El hermano de mi ex

El hermano de mi ex ES

Romance
Última actualización: 2026-02-04
Milena Parrales R  Recién actualizado
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Resumen
Índice

Ese año viví como alguien que se ahoga. Por intentar retener al hombre que con sus propias manos me empujó al abismo, me despojé de mi dignidad y perdí hasta mi propia identidad. Justo cuando pensaba que el resto de mis días se pudrirían en aguas estancadas, un mensaje de su madre golpeó la calma como un rayo absurdo: ‘Ojalá te hubieras quedado con su hermano William. Él está soltero; si aceptas, seguirías siendo mi única nuera’. En el pasado, fui el juguete de su cruel despecho; hoy, su hermano mayor —el hombre a quien él más respeta— se ha convertido en mi última carta para escapar del infierno.

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Capítulo 1

Capítulo 1

Entré en la habitación y lo encontré sentado al borde de la cama, con el rostro hundido entre las manos, envuelto en un aura de frustración contenida.

—Te despertaste —musité. Eran la una de la mañana; yo acababa de entrar tras tender mi uniforme bajo el sereno de la noche.

—Borra eso, Mayleen —dijo sin levantar la mirada. Había visto el video de nosotros que subí a mis redes—. No vales ni un carajo. Me voy.

Se puso en pie con una prisa violenta, como quien huye de una plaga. Lo seguí por el pasillo, con el alma encogida: ¿tanto era su desprecio por una simple muestra de que estábamos juntos? Se suponía que lo estábamos.

—¡Borra ese video! —repitió, volcando su furia sobre mí. —¿Por qué, si estamos juntos? —le increpé, aferrada a una lógica que él ya había desechado.

—Yo nunca estaría con una mujer como tú —sus palabras cayeron como hachazos sobre mi corazón. Hacía apenas dos semanas me había implorado volver; hace solo unos días, me insistía con desesperación que me mudara con él. ¿Cómo podía deshacerse de sus promesas con tanta frialdad?

—Sabes que siempre estaré con ella —sentenció. "Ella", la mujer que ocupó mi lugar apenas dos semanas después de nuestra primera ruptura. Mi vida se había convertido en un ciclo perverso: él me buscaba jurando amarme, compartíamos un tiempo, y luego, ante cualquier pretexto, estallaba en ira y me abandonaba para volver al refugio de ella.

—Está bien —dije, tragándome las lágrimas y tensando el orgullo—. Si te vas, llévatelo todo. No dejes ni rastro, porque por esta puerta no volverás a entrar jamás.

Me adelanté para abrirle la puerta. Lo amaba con cada fibra de mi ser, pero entendí que no se puede obligar a un fantasma a habitar un cuerpo que ya no desea estar ahí.

—Eres la peor mujer con la que he estado —me lanzó una última mirada de ojos inyectados en llanto, seguida de un insulto obsceno sobre mi cuerpo que, hasta el día de hoy, me quema la garganta de solo pensarlo.


Dos horas después, el teléfono no dejaba de vibrar. No respondí. Me quedé en la penumbra, temblando de rabia y de pena, sintiéndome como un juguete desechable. Esa sensación de ingenuidad volvía a asfixiarme, pero esta vez era distinto: sabía que era la última vez que permitía que jugara con mis pedazos.

Siempre fue hiriente, pero esta vez hubo una honestidad brutal: aceptó que la ama a ella.

Lo más cruel de la vida adulta es que, aunque tengas el corazón hecho trizas, el mundo espera que fiches en el trabajo a la mañana siguiente.

Al despertar, encontré un mensaje de voz. Se había marchado en su moto bajo un diluvio y, de regreso a su pueblo, tuvo un pequeño accidente. Me culpaba a mí. Me culpaba de su desgracia, de la lluvia y de su huida. Yo no lo eché; solo le abrí la puerta que él ya estaba empujando. Su urgencia no era por el accidente, sino por llegar a ella y asegurarse de que no hubiera visto aquel video.

Entonces, llegó un mensaje de un número desconocido.

—¿Te pegó Angel? —preguntaba una voz extraña—. Dime la verdad, por favor. —¿Quién eres? —respondí, aún sin querer dar crédito a mi sospecha. —Soy Jenna.

Ese nombre estaba tatuado en su piel. Cuando lo conocí, llevaba el nombre de otra ex; decía que lo borraría, pero nunca lo hizo. En cambio, cuando apareció Jenna, no dudó en cubrir el viejo tatuaje con el nombre de ella. En esta farsa de tres, yo siempre fui la pieza sobrante.

—A mí nunca me puso la mano encima —contesté con la verdad sangrando en los dedos—, pero sé que a sus otras ex sí. —¿Tú lo amas? —preguntó ella. —Sí, lo amo. Pero él y yo nunca volveremos. Él te ama a ti.

—No lo sé —respondió ella, vacilante—. ¿Será posible que ame a dos personas a la vez? —Él no me ama —sentencié, enfrentando mi realidad—. Solo lo acostumbré a que, sin importar cuánto me pisoteara, yo siempre estaría ahí cuando decidiera volver.

Ella me confesó que él le decía lo mismo: que quería una vida allá, que quería estar con ella. Se me revolvió el estómago al descubrir que sus promesas eran un guion reciclado.

—No volveré a hablarle nunca —le juré—. Por favor, dile que si de verdad te ama, me deje en paz para que pueda olvidarlo de una vez por todas.

Fui al trabajo convertida en un autómata. No sé cómo terminé la jornada; era un zombi que apenas podía articular palabra. ¿Qué les diría a mis padres? Ya les había anunciado mis planes de mudarme con él.

Casi renuncio por seguir su capricho. Por fortuna, aquel día el destino quiso que mi jefa no estuviera disponible, salvándome de cometer el último error por un hombre que ya no existía.

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