Mundo ficciónIniciar sesiónEvelyn Ashford acepta casarse con un hombre al que no ama para cumplir con el deber de su apellido y asegurar el control de la empresa familiar. Sabe que su matrimonio con Sebastian Hale es solo un acuerdo, pero no imagina que la verdadera herida llegará antes de la luna de miel. La misma noche después de la boda, su mejor amiga desaparece sin explicaciones. Años después, Evelyn descubre una verdad que jamás debió existir: Clara tuvo un hijo con su esposo… y guardó el secreto para no destruirla. Mientras enfrenta una enfermedad que amenaza con arrebatarle el tiempo, Evelyn se aferra a un amor que parece ofrecerle lo único que nunca tuvo: la sensación de elegir por sí misma. Pero algunas elecciones esconden consecuencias irreversibles. Tras su muerte, Clara regresa obligada por un testamento que la une al marido de su mejor amiga. Sebastian la desprecia, la culpa y la desea, sin saber que la mujer que observa desde las sombras —como un ángel— es la única que entendió demasiado tarde cómo estaban destinados. Porque algunas historias de amor no empiezan con una boda… empiezan cuando alguien decide amar incluso después de morir.
Leer másEvelyn
Llego a Bali para casarme con un hombre al que no amo ni conozco. No lo pienso como una tragedia porque, si lo hiciera, no habría venido. Lo acepto como lo que es: un contrato. Un acuerdo necesario para heredar la empresa Ashford y asegurar que el apellido de mi familia no termine en manos de personas que solo saben destruir lo que no construyeron.
El resort es tan perfecto que parece falso. Flores exóticas, el océano extendiéndose hasta donde alcanza la vista. Todo está diseñado para que las personas se enamoren.
A mi lado camina Clara, mi mejor amiga, la única persona que me conoce de verdad. Ella sabe que no quiero este matrimonio. Lo sabe porque me ha visto llorar en silencio y sabe que mi corazón pertenece a alguien más, un hombre que seguramente no volveré a ver, pero que no puedo sacar de mi mente.
Clara es libre. No pertenece a ninguna dinastía, no tiene una empresa esperándola como una herencia. Viene de una familia más modesta, pero eso jamás nos impidió ser amigas. Si algo, nos hizo más cercanas.
Cuando entramos a la suite, dejo mi maleta en el suelo y me acerco al ventanal.
—Despéjate —le digo sin mirarla—. Recorre el hotel, ve a la piscina, haz lo que quieras. No necesito que me cuides hoy.
Clara frunce el ceño.
—¿Estás segura?
Asiento. No quiero que me mire como si estuviera a punto de ser sacrificada.
—Al menos una de nosotras puede disfrutar esto.
Ella me abraza rápido, prometiendo volver pronto, y se va con su vestido ligero y una sonrisa amable, pero no vuelve esa noche.
Al principio no me inquieto, Clara siempre ha tenido facilidad para perderse en lugares nuevos. Pero cuando la madrugada avanza y mi teléfono sigue en silencio, la ansiedad se instala en mi pecho.
Duermo mal. Sueño con papeles, firmas y manos que me empujan hacia un altar.
Cuando despierto, la boda es hoy. Me preparo en automático cuando llaman a la puerta. Es Clara. Entra distinta, nerviosa, con una mezcla extraña de culpa y emoción en el rostro.
—Conocí a alguien —dice, como si no pudiera contenerlo más.
La observo con atención, ella rara vez se pone así.
—¿Alguien del hotel?
Asiente, mordiéndose el labio.
—Anoche. En la piscina. Era… increíble.
Se sienta en la cama y empieza a contarme todo: que era guapo, carismático, que hablaron durante horas y conectaron de inmediato. Cuando le pregunto si se fue con él, duda apenas un segundo antes de asentir.
—Ni siquiera sé cómo se llama —confiesa—. Sé que no debí, fue precipitado, pero… no pude evitarlo. La conexión fue demasiado intensa.
La miro, atónita.
—Estás loca.
—Lo sé —dice, riéndose nerviosa.
La regaño, pero no con verdadera dureza. Entre bromas me dice que quizá vuelva a verlo esa mañana y hasta tal vez hasta podría llevarlo como invitado a la boda. Nos reímos por lo absurdo de la idea. Y entonces me doy cuenta de algo que me duele admitir: la envidio.
—Ojalá pudiera hacer lo mismo que tú —digo, con una sonrisa que no llega a mis ojos—. Pero estoy aquí para casarme con un hombre que ni siquiera sé quién carajo es.
Clara intenta tranquilizarme.
—Un matrimonio arreglado no tiene por qué ser infeliz, quizá sea un buen hombre. Recuerda que lo haces por el legado de tu padre.
Quiero creerlo. Las horas pasan rápido, llegan mis familiares, los organizadores y los recordatorios constantes de que ya no soy solo una mujer, sino una heredera. Clara se queda a mi lado, es mi dama de honor. La ceremonia es al atardecer.
Camino hacia el altar con el océano detrás y el corazón demasiado quieto. Al final del pasillo está el hombre con el que voy a casarme.
Es alto, elegante, imponente. Guapo de una forma peligrosa, pulida. Por un segundo pienso que al menos el destino no fue cruel del todo, pero cuando me recibe, su mirada es fría. No hay sonrisa, no hay calidez. Su mano es firme, pero distante.
Escucho su nombre completo cuando el oficiante lo pronuncia y siento que ese nombre se sella sobre mí.
—Sebastian Hale, ¿acepta por esposa a Evelyn Ashford…?
Busco a Clara con la mirada y la encuentro pálida, rígida, observándonos como si acabara de comprender algo terrible. No entiendo qué le pasa.
Al final nos casamos. La recepción está llena de risas, felicitaciones y copas alzadas. Sebastian cumple su papel a la perfección, pero no me habla más de lo necesario. No me mira como un hombre mira a su esposa.
Cuando por fin me aparto, busco a Clara. La encuentro en la habitación, arrodillada frente a su maleta abierta, guardando ropa con movimientos apresurados.
—¿Qué haces? —pregunto, confundida—. ¿Por qué te vas?
Evita mirarme.
—Me surgió algo. Tengo que volver.
—¿Ahora? —mi voz se quiebra un poco—. Ni siquiera ha terminado la recepción.
Clara traga saliva.
—Lo siento.
No me da explicaciones. Solo cierra la maleta y me abraza rápido, como si quedarse un segundo más fuera peligroso. La veo irse con un nudo en el pecho que no logro explicar, la suite queda en silencio.
Decido cambiarme el vestido de novia por uno más ligero para el resto de la noche. Me quito el velo primero, dejándolo caer sobre la cama. Luego intento desabrocharlo, pero uno de los broches se queda atascado. Tiro con más fuerza de la necesaria y el encaje cede de golpe.
—Genial —murmuro.
El vestido cae al suelo y me quedo en ropa interior, respirando hondo frente al espejo. No me reconozco del todo, no parezco una esposa. Parezco alguien que acaba de cometer un error del que no sabe cómo salir.
Voy hacia la silla para tomar la bata, pero el tacón se me engancha en la cola del vestido tirado en el suelo. Pierdo el equilibrio, doy un paso torpe hacia atrás… y entonces la puerta se abre, pero no llego a caer.
Unos brazos firmes me sujetan por la cintura y me atraen contra un pecho sólido. El impacto me roba el aliento. El contacto es cálido, inesperado, demasiado cercano. Siento el agarre seguro, la fuerza y el pulso bajo sus dedos desnudos.
Levanto la mirada, aún desorientada, el corazón me golpea con violencia y cuando lo veo, siento que casi dejo de respirar.
—¿Qué haces tú aquí…?
Clara—Ok, puedo hacerlo —digo.Me lo repito frente al espejo, con el cabello recogido y la cara lavada. Me digo que puedo actuar normal, puedo sonreírle a Evelyn, abrazarla, preguntarle por la luna de miel y fingir que en Bali no pasó nada.Me digo que ya lo superé, pero en el aeropuerto, cuando veo a Sebastian bajar del avión detrás de ella, todo vuelve como un golpe.El deseo que me avergüenza, el odio que sentí después y la humillación que me arde bajo la piel. Y ese recuerdo exacto de su voz, de su mirada, su cinismo cuando me dijo que solo era su última noche de soltero como si yo fuera una anécdota.Me obligo a respirar. Evelyn corre a abrazarme y yo la aprieto con fuerza, como si así pudiera protegerla de un peligro que ya está dentro de su vida.—Amiga —me dice—. Te tengo que contar tantas cosas…—Yo también —respondo, y casi se me quiebra la voz.Le digo que pase por mi casa, porque quiero hablar con ella. Y lo quiero. Dios, lo quiero. Pero cuando la veo caminar hacia él, cu
EvelynMe quedo paralizada. Sigo de pie en medio de la habitación, con el corazón golpeándome en el pecho, incapaz de moverme o pensar con claridad. No llevo ni tres horas casada y ya estoy a punto de parecer exactamente lo que no soy.“Dios mío”, piensa mi mente en un bucle desesperado. ¿Qué va a pensar? Nathaniel es el primero en reaccionar.—Sebastian, amigo mío —dice con una sonrisa perfectamente ensayada—. ¿Cómo estás?Su voz es tranquila, demasiado. Como si no acabara de entrar en la habitación de su mejor amigo y ver a su esposa semidesnuda. Mi corazón se va a salir del pecho si este hombre le dice que ya nos conocíamos. Sebastian no responde de inmediato.—Te estaba buscando —continúa Nathaniel—. Entré sin llamar y me encontré a tu flamante esposa aquí dentro. Perdón, de verdad. No sabía que estaba aquí.Se vuelve hacia mí.—Un gusto conocerte, Evelyn —dice, con una inclinación ligera de cabeza—. Disculpa por la intromisión. No debí entrar así.Mi garganta está seca, pero asie
EvelynSiento el calor ajeno a través de mi piel casi desnuda y, por un segundo absurdo, pienso que estoy soñando, porque esto no puede estar pasando. Si, debe ser el cansancio, la humillación y la noche que me están jugando una mala pasada.Levanto la mirada y no tengo dudas de que estoy enloqueciendo, porque quien me sostiene es Nathaniel.El aire se me queda atrapado en el pecho. Él me suelta de inmediato, como si el contacto lo hubiera quemado. Da un paso atrás con los ojos abiertos, incrédulos.—¿Eve…? —dice—. ¿Qué haces aquí?Mi corazón late tan fuerte que me duele.—Te dije que iba a casarme —respondo, todavía aturdida—. Si viniste a impedir la boda…Niega de inmediato, pasando una mano por su cabello, nervioso de una forma que nunca le había visto.—No. No. Yo ya había aceptado que te perdí —dice—. Vine a la boda de mi mejor amigo. Me dijeron que estaba aquí arriba y… —se queda en silencio, mirándome de arriba abajo, como si recién se diera cuenta de algo—. No esperaba esto.¿
ClaraSalgo de la habitación con la maleta rodando detrás de mí y el corazón desbocado. No miro atrás, si lo hago, tal vez cometa una estupidez.Pulso el botón del ascensor y, cuando las puertas se abren, entro sin pensar. Las puertas se cierran y el ascensor desciende.En el siguiente piso, se detiene, las puertas vuelven a abrirse y cuando levanto la mirada, una vez más siento que se me paraliza el corazón. Él entra… Sebastian Hale, el nuevo esposo de mi mejor amiga.Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza. Se me eriza la piel, se me corta la respiración. Me quedo quieta, mirando al frente, como si ignorarlo pudiera borrarlo.El ascensor vuelve a moverse.—¿A dónde vas con esa maleta? —pregunta.Su voz es exactamente como la recuerdo. Grave, segura, demasiado cercana, pero no le respondo.Mi reflejo en el espejo me delata, tengo la mandíbula tensa, los ojos fijos en cualquier lado menos en él y mi pulso latiendo en la garganta. Pienso en Evelyn y me digo “es el esposo de mi mejor am
EvelynLlego a Bali para casarme con un hombre al que no amo ni conozco. No lo pienso como una tragedia porque, si lo hiciera, no habría venido. Lo acepto como lo que es: un contrato. Un acuerdo necesario para heredar la empresa Ashford y asegurar que el apellido de mi familia no termine en manos de personas que solo saben destruir lo que no construyeron.El resort es tan perfecto que parece falso. Flores exóticas, el océano extendiéndose hasta donde alcanza la vista. Todo está diseñado para que las personas se enamoren.A mi lado camina Clara, mi mejor amiga, la única persona que me conoce de verdad. Ella sabe que no quiero este matrimonio. Lo sabe porque me ha visto llorar en silencio y sabe que mi corazón pertenece a alguien más, un hombre que seguramente no volveré a ver, pero que no puedo sacar de mi mente.Clara es libre. No pertenece a ninguna dinastía, no tiene una empresa esperándola como una herencia. Viene de una familia más modesta, pero eso jamás nos impidió ser amigas. S
Último capítulo