La luz del ocaso se filtraba por los inmensos ventanales del comedor, tiñendo las paredes de un tono ámbar que recordaba al oro viejo. Elara se miró por última vez en el espejo del pasillo antes de entrar. Se había recogido el cabello en un moño bajo, tratando de proyectar una serenidad que le permitiera enfrentar la noche con dignidad. Sus labios todavía estaban ligeramente hinchados, un recordatorio físico del encuentro que Dante le había propinado en el jardín. Cada vez que pasaba la lengua