El amanecer en la mansión Vance no trajo la promesa de un nuevo día, sino la ejecución de una sentencia. Elara no había pegado el ojo. Se quedó acurrucada en un rincón de la habitación, lejos de esa cama de satén que le parecía una tumba, vigilando la puerta como un animal que espera el golpe final. El vestido de novia, extendido sobre el colchón bajo la luz gris de la mañana, parecía un cadáver burlándose de su desgracia. Cada encaje y cada cristal eran, para ella, eslabones de una cadena a punto de cerrarse en su cuello. Cuando escuchó el clic de la cerradura, su corazón golpeó las costillas con violencia. No era Dante, sino una mujer mayor, de rostro severo y uniforme impecable, cuya mirada no tenía un ápice de empatía. Detrás, dos jóvenes cargaban maletines de maquillaje y herramientas de peluquería. —Báñese. Las estilistas tienen órdenes y el juez llegará en dos horas —dijo la mujer, dejando una bandeja con comida que Elara ni siquiera miró. El olor a cruasanes le revolvió el
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