Mundo ficciónIniciar sesiónEl trayecto hacia la clínica San Judas fue un descenso al infierno personal de Elara. El coche de lujo de Dante cortaba la lluvia de la tarde con una eficiencia silenciosa que resultaba insultante frente al estruendo del corazón de la joven. Ella se apretaba contra la puerta trasera, todavía vistiendo el uniforme de limpieza manchado de agua jabonosa y el desprecio de los socios de su marido. Sus uñas se clavaban en sus propias palmas, buscando un dolor físico que distrajera el terror que le cerraba la garganta.
Dante no decía una palabra. Observaba su tableta electrónica con una frialdad que helaba el aire del habitáculo, pero de vez en cuando, sus ojos se desviaban hacia el reflejo de Elara en el cristal. La veía temblar, veía cómo sus labios se movían en una oración silenciosa, y esa visión de pureza y desesperación le provocaba una disonancia cognitiva que lo enfurecía. Es Camila, se repetía. Camila es una víbora que sabe fingir fragilidad mejor que nadie. Cuando llegaron a la clínica, el entorno era radicalmente distinto al hospital público donde Elara solía pasar sus noches. Aquí, los suelos de mármol brillaban bajo luces cálidas y el aire olía a lavanda y tecnología de punta. Pero para Elara, era una jaula de oro más grande. Dante la guio hacia la unidad de cuidados intensivos, sujetándola por el brazo con una firmeza que decía: "No intentes nada". Al entrar en la habitación 602, el mundo de Elara se detuvo. Su padre, un hombre que parecía haberse encogido bajo las sábanas de hilo de mil hilos, estaba rodeado de tres especialistas que revisaban monitores con rostros graves. El pitido del respirador era más rápido de lo normal, un eco frenético de la lucha por la vida. —Papá... —susurró Elara, lanzándose hacia la cama. —Atrás —ordenó Dante, interceptándola con un brazo de hierro antes de que pudiera tocarlo—. No has ganado el derecho de estar cerca de él todavía. Dante hizo un gesto a los médicos. Uno de ellos, un hombre de cabello canoso y expresión impersonal, se acercó a Dante ignorando por completo la mirada suplicante de Elara. —Señor Vance, el paciente tuvo un episodio de arritmia severa seguido de una insuficiencia respiratoria aguda. Los niveles de oxígeno cayeron peligrosamente. Hemos logrado estabilizarlo, pero su sistema es extremadamente frágil. Sin el soporte continuo y la medicación de última generación que usted está financiando, no superaría la próxima hora. Elara sintió que el suelo se inclinaba. Se dejó caer de rodillas junto a la pared, cubriéndose la boca para no soltar un grito de agonía. Dante, por el contrario, caminó hacia la cama y observó al hombre en coma con una indiferencia clínica. —¿Escuchaste eso, Camila? —dijo Dante, su voz bajando a un susurro que cortaba como una navaja—. El hilo que sostiene a este hombre es tan delgado como mi paciencia. Dante se inclinó sobre el panel de control del equipo médico de alta gama. Sus dedos largos y elegantes rozaron el interruptor principal de la fuente de energía del respirador. Los ojos de Elara se abrieron con un horror indescriptible. —¡No! ¡Por favor, Dante, no lo haga! —rogó ella, arrastrándose por el suelo hasta sus pies—. ¡Haré lo que quiera! ¡Limpiaré toda la mansión, aceptaré cualquier humillación, firmaré lo que necesite! Pero no lo toque... se lo suplico. Dante la miró desde arriba, con una sombra de triunfo oscuro bailando en sus pupilas. Ver a la mujer que supuestamente destruyó a su hermano de rodillas, suplicando por la vida de alguien más, era el bálsamo que su alma herida necesitaba, aunque una parte de él se retorciera de asco ante su propia crueldad. —El problema, querida esposa, es que tu obediencia de hoy fue mediocre —sentenció él, su dedo todavía rozando el panel—. Dejaste que mis socios te miraran con lascivia. No te comportaste como la propiedad que eres. Si vuelves a fallarme, si vuelves a intentar decir que no eres quien yo sé que eres, este interruptor se apagará. Y no será un accidente. Será tu elección. —Lo entiendo... lo entiendo —jadeó Elara, las lágrimas empapando su uniforme gris—. Seré lo que usted quiera. Seré Camila si eso es lo que necesita para su venganza. Pero manténgalo a salvo. Él es lo único que tengo. Dante retiró la mano del panel con una lentitud sádica. Hizo una señal a los médicos para que se retiraran, dejándolos a solas con el sonido monótono de las máquinas. El silencio que siguió era denso, cargado de una tensión eléctrica que hacía que el vello de la nuca de Elara se erizara. —Levántate —ordenó él—. Míralo bien. Es la última vez que entrarás en esta habitación en mucho tiempo. —¿Qué? ¡No! No puede prohibirme verlo —exclamó Elara, aferrándose al borde de la cama. —Puedo y lo haré. Tu presencia parece traerle mala suerte —replicó Dante, agarrándola de la cintura y levantándola del suelo con una fuerza abrumadora—. A partir de ahora, solo recibirás informes semanales. Si el informe dice que has sido una esposa sumisa, él seguirá respirando. Si el informe dice que has causado problemas... bueno, ya sabes cómo termina esta historia. Dante la arrastró fuera de la habitación. Elara luchaba débilmente, girando la cabeza para ver por última vez la figura inmóvil de su padre, sintiendo que una parte de ella moría con cada paso que la alejaba de él. Cuando regresaron al coche, la atmósfera era asfixiante. Elara se hundió en el asiento, con la mirada perdida en la lluvia. Ya no le quedaba fuego para pelear, solo una resignación amarga que la hacía parecer una cáscara vacía. Dante la observaba de reojo, sintiendo una inquietud creciente. Camila nunca se habría rendido así. Camila habría gritado, habría intentado negociar con su cuerpo, habría lanzado amenazas. Esta mujer solo se rompía en pedazos silenciosos. —Mañana —dijo Dante, rompiendo el silencio con una voz que, por un segundo, perdió su filo—, habrá una gala benéfica en honor a la fundación de Julian. Irás conmigo. No llevarás el uniforme de limpieza. Llevarás las joyas de la familia Vance y un vestido que yo mismo he elegido. —¿Por qué me obliga a ir a esos lugares si solo me desprecia? —preguntó ella, sin mirarlo. —Porque el mundo necesita ver que el monstruo ha sido domesticado —respondió él, aunque en su interior sabía que la razón era otra: quería verla brillar bajo las luces para confirmar si esa luz era real o solo otro de sus trucos—. Y porque quiero que sientas el peso de lo que robaste cada vez que alguien mencione el nombre de mi hermano. —Usted me está matando por dentro, Dante—susurró Elara, cerrando los ojos—. Y lo peor es que ni siquiera sabe a quién está matando. Dante apretó los dientes y aceleró el coche, hundiendo el pedal con una furia irracional. Sus palabras le habían dado donde más le dolía: en la duda que empezaba a germinar en su pecho como una mala hierba. Al llegar a la mansión, Dante no la llevó a la habitación de servicio. La arrastró directamente a su despacho y sacó un sobre grueso. Lo lanzó sobre el escritorio. —Tus "pruebas" —dijo él—. Mandé a mis hombres a registrar tu antiguo apartamento. Encontraron esto. Elara abrió el sobre con esperanza, pensando que por fin vería su identificación, sus fotos, su vida. Pero al vaciar el contenido, su corazón se detuvo. Dentro había pasaportes falsos con el rostro de ella pero el nombre de Camila, joyas que ella nunca había visto y fajos de billetes de alta denominación que olían a humedad. —¡Esto no es mío! —gritó ella, horrorizada—. ¡Alguien puso esto allí! ¡Dante, se lo juro, yo vivía en la miseria, mi apartamento no tenía nada de esto! Dante se acercó a ella, su rostro transformado en una máscara de odio puro. La verdadera Camila, la gemela que Elara no conocía, se había asegurado de dejar un rastro que incriminara a cualquiera que se pareciera a ella antes de desaparecer. —Eres una mentirosa nata —escupió él, tomándola por el cuello de la camisa—. Tus papeles, tus fotos... todo era una fachada para este momento. Ahora cállate y vete a mi habitación. Mañana serás la esposa perfecta, o te juro que el informe médico de tu padre será el último que leas. Elara se retiró, destrozada. La trampa era perfecta. Su hermana —aunque ella aún no lo sabía— la había condenado, y Dante era el verdugo encargado de ejecutar la sentencia. Mientras ella subía las escaleras, Dante se quedó mirando los pasaportes falsos. Había algo en la fecha de emisión que no cuadraba con sus registros, pero el odio era demasiado fuerte para dejarlo ver la verdad. Esa noche, Elara volvió al suelo de mármol frío, pero esta vez no lloró. Sus ojos estaban secos. Había entendido que en la guerra de Dante Vance, la inocencia era la primera víctima, y ella estaba decidida a sobrevivir, aunque tuviera que convertirse en el fantasma que él tanto temía.






