Mundo ficciónIniciar sesiónValeria Montiel creía tener la vida perfecta, un prometido al que amaba y un futuro que parecía seguro. Pero una traición inesperada lo destruye todo en un solo instante. Con el corazón roto y un secreto creciendo dentro de ella, decide desaparecer de la vida de Alejandro Mendoza sin dejar rastro. Lejos de Madrid, comienza de nuevo en Estados Unidos, donde el destino la lleva a trabajar para Ricardo Salvatierra, un hombre brillante y poderoso que ve en ella mucho más que una simple asistente. Cuando la enfermedad amenaza con arrebatarle el tiempo, Ricardo le propone un matrimonio inesperado que cambiará para siempre el rumbo de su vida. Años después, Valeria ya no es la mujer que huyó con lágrimas en los ojos. Ahora es una empresaria poderosa, heredera de un imperio y madre de una niña que se ha convertido en su mayor fortaleza. Pero hay heridas que nunca terminan de cerrar. Cinco años más tarde, Valeria regresa a España. No solo para dirigir la empresa que ahora le pertenece… sino también para enfrentar al hombre que la traicionó. Porque Alejandro jamás imaginó que la mujer que perdió regresaría convertida en alguien a quien ya no puede alcanzar.
Leer másValeria se quedó mirando el pequeño dispositivo sobre el borde del lavabo. Las dos líneas estaban claramente visibles. Su corazón empezó a latir con fuerza.
Tomó el dispositivo casero en su mano, necesitaba ver de cerca el resultado y asegurarse de que no eran imaginaciones suyas.
¡Estaba embarazada!
Apoyó una mano sobre el mesón de mármol, se miró en el espejo y respiro profundo. La emoción le iluminó el rostro, no podía creerlo, estaba embarazada.
Desde que inició su relación con Alejandro, dos años atrás, Valeria había estado cuidándose, tomando anticonceptivos. Alejandro, en más de una ocasión, había mencionado su deseo de tener un hijo, pero para Valeria las cosas debían hacerse de forma correcta.
Ella siempre había tenido muy claro que primero debía llegar el matrimonio. Solo después vendría un hijo. No era simplemente una idea romántica, sus padres le habían dicho siempre desde muy pequeña, que “los hijos debían nacer dentro de un hogar construido con compromiso.”
Tomó el dispositivo, lo miró una vez más y luego lo tiró dentro de la papelera. Después se lavó las manos, salió del baño y tomó su bolso. Tenía que confirmar con su médico que realmente estaba embarazada, además de saber cuántas semanas de embarazo tenía y si todo estaba bien.
Minutos después condujo hacia la clínica para verse con su ginecólogo. Llevaba dos años viéndose con el doctor Hernández, desde que decidió formalizar su relación con Alejandro.
El médico conocía bien su historial médico y siempre había sido directo con ella. Cuando Valeria llegó a la clínica, la recepcionista la reconoció de inmediato.
—Buenos días, señorita Valeria.
—Buenos días —respondió ella, todavía con el pulso acelerado—. ¿El doctor Hernández está disponible?
La mujer revisó rápidamente el sistema.
—Estás de suerte, justo una de las pacientes ha cancelado su cita. Puedes pasar.
Valeria le sonrió y caminó por el pasillo hasta el consultorio. El médico la recibió con la misma amabilidad de siempre.
—Valeria, qué gusto verte. ¿Todo bien? —preguntó sorprendido.
Ella dejó su bolso en la silla.
—Creo que sí… pero quería comprobar algo.
Le explicó lo de la prueba que había hecho esa mañana. El doctor asintió con calma.
—Entonces vamos a revisarte. Eso que me dices es algo que puede suceder. Todo método anticonceptivo tiene un porcentaje mínimo de falla y en ese porcentaje, aunque mínimo, toda mujer corre el riesgo de embarazarse.
Valeria se levantó, entró al baño para cambiarse y luego regresó. Se recostó en la camilla mientras él preparaba el ecógrafo. El médico aplicó el gel frío sobre su abdomen y comenzó a pasar el aparato encima de su vientre mientras ella miraba la pantalla sin entender demasiado lo que veía.
El doctor observó durante unos segundos.
Luego sonrió.
—Bueno… aquí está. —dijo señalando un pequeño punto en la pantalla y rápidamente comenzaron a escucharse los latidos del bebé—. Estás embarazada.
Valeria abrió los ojos conteniendo las ganas de llorar por la emoción.
—¿De verdad? —preguntó con voz temblorosa.
—Sí. —El médico ajustó la imagen—. Mira aquí. Ese es el embrión. Por el tamaño debe tener alrededor de un mes y medio.
—No lo puedo creer —dijo llevándose las manos al rostro.
El doctor imprimió la imagen del ultrasonido y le entregó el sobre con la ecografía.
—Felicidades Valeria.
Valeria tomó el sobre con cuidado.
—Gracias, doctor.
Minutos después salió de la clínica y ella caminó hasta su coche con una sonrisa que no podía ocultar. Subió y unq vez dentro del auto, volvió a abrir el sobre.
Sacó la ecografía y la miró por segunda vez.
—Un mes y medio —murmuró y apoyó la mano sobre su vientre—. Alejandro se va a volver loco cuando se entere —murmuró.
La boda estaba prevista para dentro de un mes. Siempre habían hablado de tener hijos después del matrimonio. Lo habían planeado así. Pero ahora que el bebé ya estaba en camino, no podía hacer más nada, sino recibir aquel ser con el mismo amor con que fue concebido.
Estaba embarazada del hombre que amaba, el primer hombre con el que estuvo, con quien fue mujer, con su prometido.
Valeria guardó la ecografía dentro del sobre y arrancó el coche. Durante el trayecto hacia la empresa no dejó de sonreír. Alejandro era un hombre ocupado. Dueño de una de las empresas más importantes de la ciudad, por lo que decidió presentarse en su oficina y darle la sorpresa.
Cuando llegó al edificio estacionó en el área de visitante, bajó del coche con el sobre en la mano. Subió los escalones y fue hasta la recepción.
La recepcionista levantó la vista al verla.
—Buenos días, señora Valeria. Ya le aviso al señor Mendoza que está aquí.
—Buenos días, Carla. No, no hace falta que le avise —dijo sonriendo— Quiero darle una sorpresa a mi marido.
La recepcionista asintió.
—Claro.
Valeria caminó hacia el elevador.
Segundos después llegó al segundo piso donde se encontraban las oficinas ejecutivas. El lugar estaba tranquilo. Algunos empleados trabajaban en silencio frente a sus computadoras.
Ella avanzó hasta el final del corredor, donde estaba la oficina privada de Alejandro. Pero antes de llegar se detuvo. Desde dentro de la oficina se escuchaban sonidos algo perturbadores.
¿Qué estaba pasando allí dentro?
Respiró profundo, el corazón empezó a latirle fuerte otra vez, pero ahora por una razón distinta. Se acercó a la puerta, giró el pomo suavemente, estaba sin seguro.
Abrió la puerta un poco, sólo lo suficiente para ver lo que estaba sucediendo, asomó la cabeza. Y entonces vio a Alejandro, él estaba de espaldas, inclinado sobre el escritorio y frente a él estaba Claudia, su asistente.
La mujer estaba medio desnuda, apoyada sobre la mesa. Sus manos se aferraban al borde mientras dejaba escapar gemidos entrecortados.
—Alejandro… —murmuraba ella.
Valeria se quedó inmóvil con el sobre en su mano. Observó la escena sin moverse, luego retrocedió lentamente y cerró la puerta con cuidado sin ser notada siquiera.
Había ido a darle la sorpresa a su prometido y la sorprendida, fue ella.
Esa noche casi no pude dormir, pensar que al día siguiente vería al hombre que un dia ame con todo mi corazon y me traiciono con su asistente a penas a un mes de nuestra boda, me seguía doliendo, pero tenía que ser fuerte y demostrarle que no estaba dispuesta a que ningún hombre me hiciera daño. Tenía una preciosa hija y ella era la que me daba vida y las alegrías en mi vida.—-- Buenos días señora, el desayuno está listo en la mesa — me dijo Laura, cuando ya vestida y preparada para marcharme a la empresa, bajaba por las escaleras.—- Gracias Laura, pero quiero llegar temprano a la empresa, no conozco a casi nadie y quiero ver y conocer a mis empleados, por cierto Laura, ¿se podría hacer cargo de mi hija? hasta que le encuentre un buen colegio, ella se quedara en casa unos días, —- le explique.—-- Claro que sí señora, es una niña muy encantadora y simpática, no se preocupe por ella, yo la cuidare — contestó.Después de despedirme de la sirvienta, me fui a la entrada de la casa, co
Valeria y su pequeña hija Alicia bajaron del avión que venía de Miami, al entrar en la terminal, vi a unos hombres que portaban cada uno un cartel con los nombres de las personas que esperaban. Nos acercamos al hombre que portaba el cartel con mi nombre,, vestido con un traje gris oscuro y una gafas negras que tenía en su cara, mirándonos los dos fijamente a los ojos.—- ¿Señora Valeria Salvatierra? —- me pregunto al acercarme a él..—- Si, esa soy yo ¿dónde está mi coche? — pregunté yo mientras miraba hacia la calle.—- Sígame por favor señora, el chofer recoge sus maletas — me comento aquel hombreMi hija y yo fuimos con ese desconocido hacia la calle, viendo un todo terreno de color negro y las lunas tintadas. Subimos al auto mi hija Alicia y yo, arrancando el chofer cuando ya metió en el maletero nuestro equipaje. Mientras íbamos a nuestra nueva casa, me quedé mirando por la ventanilla la ciudad de Madrid, donde Alejandro y yo, pasamos tardes felices, paseos llenos de amor, donde
El avión aterrizó en Nueva York a primera hora de la tarde. Valeria observó la ciudad a través de la ventana. Era la primera vez que pisaba aquel lugar y todo le parecía enorme, distinto a la vida que había dejado kilómetros atrás.Salió del aeropuerto con una pequeña maleta y el bolso colgado del hombro. Caminó entre la gente buscando el cartel con su nombre.Un hombre alto sostenía una carpeta negra mientras hablaba por teléfono. Vestía un traje oscuro y tenía una presencia que nunca podría pasar por desapercibido. Cuando levantó la vista y la vio acercarse, guardó el teléfono.—Valeria —dijo con una sonrisa amable. —¿Señor Salvatierra? —preguntó ella en tono formal. —Ricardo, por favor. —dijo y le estrechó la mano con firmeza.El hombre debía tener alrededor de unos cuarenta y cinco años. Tenía el cabello oscuro y las sienes plateadas. Su mirada tranquila le transmitía seguridad.—El profesor Álvaro me habló mucho de ti.—Espero no decepcionarlo —respondió ella.—Si Álvaro te re
El resto de la noche transcurrió sin que Alejandro tuviera noticias de Valeria. Si algo le hubiese sucedido, ya se habría enterado. No había más explicación posible que la que él se negaba a aceptar. Ella lo había visto con su asistente. Pasó casi toda la noche dando vueltas de un lado a otro sin dejar de pensar en ella. Imaginando lo que debía estar pensando de él. —Joder, he sido un gilipollas. ¿Cómo se me ocurrió dejarme llevar por Claudia? Vamos Valeria, llama por Dios. La mañana siguiente, apenas despertó, tomó su móvil y buscó a ver si tenía algún mensaje suyo, una llamada, un correo de voz, algo que le permitiera saber de ella y comunicarse. Tenía explicarle que todo aquello había sido solo un malentendido. Intentó llamarla pero nuevamente el teléfono sonaba y luego se apagaba.También intentó escribirle. Pero ninguno mensaje le llegaba. ¿Lo había bloqueado? Entró a sud redes sociales comprobando sus sospechas, Valeria lo había bloqueado. Aquello le dejaba muy en claro su





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