Mundo ficciónIniciar sesiónFirmé el contrato para salvar a mi familia. Acepté ser la sombra de mi hermana y la esposa invisible del despiadado Matteo Franzani. Durante meses, soporté sus desprecios, sus noches frías y sus ojos puestos en otra mujer. Él pensó que yo era mansa, aburrida y débil. Se equivocó. Esta noche, la "esposa sustituta" ha muerto. Cuando entre a esa gala vistiendo mi propio diseño, con la cabeza en alto y el corazón blindado, Matteo descubrirá dos cosas: Que la mujer que despreció es la diseñadora más talentosa de la ciudad. Que ya es muy tarde para pedir perdón. Él quiere recuperarme. Mi amigo de la infancia me ofrece un amor seguro. Pero yo, Isidora Almonte, ya no busco un dueño. La venganza se viste de alta costura... y acaba de empezar el desfile." 🔥 Leer ahora para ver al CEO arrodillarse.
Leer másEl agua fría cayó sobre las rosas blancas del jardín trasero. Isidora Almonte movía la regadera con cuidado, como si el ritual la protegiera de lo que venía después. Sus manos, delgadas y pálidas, sabían exactamente cuánto necesitaba cada planta.
—Las flores no van a salvarte —dijo Clara desde la puerta.
Isidora no levantó la vista.
—A ti tampoco te salvaron los zapatos de diez mil pesos.
Clara no respondió. Isidora oyó el golpe de sus tacones alejarse por el mármol, rápido, cortante, el sonido de alguien que no esperó lo que recibió. Dejó la regadera en el suelo.
—Rafael te quiere en su oficina —repitió Clara desde adentro, ya sin dignificar la conversación con su presencia—. Ahora.
* * *
La oficina olía a cuero caro y a decisiones mal tomadas. Rafael estaba detrás del escritorio que había pertenecido a su padre, y cuando levantó la vista al verla entrar, algo en su expresión no era la presión habitual. Era otra cosa. La calma del que ya ha jugado una mano.
—La empresa está al borde —dijo.
—No es mi empresa.
—Clara se casará con Matteo Franzani. La fiesta de compromiso es este sábado. Necesito que estés presente, sin escenas y sin ausencias.
—En dos semanas cumplo dieciocho. Me voy al convento.
Rafael cerró la carpeta que tenía abierta frente a él. Un gesto tranquilo. Eso fue lo que le heló el estómago a Isidora: no la rabia de siempre, sino la serenidad de quien ya no necesita persuadir.
—Sé lo del convento de Santa Teresa.
Silencio.
—Y también sé —dijo Rafael, levantándose, sin apresurarse— que Sor Mercedes lleva tres años esperándote. Sería una lástima que eso cambiara.
No dijo nada más. Se fue hacia la ventana, mirando el jardín, como si la conversación ya hubiera terminado en su cabeza.
Isidora salió sin esperar respuesta. Sus pasos en el corredor sonaron más controlados de lo que se sentía por dentro.
* * *
El salón de trabajo pequeño, el que Rafael usaba para las llamadas que no quería que nadie oyera. La puerta estaba entornada.
Isidora redujo el paso.
—...sí, esta tarde. —La voz de Rafael, baja—. Ya hablé con el obispado. El convento de Santa Teresa no aceptará solicitudes de la familia Almonte hasta nuevo aviso. Lo encaminé como una disputa de do—
Un clic. La puerta se cerró desde adentro.
Isidora se quedó inmóvil en el corredor con la mitad de una frase colgando en el aire.
Lo suficiente. Había escuchado lo suficiente.
El convento ya estaba bloqueado. No como amenaza: como hecho.
Sor Mercedes le había guardado ese lugar durante tres años. Desde que su madre, Alicia, había pasado sus últimas semanas allí, mirando por la misma ventana del patio donde Isidora soñaba sentarse algún día. El convento no era un plan. Era lo único que quedaba de ella.
Y Rafael acababa de hacerle una llamada telefónica.
Siguió caminando hacia su habitación.
* * *
El portafolio estaba detrás de las pocas prendas de su closet. Lo abrió sobre la cama y pasó las páginas despacio. Años de trabajo silencioso. Vestidos que nadie había visto nunca porque había tenido cuidado de que así fuera.
Había seis bocetos que valían más que los otros. Una línea de siluetas que había desarrollado en los últimos ocho meses, una arquitectura de tela que ningún diseñador de Casa Almonte había pensado todavía. Si Clara los viera, serían de Clara en veinticuatro horas.
Los retiró del portafolio uno a uno.
Fue al fondo del closet, sacó el abrigo largo de lana gris que nadie había tocado desde el invierno pasado, y con unas tijeras pequeñas abrió con cuidado la costura interior del forro a la altura del dobladillo. Dobló los seis bocetos con precisión, los deslizó dentro y volvió a coser la costura con hilo gris, igualando los puntos originales.
Cuando terminó, el abrigo parecía exactamente igual.
Isidora lo colgó de vuelta en el closet y cerró la puerta.
Su celular vibró sobre la cama.
Un mensaje de Charles: "Niña. Los planes cambiaron. El señor Luca adelantó la visita. El coche ya está en la autopista. El señor Matteo viene con él. No llegará como visita."
Isidora miró la pantalla.
No llegará como visita.
Charles nunca usaba esas palabras para nada bueno.
Guardó el celular y miró el closet cerrado. Había escondido los bocetos con la precisión de alguien que tiene tiempo para planear. Pero había algo que no había calculado: que quizás nadie necesitaba encontrar los bocetos para quitárselos. Que quizás eso no era lo primero que vendría a buscar.
Era una mañana cualquiera de finales de octubre.El taller central de ALMONTE en el barrio de Gràcia bullía con esa energía rítmica y ordenada que solo poseen los lugares donde las personas aman lo que hacen. No era el frenesí desesperado de la antigua sede de Franzani, alimentado por el miedo a las represalias. Era la vitalidad de la creación pura.El sonido de las tijeras de Marco mordiendo una gruesa tela de lana fría marcaba el tempo. De fondo, el ronroneo constante de tres máquinas de coser operadas por las nuevas patronistas construía el bajo continuo de la sala.La luz del otoño de Barcelona entraba por los altos ventanales. Era una luz horizontal, dorada y ligeramente melancólica, que bañaba las mesas de madera de roble sin quemar los colores. Una luz que cambiaba de registro según avanzaba la mañana, pero que, año tras año, siempre terminaba volviendo con una terquedad hermosa.Isidora estaba sentada en su mesa de dibujo, en la esquina iluminada de la sala de patronaje.Lleva
El exterior del Museo del Diseño de Madrid brillaba bajo los focos halógenos. La inmensa lona que cubría la fachada principal no mostraba el logo de ninguna corporación, ni el patrocinio de un conglomerado de lujo.Mostraba una única palabra, escrita en letras negras y sobrias sobre un fondo blanco impoluto:ALMONTE La arquitectura del tiempo (1997 - 2026).El interior del museo era un santuario de luces indirectas y paredes de hormigón visto. Había más de cuatrocientas personas en la sala principal para la inauguración oficial. Pero el ambiente no era el de los cócteles venenosos de la semana de la moda que Isidora había padecido años atrás. No había ejecutivos con sonrisas falsas midiendo cuotas de mercado.Era un público distinto. Historiadores del arte, directores de museos internacionales, estudiantes de la Escuela de Diseño con libretas de apuntes, y periodistas que venían a documentar un hito, no un escándalo.Vera Calvo estaba allí. La periodista que había encendido la chispa
El estudio de ALMONTE en el barrio de Gràcia parecía una bóveda de preservación histórica.Era martes por la tarde. El sonido habitual de las máquinas de triple arrastre había sido sustituido por el crujido del papel de seda libre de ácido y el rodar de las carretillas logísticas. Faltaban cuarenta y ocho horas para que el camión blindado partiera hacia Madrid con la carga más valiosa que la empresa había gestionado jamás.No era una nueva colección para vender en París.Era la vida de Javier Almonte, lista para ser museizada.Isidora estaba de pie frente a la inmensa mesa central. Sobre ella descansaban cuatro cajas rígidas de conservación archivística. Cada una contenía los documentos originales de las cuatro series que Elisa Franzani había robado y que Julieta había intentado reclamar como propias.La Serie Azul. La Serie Tierra. La Serie Estructural. Y los últimos trazos que Javier hizo en la clínica antes de que el Lethe-Z le robara el control motor de las manos.Elena cruzó el e
El aula magna de la Escuela de Arte y Diseño de Madrid no olía a costura industrial ni a tintes químicos. Olía a grafito, a café en vasos de cartón y a la electricidad estática de la ambición juvenil.Era un jueves por la mañana. La luz pálida de noviembre se filtraba por los altos ventanales con marco de hierro, iluminando las motas de polvo suspendidas sobre las tres filas de mesas de dibujo.Isidora estaba de pie frente a la pizarra digital.Llevaba un traje de chaqueta de dos piezas en color gris antracita, cortado con la precisión arquitectónica que se había convertido en la firma inconfundible de ALMONTE S.L. A sus treinta y tres años, ya no era la diseñadora emergente que había incendiado la sala Tortona de Milán; era una institución.Veinticinco estudiantes la miraban en absoluto silencio.Eran jóvenes. Hombres y mujeres de apenas veinte años con las libretas abiertas y los ordenadores portátiles encendidos. Jóvenes que habían crecido leyendo los artículos sobre la caída de Fr
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