La mañana en la mansión Vance comenzó con un ritmo inusual. El silencio sepulcral al que Dante estaba acostumbrado había sido reemplazado por el eco de las risas de Mateo corriendo por los pasillos y el sonido de los dibujos animados que Amara veía en la estancia. Elara, por su parte, intentaba concentrarse en revisar unos informes médicos en su tableta, pero su mente no dejaba de dar vueltas a la gala de la próxima semana.
Su teléfono vibró sobre la mesa de noche, rompiendo su hilo de pensam