Mundo ficciónIniciar sesiónLa habitación principal de la mansión Vance no era un dormitorio; era un monumento a la frialdad y al poder absoluto. Paredes de color gris tormenta que parecían absorber la escasa luz de la luna, muebles de líneas agresivas tallados en maderas oscuras y un ventanal de techo a suelo que mostraba una ciudad que a Elara le parecía una cárcel de luces parpadeantes. Elara entró arrastrando los pies, todavía con el vestido de seda negra manchado de vino seco, sintiéndose como un insecto bajo la lente de un microscopio. El lujo que la rodeaba no le ofrecía confort, sino una opresión que le dificultaba llenar los pulmones.
Dante ya estaba allí, moviéndose con la familiaridad de un depredador en su guarida. Se había quitado la chaqueta del esmoquin, arrojándola con desdén sobre una silla de cuero, y ahora se desabrochaba los puños de su camisa de seda blanca con una parsimonia aterradora. Sus movimientos eran precisos, lentos, cargados de una amenaza latente que mantenía a Elara paralizada cerca de la puerta. Él ni siquiera se molestó en mirarla cuando ella cerró la cerradura tras de sí, como si su presencia fuera apenas un estorbo necesario en su paisaje personal. —El vestidor está tras esa puerta —dijo él finalmente, señalando con un gesto seco y autoritario—. Quítate eso. Me revuelve el estómago ver ese vestido en ti. Elara obedeció en silencio, con la cabeza gacha. En el vestidor, un espacio que por sí solo era más grande que su antiguo dormitorio, encontró una bata de algodón burdo y gris que alguien había dejado estratégicamente para ella sobre un estante de mármol. No era seda, no era encaje, ni siquiera era una prenda de su talla. Era la ropa de una prisionera, diseñada para despojarla de cualquier rastro de feminidad o atractivo. Se cambió con dedos temblorosos, sintiendo cómo el algodón áspero rozaba su piel irritada por el vino y el roce del corsé. Al regresar a la habitación principal, encontró a Dante sentado en el borde de su cama inmensa, bebiendo un vaso de agua helada que parecía brillar bajo la luz de la luna. Sus hombros eran anchos, su espalda una pared de músculos tensos bajo la camisa entreabierta. —¿Dónde... dónde voy a dormir? —preguntó Elara. Su voz era apenas un hilo, un susurro que se perdió casi instantáneamente en la inmensidad de la estancia. Dante dejó el vaso sobre la mesilla de noche con un golpe seco que resonó como un disparo. Sus ojos, oscuros y cargados de un rencor que parecía alimentarse de las sombras, recorrieron la figura de la joven con un desprecio absoluto. —Te lo advertí en la cocina, Camila. El suelo es más de lo que mereces por tus crímenes, pero servirá para que no olvides ni un segundo quién eres y por qué estás aquí —respondió él, su voz vibrando con una crueldad metálica. Con un movimiento brusco, lanzó una manta delgada y una almohada plana hacia los pies de la cama—. Ahí. Ese es tu sitio. Y que te quede claro: no quiero que te acerques a menos de dos metros de mi cama. Si intentas usar tus artes de seducción para subirte mientras duermo, te juro que desearás no haber nacido. Elara apretó la manta contra su pecho, sintiendo las lágrimas agolparse tras sus párpados. El mármol del suelo estaba helado, enviando descargas de frío punzante a través de las plantas de sus pies descalzos. Se sentía pequeña, insignificante, una hormiga bajo la bota de un gigante caprichoso. —¿Tanto me odia? —susurró ella, incapaz de contener la pregunta que le quemaba la garganta—. Ni siquiera me conoce, señor Vance. No sabe nada de mi vida real, de las noches que pasé en vela rezando, de los sacrificios que hice para que mi padre tuviera un día más... Dante se puso en pie de un salto, acortando la distancia entre ellos con una velocidad que la hizo retroceder hasta que su espalda chocó violentamente contra la pared fría. Se detuvo justo antes de tocarla, manteniendo una distancia mínima, como si ella fuera una fuente de infección letal que pudiera contaminar su linaje. —¿Conocerte? —rugió él, y el aire alrededor de ellos pareció cargarse de electricidad estática—. He dedicado meses a desenterrar cada uno de tus movimientos. Vi los registros de las llamadas que le hacías a Julian a medianoche para manipularlo. Vi las fotos de los hoteles de lujo donde lo citabas para sacarle información privilegiada de la empresa mientras él te juraba amor eterno. Vi cómo lloraba por ti, cómo se hundía en la depresión mientras tú te reías de su ingenuidad con otros hombres en fiestas pagadas con su dinero. No necesito "conocerte", Camila. Conozco el rastro de cenizas y destrucción que dejas a tu paso. Conozco el olor de tu traición. —¡Esa no era yo! —gritó Elara, las lágrimas desbordándose finalmente y trazando surcos de sal en sus mejillas pálidas—. ¡Por favor, escúcheme! ¡Tengo pruebas! Si me deja ir a mi antiguo apartamento, si me deja mostrarle mis papeles, mis registros de empleo en la cafetería, las fotos de mi infancia... comprenderá que hay un error terrible. —¡Cállate! —Dante golpeó la pared, justo al lado de la oreja de Elara. El impacto fue tan fuerte que un cuadro cercano vibró—. Tus mentiras ya no tienen valor en esta casa. Julian murió con tu nombre en los labios, creyendo en tus palabras hasta el último segundo. Yo no voy a cometer ese error. No voy a tocarte, no voy a besarte, no voy a darte el placer de intentar seducirme para escapar de tu condena. Serás mi esposa de nombre, la mujer que cargue con mi odio, pero para mí, no eres más que el fantasma que me recuerda que debo ser implacable. Él retrocedió, dándole la espalda con un desprecio que dolía más que un golpe físico. Se metió en la cama, cubriéndose con las sábanas de hilo egipcio, y apagó la luz principal con un gesto violento, dejando solo la fría claridad de la luna filtrándose por el cristal. Elara se arrodilló en el suelo y extendió la manta sobre el mármol duro. El contacto con la piedra fría le caló hasta los huesos, robándole el calor corporal en cuestión de segundos. Se ovilló sobre sí misma, envolviéndose en la tela delgada, intentando ignorar el dolor que empezaba a irradiar desde sus costillas contra la superficie inflexible. El silencio de la habitación era pesado, roto solo por la respiración pausada de Dante y sus propios sollozos ahogados, que intentaba ahogar en la almohada para no provocar más su ira. Pasaron las horas, eternas y gélidas. El frío del suelo comenzó a entumecerle los músculos, provocándole calambres que la hacían estremecerse. Elara cerró los ojos, tratando de imaginar que estaba de vuelta en su pequeño y destartalado apartamento, donde al menos tenía la calidez de su vieja cama y la paz de su conciencia. Pero la realidad la golpeaba cada vez que intentaba cambiar de posición y el mármol castigaba sus huesos. Desde la inmensidad de su cama, Dante no dormía. Sus sentidos, agudizados por años de negociaciones hostiles, escuchaban cada uno de los temblores de la mujer que yacía a sus pies. Escuchaba el castañeteo de sus dientes y el sonido suave de su piel rozando la piedra. Una parte de él, una parte muy pequeña, enterrada bajo capas de trauma y sed de venganza, sintió una punzada de algo que no era odio. Se incorporó ligeramente sobre un codo y miró hacia abajo. La luz de la luna iluminaba el rostro de Elara; se veía tan frágil, tan dolorosamente pequeña en medio de esa habitación colosal. Sus manos, esas manos llenas de pequeñas cicatrices de trabajo duro y quemaduras de detergente, estaban apretadas bajo su barbilla en un gesto de súplica inconsciente incluso en sueños. Es una actuación, se repitió Dante a sí mismo, apretando los dientes hasta que le dolió la mandíbula. Las manos son parte del disfraz. Ella es Camila. Ella mató a Julian. Ella merece este frío. Se obligó a cerrar los ojos y a darnos la vuelta, pero la imagen de Elara tiritando en la oscuridad se quedó grabada en su retina como una marca de hierro candente. El aroma de jabón barato que ella emanaba flotaba en el aire, desafiando el lujo de su entorno. —Mañana —susurró Dante para sí mismo, como un mantra para acallar su conciencia—, mañana la haré sufrir más. Mañana empezará el verdadero castigo. Mañana recordará por qué Julian nunca debió conocerla. Pero mientras el sueño finalmente lo reclamaba, una pregunta prohibida cruzó su mente: ¿Por qué Camila, la mujer que amaba el lujo por encima de todo, no se quejaba del suelo, sino que lloraba en silencio como si realmente estuviera herida en el alma?






