Mundo ficciónIniciar sesiónElara apenas pudo procesar el frío del anillo en su dedo. Era una joya ridículamente cara, un peso muerto que le recordaba que ahora tenía dueño. Antes de que el sol cayera tras las colinas, dos doncellas de confianza de Dante —mujeres de uniforme severo que la miraban con el mismo asco y sospecha que su amo— la arrastraron de vuelta a la habitación principal. No la llevaron allí para que descansara tras el trauma de la boda forzada, sino para transformarla en un trofeo de guerra que Dante pudiera exhibir ante sus aliados.
—El señor Vance espera que baje en exactamente treinta minutos. Hay invitados de alto nivel en el salón principal y su presencia no es negociable —dijo una de ellas mientras tiraba de un corsé invisible, ajustando un vestido de seda negra tan ceñido que a Elara le costaba realizar una inhalación completa. El color negro no era una elección estética casual; Dante quería que ella luciera como si habitara un funeral perpetuo. Su propio funeral. El vestido, de escote profundo y hombros caídos, contrastaba violentamente con la palidez de su piel y las ojeras que el maquillaje profesional intentaba borrar sin éxito. Al mirarse al espejo, Elara no vio a la chica que se desvivía cuidando a su padre en el hospital; vio a una extraña, una aparición sombría que temblaba ante su propio reflejo. Cuando Elara bajó las escaleras, el ruido de las risas y el golpeteo de las copas le revolvieron el estómago. El salón estaba lleno de gente que apestaba a dinero; hombres con trajes impecables y mujeres que la analizaban con la mirada fría de quien juzga una mercancía. En medio de todo ese lujo asfixiante estaba Dante, con un vaso de coñac en la mano, observando a la multitud con el aburrimiento de quien se sabe dueño de todo. Al verla aparecer, el silencio se expandió por la sala. Las conversaciones se detuvieron en seco y docenas de ojos se clavaron en ella, buscando rastros de la mujer escandalosa que recordaban. Dante caminó hacia ella con una elegancia depredadora y, con una falsa galantería que le heló la sangre, le rodeó la cintura con el brazo. Sus dedos se hundieron en su costado, apretando lo suficiente para que ella soltara un gemido ahogado que solo él pudo escuchar. —Señores, les presento oficialmente a mi esposa —anunció Dante, y la palabra "esposa" salió de sus labios cargada de un sarcasmo venenoso—. Camila ha decidido dejar su "retiro" en los suburbios para volver a la civilización. Parece que la humildad no le ha sentado tan bien como esperábamos. Una mujer de cabellera roja encendida y un vestido carmesí que gritaba desafío se abrió paso entre la multitud con paso firme. Era Seraphina, la hija de un magnate naviero y la mujer que, según todos los círculos sociales, estaba destinada a ocupar el lugar que Elara ahora usurpaba. Sus ojos verdes recorrieron a Elara con una saña que no intentó ocultar ni por un segundo. —¿Esto es una broma de mal gusto, Dante? —Seraphina soltó una carcajada estridente que atrajo aún más atención—. Me dijeron que habías cometido la locura de casarte en secreto, pero no pensé que fuera con... esto. ¿Dónde está la Camila que conocíamos? ¿La que no podía pasar frente a un espejo sin admirarse? Seraphina extendió una mano y tocó la tela del vestido de Elara con la punta de sus uñas largas y perfectamente afiladas, como si temiera contagiarse de algo. —Te casaste con una mosca muerta —escupió Seraphina, girándose hacia Dante—. Mírala bien. Tiene los ojos de alguien que acaba de fregar un pasillo mugriento. ¿Qué le ha pasado a tu orgullo, "Camila"? Esta parece una versión barata y rota sacada de una tienda de caridad para indigentes. Elara bajó la mirada, sintiendo que las mejillas le ardían con un fuego de humillación pura. Quería gritar que ella no era esa mujer, que tenía un nombre digno y una vida de sacrificio que ninguna de esas personas podría entender jamás, pero la imagen mental de su padre conectado a aquel respirador en la clínica la obligó a tragarse las palabras. —Quizás es que el arrepentimiento por sus pecados le ha quitado el brillo —respondió Dante con una sonrisa gélida, bebiendo de su copa mientras observaba la degradación de Elara con una satisfacción oscura—. O tal vez es que finalmente ha aprendido cuál es su verdadero lugar en este mundo. Al nivel del suelo. —Su lugar es el fango, no este salón —insistió Seraphina, envalentonada por la indiferencia de Dante. Con un movimiento rápido y supuestamente "accidental", inclinó su copa de vino tinto sobre el pecho de Elara. El líquido oscuro manchó la seda negra y empapó la piel de Elara, deslizándose como sangre fría por su escote. Los invitados soltaron risitas contenidas que se oyeron por todo el salón. Elara se encogió, cubriéndose instintivamente, buscando con desesperación una chispa de defensa en los ojos de su marido. Pero Dante solo la observaba con una indiferencia brutal, casi científica, como si estuviera realizando un experimento sobre cuánto dolor puede soportar un ser humano antes de quebrarse. —Vaya, qué torpe soy. Deben ser los nervios de ver a una "leyenda" de vuelta —fingió Seraphina con una sonrisa de víbora—. Pero bueno, un poco de vino no le hará daño a alguien que seguramente está acostumbrada a limpiar manchas de grasa y suciedad, ¿verdad, "Camila"? —Límpiate, Camila —ordenó Dante, su voz cortante como un latigazo—. No des vergüenza ajena frente a mis invitados. Ve a la cocina y pide un paño a las sirvientas. Es un ambiente que conoces bien por tus recientes "aficiones", ¿no es así? Muévete. Elara sintió que el corazón se le hacía pedazos, dejando esquirlas de dolor en cada rincón de su pecho. Caminó entre la multitud que se apartaba como si ella fuera una leprosa, escuchando los susurros crueles de "cazafortunas", "asesina" y "basura". Cuando finalmente alcanzó la cocina, se dejó caer contra la encimera temblando de forma incontrolable. Agarró un trapo cualquiera y trató de frotar la mancha, pero las lágrimas no la dejaban ver nada. Estaba sola. Estaba rodeada de millonarios y se sentía la persona más miserable del mundo. De repente, el siseo de la puerta batiente de la cocina la sobresaltó. No era una criada viniendo a ayudarla. Era Dante. Entró cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco, su sombra proyectándose gigante y opresiva sobre las paredes blancas y los utensilios de acero. —¿Ya terminaste de llorar tu papel de víctima? —preguntó él, acercándose con pasos lentos que resonaban como tambores de guerra—. Esto es solo el principio, Camila. Cada vez que alguien te insulte en esta casa, cada vez que Seraphina te humille frente a mis socios, recuerda que es el precio exacto por cada bocanada de aire que da tu padre en esa clínica. Su vida es proporcional a tu sufrimiento. ¿Te parece un trato justo? A mí me parece barato. Él la agarró del mentón con una fuerza que casi le disloca la mandíbula, obligándola a mirarlo a los ojos. Dante bajó la vista hacia la mancha de vino que marcaba su pecho y luego a sus labios temblorosos y humedecidos. Por un segundo fugaz, la intensidad de su mirada cambió; el odio puro se mezcló con un hambre oscura, una atracción física que lo enfurecía más que cualquier otra cosa. ¿Cómo podía desear a la mujer que despreciaba? —No me mires con esos ojos de cordero degollado —gruñó él, su voz volviéndose ronca y peligrosa—. Julian también cayó en esa trampa. Él también creyó en tu falsa inocencia antes de que lo destruyeras por un puñado de joyas. Pero conmigo no funcionará. Yo veo el monstruo que se esconde tras esa cara de ángel. Dante se inclinó tanto que sus narices se rozaron. Elara cerró los ojos, esperando una bofetada o un beso cargado de ira, pero lo que recibió fue un susurro que la marcó más profundamente que cualquier herida física: —Esta noche, no dormirás en la habitación de servicio. Dormirás en el suelo de mi habitación, a los pies de mi cama. Quiero que recuerdes, cada vez que sientas el frío del mármol contra tu espalda, que tú no eres mi esposa, ni mi igual. Eres un perro que he comprado para mi entretenimiento y mi venganza. Y yo soy el único que decide cuándo puedes dejar de sufrir. Él salió de la cocina sin mirar atrás, dejándola sumida en un silencio que pesaba más que las cadenas. Elara se quedó mirando sus manos, sintiendo que su verdadera identidad se borraba bajo el peso del odio de un hombre que ni siquiera sabía quién era ella en realidad.






