Mundo ficciónIniciar sesiónEl despertar de Elara fue un choque brutal contra la realidad. El mármol de la habitación principal no había recuperado ni un grado de calor durante la madrugada; al contrario, parecía haber absorbido toda la energía de su cuerpo, dejándola con los músculos entumecidos y un temblor persistente en las manos. Se incorporó con dificultad, sintiendo cada vértebra de su espalda protestar por la noche de tortura sobre la piedra.
Dante ya no estaba en la cama, pero el aroma de su perfume —ese sándalo caro que ahora ella asociaba con el miedo— todavía flotaba en el aire. La habitación estaba en un silencio sepulcral hasta que la puerta se abrió de golpe. No era Dante, sino Martha, la ama de llaves de rostro inexpresivo, seguida por dos doncellas que portaban un uniforme de limpieza de color gris oscuro, idéntico al que Elara usaba en sus días de miseria. —El señor Vance ha salido a una reunión temprana, pero ha dejado instrucciones muy específicas para su "esposa" —dijo Martha, recalcando la última palabra con una ironía que cortaba más que un cuchillo—. Dado que usted afirma estar tan acostumbrada al trabajo duro y a la limpieza de suelos, el señor ha decidido que hoy no necesita personal de servicio en el ala este. Usted se encargará de todo. Las doncellas depositaron a los pies de Elara un cubo de metal, cepillos de cerdas duras y productos químicos cuyo olor abrasivo le resultó dolorosamente familiar. Ellas no se atrevieron a tocarla ni a insultarla verbalmente —sabían que solo Dante tenía el derecho legal y moral de destruirla—, pero sus miradas estaban cargadas de un juicio silencioso que pesaba más que cualquier palabra. Para ellas, Elara era la mujer que había causado la muerte del hermano menor de su amo, una intrusa que no merecía ni el aire que respiraba. —¿Limpiar? —susurró Elara, mirando el cubo—. Tengo una herida en la mano del escape de ayer... —El señor Vance fue muy claro: si el ala este no brilla para cuando él regrese al mediodía, habrá un "retraso" en el pago de la cuota de mantenimiento del respirador de su padre —sentenció Martha antes de dar media vuelta—. Empiece por el pasillo de los retratos. Quizás ver la cara del hombre que destruyó le dé la energía necesaria. Elara se quedó sola, con el frío del mármol todavía en sus pies descalzos. No tenía opción. Se puso de rodillas, ignorando el dolor punzante en sus rodillas contra el suelo, y comenzó a fregar. Cada movimiento era un recordatorio de su impotencia. Las lágrimas se mezclaban con el agua jabonosa mientras recorría el pasillo de los retratos familiares. Allí, en un marco dorado, estaba Julian Vance. Tenía una sonrisa cálida, mucho más suave que la de Dante, y unos ojos que irradiaban una bondad que Elara nunca encontraría en su captor. "Yo no te hice esto, Julian", pensó ella, tallando el suelo hasta que sus nudillos empezaron a sangrar levemente. "No sé quién te lastimó, pero no fui yo". A las doce en punto, el sonido de unos pasos firmes y decididos anunció la llegada de Dante. Él entró en el ala este con la elegancia de un monarca regresando de la guerra. Se detuvo frente a Elara, que todavía estaba de rodillas, con el cabello castaño pegado a la frente por el sudor y el uniforme gris manchado de agua. Dante bajó la mirada hacia ella. Verla así, en la posición que él consideraba que le correspondía, debería haberle dado paz. Sin embargo, ver su fragilidad y la forma en que sus manos temblaban al sostener el cepillo provocó en él un chispazo de una furia nueva, una que no sabía cómo clasificar. —Parece que te sientes como en casa, Camila —dijo él, su voz resonando en el pasillo vacío—. ¿O debería decir que has vuelto a tus raíces de rata de alcantarilla? —He terminado, señor Vance —respondió Elara, intentando levantarse, pero sus piernas fallaron y tuvo que apoyarse en el cubo, derramando un poco de agua sucia sobre sus propios pies—. Por favor... el hospital... ¿ha hecho el pago? Dante se acercó y, con la punta de su zapato de diseño, pateó el cubo lejos de ella, haciendo que el resto del agua se extendiera por el suelo que ella acababa de limpiar. —El pago se hará cuando yo esté satisfecho —sentenció él—. Y ahora mismo, tu presencia me ofende. Levántate. Tenemos invitados para el almuerzo. Socios de Julian. Quiero que vean en lo que se ha convertido la gran "mujer fatal" de la que él se enamoró. El almuerzo fue un ejercicio de sadismo puro. Dante la obligó a sentarse a la mesa, pero no como una comensal igual. Mientras los tres socios de la empresa hablaban de cifras millonarias, Elara permanecía en silencio, con el uniforme de limpieza todavía puesto, ya que Dante no le permitió cambiarse. —Dante, ¿es esta una nueva broma? —preguntó uno de los hombres, un ejecutivo de unos cincuenta años que miraba a Elara con una mezcla de lascivia y desprecio—. ¿Por qué tu esposa viste como la mujer de la limpieza? Dante cortó su filete con una precisión quirúrgica, sin apartar los ojos de Elara, que mantenía la vista clavada en su plato vacío. —Porque a Camila le gusta recordar de dónde vino —respondió Dante con una sonrisa gélida—. Ella dice que el lujo la aburre, ¿verdad, querida? Dice que prefiere el olor del cloro al del perfume francés. Es su forma de pedir perdón por lo que le hizo a mi hermano. Una penitencia pública. Los hombres soltaron carcajadas crueles. Elara sentía que cada risa era un golpe físico. Uno de los invitados, bajo la mirada permisiva de Dante, dejó caer su servilleta al suelo, justo al lado de los pies de Elara. —Ya que estás vestida para el papel, preciosa... ¿te importaría recogerla? —dijo el hombre, con un tono que pretendía ser jocoso pero que destilaba una humillación insoportable. Elara miró a Dante, buscando un límite, una pizca de la dignidad que cualquier hombre tendría por su esposa, aunque fuera por apariencia. Pero Dante solo levantó su copa de vino, dándole permiso silencioso al invitado para que continuara con la vejación. —Hazlo —ordenó Dante, su voz bajando a un susurro que solo ella pudo sentir como una amenaza real—. Recuerda el respirador, Elara. Recuerda quién paga la electricidad de ese hospital. Con el alma hecha pedazos, Elara se deslizó de la silla y se arrodilló ante el invitado. Recogió la servilleta con dedos que no dejaban de temblar y se la entregó. El hombre, al tomarla, rozó su mano de una forma que la hizo estremecerse de asco. —Buena chica —murmuró el hombre, volviendo a su conversación. Dante apretó el tallo de su copa de cristal con tanta fuerza que estuvo a punto de romperlo. La escena le revolvía el estómago, pero no por piedad hacia ella, sino porque odiaba ver a otros hombres tocando lo que él consideraba su propiedad personal para destruir. Cuando el almuerzo terminó y los invitados se marcharon, Dante arrastró a Elara hacia su despacho. La empujó contra la puerta cerrada, acorralándola con su cuerpo. El calor que emanaba de él contrastaba con el frío que ella sentía en su interior. —¿Disfrutaste de la atención? —preguntó él, su aliento rozando su oído—. Vi cómo dejabas que te tocara la mano. ¿Ya estás buscando a tu próximo Julian? ¿A quién vas a seducir ahora para escapar de mí? —¡Yo no busqué nada! —gritó Elara, golpeando su pecho con sus puños débiles—. ¡Usted me obligó! ¡Usted permite que me traten como basura! ¡Soy un ser humano, Dante! ¡No soy esa mujer! —¡Eres exactamente lo que yo digo que eres! —rugió él, atrapando sus muñecas y clavándolas contra la madera de la puerta—. Eres mi esposa ante la ley y mi esclava ante la realidad. Y si vuelves a mirar a otro hombre con esos ojos de súplica, te juro que lo último que verás será cómo apago la máquina de tu padre con mis propias manos. Él se acercó más, su rostro a milímetros del de ella. El odio vibraba entre ambos, pero bajo esa capa de furia, una chispa de atracción prohibida comenzó a quemar el aire. Dante la miró con una intensidad que la hizo jadear. Estaba a punto de decir algo más, de romperla del todo, cuando el teléfono de su escritorio sonó. Era una llamada de la clínica. —Vance —respondió él, sin soltar las muñecas de Elara. Su expresión cambió de la furia a una máscara de piedra—. Entiendo. Estaré allí en una hora. Colgó y miró a Elara con una sonrisa que la hizo temblar más que cualquier grito. —Tu padre ha tenido una crisis respiratoria —dijo con una lentitud sádica—. Parece que tu "trabajo" de hoy no fue lo suficientemente bueno para el destino. Vamos. Vas a ver lo que pasa cuando no te esfuerzas lo suficiente por ser la esposa perfecta.






