frío de diciembre se consolidó con una ventisca que cubrió por completo Nueva York. Dentro de la suite de la clínica privada, el ambiente era muy diferente; la temperatura se mantenía templada y el suave zumbido del monitor de ultrasonido llenaba el espacio con un compás constante. Dante permanecía de pie junto a la camilla, con una mano metida en el bolsillo de su pantalón y la otra sosteniendo los dedos de Elara sin soltarla ni un segundo. Sus ojos estaban fijos en la pantalla donde el obstetra movía el transductor sobre el vientre de ella, que ya dibujaba una curva evidente bajo la bata médica. En las sillas del rincón, Mateo y Amara observaban en silencio, fascinados por las formas grises que cambiaban en el monitor. —Muy bien —dijo el médico, ajustando la imagen—. El ritmo cardíaco es fuerte y el bebé se está desarrollando perfectamente para la semana dieciséis. Todo marcha impecable, Elara. —¿Ya podemos verlo? —interrumpió Amara, bajándose de la silla de un salto y a
La puerta pesada se abrió y Dante entró quitándose el abrigo largo, sacudiendo los restos de nieve de los hombros. Detrás de él entraron Marcus y dos empleados más, cargando un pino fresco y frondoso junto con varias cajas grandes y elegantes, repletas de esferas y luces nuevas que Dante había mandado comprar de inmediato tras la llamada. Los niños vitorearon al ver el despliegue, y Amara se abalanzó sobre su padre. Dante se agachó para recibir el impacto de la niña, que se le colgó del cuello. —¡Eres el mejor, papá! —exclamó ella, feliz. Dante la alzó en vilo sin el menor esfuerzo, pero sus ojos buscaron por instinto a Elara sobre la cabeza de la pequeña. La recorrió con la mirada, deteniéndose en las líneas de su rostro para asegurarse de que no hubiera rastros de fatiga. Luego, les indicó a los empleados dónde acomodar las cosas antes de que se retiraran discretamente. —Primero vamos a comer algo —dijo Dante, bajando a la niña al suelo antes de caminar con paso firme hacia El





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