Mundo ficciónIniciar sesión"Ella era la asistente invisible que él despreciaba; él, el monstruo de traje hecho a medida que ella no podía dejar de desear". Emma Verena está al borde del abismo. Con deudas que amenazan con destruirla y una familia que la humilla por no encajar en sus estándares de belleza, su único refugio es su talento secreto en la cocina y su tedioso trabajo como asistente personal. Su jefe, Azkarion DArgent, es un hombre de una frialdad aterradora, un CEO poderoso cuyas obsesiones ocultas mantienen a todo el mundo a raya. Tras un incidente que cambia su vida, Emma intenta renunciar, pero Azkarion no está dispuesto a dejarla ir. En su lugar, le lanza una propuesta tan tentadora como peligrosa: un matrimonio por contrato. A cambio de una fortuna que representa su libertad, Emma deberá convertirse en la esposa de fachada del hombre que más detesta. Lo que ella no sabe es que Azkarion oculta una tentación oscura que la arrastrará al epicentro de sus propios deseos prohibidos. Entre banquetes lujosos, secretos de alcoba y una guerra de voluntades en la oficina, Emma descubrirá que bajo la piel del CEO arrogante se esconde un secreto que podría salvarla... o consumirlos a ambos. ¿Podrá Emma conquistar el corazón del hombre que no cree en el amor? ¿O terminará siendo otra víctima de las sombras de los DArgent?
Leer másEl aroma a café recién molido y el siseo de la cafetera industrial en la pequeña cocina de los DArgent eran lo único que mantenía a Emma Verena Hills cuerda a las seis de la mañana. Emma no era una asistente común; se había graduado con honores en gastronomía, soñando con estrellas Michelin y su propio bistró. Pero la realidad la había golpeado con la fuerza de un camión de dieciocho ruedas. Las deudas médicas de su madre y los préstamos estudiantiles la habían encadenado a un escritorio de roble en el piso 40 de la Torre DArgent, sirviendo como la "asistente para todo" del hombre más temido de la ciudad.
—¡Emma! ¿Todavía estás tragando? ¡Por Dios, deja de comer, maldita gorda, así nadie te va a querer nunca! —El grito de su hermana mayor, Sophia, resonó desde el pasillo del apartamento que compartían. Emma dejó caer la cuchara con la que probaba su propia creación: una crema de avellanas artesanal que pretendía ser su desayuno. Se miró en el reflejo del microondas. Sus mejillas eran redondas, sus curvas generosas, y sus ojos reflejaban un cansancio que ninguna cantidad de maquillaje podía ocultar. Las palabras de su familia eran una gota constante de veneno que ya había calado hondo. Para ellos, Emma era el fracaso de la familia; para el mundo corporativo, solo era el mobiliario que Azkarion DArgent usaba para descargar su mal humor. Se terminó de ajustar el traje sastre que le apretaba en la cintura y salió disparada hacia la oficina. Hoy era el día. No podía más. Al llegar a la cima de la Torre DArgent, el ambiente cambió. Todo era cristal, acero frío y un silencio sepulcral. En el centro del despacho principal, de espaldas a la puerta, estaba él. Azkarion DArgent. Su silueta recortada contra el amanecer de la ciudad era la imagen misma del poder. Los hombros anchos bajo un traje de tres piezas perfectamente entallado, el cabello oscuro impecable y una presencia tan densa que parecía absorber el oxígeno de la habitación. —Llegas tres minutos tarde, Hills —dijo Azkarion. Su voz era un barítono profundo, suave pero con un filo peligroso que le erizó el vello de la nuca. —Lo siento, señor DArgent. El tráfico estaba... —No me interesan tus excusas de clase media —cortó él, dándose la vuelta lentamente. Sus ojos, grises como una tormenta en el mar, la recorrieron de arriba abajo con un desprecio apenas disimulado—. Deja el informe sobre el escritorio. Y prepárame el desayuno. El de la cafetería de abajo sabe a cartón. Emma apretó los puños. Sentía el sudor frío bajando por su espalda. Metió la mano en su bolso y sacó un sobre blanco. Sus dedos temblaban. —Señor... Azkarion —el uso de su nombre de pila hizo que él arqueara una ceja, una señal clara de que estaba cruzando una línea—. He decidido que ya no puedo seguir así. Aquí está mi renuncia. El silencio que siguió fue absoluto. Azkarion no tomó el sobre. En su lugar, se acercó a ella con pasos lentos y depredadores. Emma retrocedió hasta que su espalda chocó contra la puerta cerrada. Él se detuvo a centímetros de ella, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. El perfume de Azkarion —madera, sándalo y algo oscuro que ella no lograba identificar— la envolvió. —¿Renunciar? —Azkarion soltó una risa seca, sin rastro de humor—. Debes haber olvidado la cláusula de exclusividad de tu contrato, Hills. O quizás las facturas que tu familia aún no ha pagado a la red de hospitales que mi empresa patrocina. Emma tragó saliva. Lo sabía. Él la tenía atrapada. —No soy una esclava —susurró ella, intentando que su voz no se quebrara—. Me trata con desprecio, permite que los accionistas se rían de mi peso en las reuniones y me obliga a trabajar dieciocho horas diarias. ¡Soy chef, por el amor de Dios! No soy una alfombra. Azkarion estiró una mano y, con un movimiento que hizo que Emma contuviera el aliento, le retiró un mechón de cabello de la cara. Sus dedos estaban helados. —Eres exactamente lo que yo diga que eres —murmuró él, bajando la voz hasta un susurro que vibró en el pecho de Emma—. Pero tienes razón en algo. Ya no eres mi asistente. Emma parpadeó, confundida. ¿La estaba despidiendo? ¿Era libre al fin? —Mi abuelo ha puesto una condición para que yo mantenga el control total de las acciones de DArgent —continuó él, ignorando la confusión de ella—. Necesito una esposa. Alguien dócil, alguien que no llame la atención de la prensa, alguien a quien nadie imagine que yo podría amar de verdad. Alguien... como tú. Emma sintió que el mundo daba vueltas. —¿Una esposa? ¿Está bromeando? Usted me odia. Me llama inútil cada vez que puede. —No te odio, Hills. Simplemente eres una herramienta —Azkarion se alejó, volviendo a su escritorio de mármol negro—. Casémonos por contrato. Un año. Yo pago todas tus deudas, compro la casa de tu madre y te doy el capital para que abras el restaurante que tanto deseas. A cambio, serás la Señora DArgent ante el mundo. Y en privado... —hizo una pausa, y por un segundo, Emma vio algo oscuro y febril en sus ojos—, en privado, me ayudarás con mis... necesidades específicas. —¿Qué necesidades? —preguntó Emma con voz apenas audible. Azkarion sonrió de una forma que no llegó a sus ojos. Era una sonrisa llena de secretos y sombras. —Tengo obsesiones, Emma. Tentaciones que una mujer común no entendería. Necesito a alguien que no me juzgue, alguien que esté tan desesperada por dinero que acepte entrar en mi oscuridad sin hacer preguntas. Emma miró el sobre de renuncia en el suelo. Era su libertad contra su supervivencia. Miró a aquel hombre, el CEO que la despreciaba pero que ahora le ofrecía un trono de oro en medio de un infierno personal. —¿Por qué yo? —preguntó ella al fin. Azkarion se sentó en su silla, entrelazando los dedos. —Porque eres la única persona en este edificio que cocina como los ángeles y me mira como si fuera el demonio. Me resulta... refrescante. Emma respiró hondo, sintiendo el peso de su destino. El contrato estaba sobre la mesa, invisible pero real. No sabía que, al aceptar, no solo estaba vendiendo su firma, sino que estaba a punto de descubrir que la "esposa gorda" que el CEO decía no querer, se convertiría en la única obsesión capaz de destruirlo. —Acepto —dijo Emma, con el corazón martilleando contra sus costillas—. Pero con una condición. Azkarion la miró con curiosidad. —Nunca vuelvas a llamarme "maldita gorda". El CEO se levantó, caminó hacia ella y le tomó la mano, sellando el pacto con un apretón que quemaba. —Trato hecho, futura Señora DArgent. Que comience el juego.El silencio del pequeño apartamento de Emma se sentía extraño con la presencia de Azkarion. Él, que estaba acostumbrado a techos de seis metros de altura y suelos de mármol con calefacción, ahora caminaba por una sala donde el sofá tenía una mancha de café y el televisor era del tamaño de una de sus tablets de la oficina.Azkarion dejó su maleta de cuero —lo único que Silas le permitió sacar de la mansión antes de congelar sus cuentas— sobre la alfombra desgastada. Se quitó la chaqueta del traje, que costaba más que tres meses del alquiler de Emma, y la colgó con cuidado en el respaldo de una silla de madera que cojeaba un poco.—Así que... aquí es donde vivías antes de que yo apareciera con mi contrato —dijo Azkarion, mirando a su alrededor. No lo decía con asco, sino con una curiosidad genuina, como si estuviera visitando un planeta nuevo.—Es pequeño, lo sé. Y el vecino de arriba toca la batería a las once de la noche —respondió Emma, quitándose los tacones con un suspiro de alivio
El silencio en la sala de juntas era tan denso que Emma podía oír los latidos de su propio corazón retumbando en sus oídos. Silas DArgent se quedó mirando el recorte del periódico sobre la mesa como si fuera una serpiente a punto de morderlo. Sus dedos, siempre firmes, temblaron apenas un milímetro, pero fue suficiente para que Azkarion lo notara.—¿De qué locuras estás hablando, muchacha? —la voz de Silas sonó ronca, forzando una calma que ya no tenía—. Ese accidente fue una tragedia nacional. Estuve allí después, como cualquier padre destrozado. No intentes ensuciar mi nombre para salvar tu pellejo por el fraude de los fondos.Emma dio un paso adelante, apoyando las palmas de sus manos sobre la mesa de roble. Ya no se sentía como la asistente que bajaba la mirada.—Usted no llegó después, Silas. Usted ya estaba allí —dijo Emma, con una voz clara que no flaqueó—. El maletín en la foto tiene un rasguño en la base que solo pudo hacerse con el metal retorcido del coche de Arthur. Lo vi
Despertar en la mansión DArgent después de una noche de confesiones era como despertar en un glaciar. Emma se quedó mirando el techo durante lo que parecieron horas, escuchando el silencio absoluto de la casa. Azkarion no estaba. No había rastro de él en la habitación, ni siquiera el olor de su perfume amaderado. La cama estaba perfectamente hecha del lado de él, como si nunca se hubiera acostado.Emma bajó a la cocina, esperando encontrarlo allí, pero solo encontró a una de las empleadas del servicio limpiando la encimera.—El señor DArgent salió a las cinco de la mañana, señora —dijo la mujer sin levantar la vista—. Dejó dicho que no lo esperara para cenar. Tiene reuniones en la sede central todo el día.Emma asintió, sintiendo un nudo de hierro en la garganta. La pizza de anoche, las risas en el suelo... todo parecía ahora un sueño lejano. Azkarion se estaba cerrando de nuevo, y ella sabía por qué: el miedo a que su propio abuelo fuera un asesino era demasiado para procesar.—No vo
Sentados en la alfombra de la sala, con una caja de pizza grasienta entre los dos y las corbatas y tacones tirados por ahí, Emma por fin sintió que podía respirar. Azkarion se había quitado el reloj de miles de dólares y tenía una mancha de salsa en la barbilla. Parecía un hombre normal, no el dueño de medio mundo.—Sabes... —dijo Azkarion, dándole un mordisco a su rebanada—, creo que esta es la mejor cena que he tenido en tres años. Sin camareros vigilando cuántas veces mastico.Emma se rio, apartándose un mechón de pelo de la cara.—Es porque la comida sabe mejor cuando no tienes que fingir que eres alguien que no eres.Se quedaron en silencio un momento, disfrutando de la calma tras la tormenta con Julián. Pero Emma notó algo. Azkarion no dejaba de mirar su reloj inteligente. Cada vez que vibraba, su mandíbula se tensaba un poco más.—¿Pasa algo de la oficina? —preguntó ella, tratando de sonar casual.Azkarion dejó la pizza en la caja. Sus ojos grises, que hace un minuto brillaban





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