El silencio en la habitación principal de la mansión Vance era tan denso que el tic-tac del reloj de pared parecía el golpe de un martillo contra un yunque. Dante permanecía de pie, con la mandíbula apretada y los brazos cruzados, observando cómo el doctor Miller terminaba de revisar a la mujer que yacía inconsciente en la inmensa cama de seda. Elara parecía una mancha de porcelana rota contra el azul profundo de las sábanas; su respiración era superficial, rápida, como si incluso el acto de i