Bajo la Piel del CEO: El Contrato de las Tentaciones
Bajo la Piel del CEO: El Contrato de las Tentaciones
Por: Jhonaiber silva
El Precio de la Desesperación

El aroma a café recién molido y el siseo de la cafetera industrial en la pequeña cocina de los DArgent eran lo único que mantenía a Emma Verena Hills cuerda a las seis de la mañana. Emma no era una asistente común; se había graduado con honores en gastronomía, soñando con estrellas Michelin y su propio bistró. Pero la realidad la había golpeado con la fuerza de un camión de dieciocho ruedas. Las deudas médicas de su madre y los préstamos estudiantiles la habían encadenado a un escritorio de roble en el piso 40 de la Torre DArgent, sirviendo como la "asistente para todo" del hombre más temido de la ciudad.

—¡Emma! ¿Todavía estás tragando? ¡Por Dios, deja de comer, maldita gorda, así nadie te va a querer nunca! —El grito de su hermana mayor, Sophia, resonó desde el pasillo del apartamento que compartían.

Emma dejó caer la cuchara con la que probaba su propia creación: una crema de avellanas artesanal que pretendía ser su desayuno. Se miró en el reflejo del microondas. Sus mejillas eran redondas, sus curvas generosas, y sus ojos reflejaban un cansancio que ninguna cantidad de maquillaje podía ocultar. Las palabras de su familia eran una gota constante de veneno que ya había calado hondo. Para ellos, Emma era el fracaso de la familia; para el mundo corporativo, solo era el mobiliario que Azkarion DArgent usaba para descargar su mal humor.

Se terminó de ajustar el traje sastre que le apretaba en la cintura y salió disparada hacia la oficina. Hoy era el día. No podía más.

Al llegar a la cima de la Torre DArgent, el ambiente cambió. Todo era cristal, acero frío y un silencio sepulcral. En el centro del despacho principal, de espaldas a la puerta, estaba él.

Azkarion DArgent.

Su silueta recortada contra el amanecer de la ciudad era la imagen misma del poder. Los hombros anchos bajo un traje de tres piezas perfectamente entallado, el cabello oscuro impecable y una presencia tan densa que parecía absorber el oxígeno de la habitación.

—Llegas tres minutos tarde, Hills —dijo Azkarion. Su voz era un barítono profundo, suave pero con un filo peligroso que le erizó el vello de la nuca.

—Lo siento, señor DArgent. El tráfico estaba...

—No me interesan tus excusas de clase media —cortó él, dándose la vuelta lentamente. Sus ojos, grises como una tormenta en el mar, la recorrieron de arriba abajo con un desprecio apenas disimulado—. Deja el informe sobre el escritorio. Y prepárame el desayuno. El de la cafetería de abajo sabe a cartón.

Emma apretó los puños. Sentía el sudor frío bajando por su espalda. Metió la mano en su bolso y sacó un sobre blanco. Sus dedos temblaban.

—Señor... Azkarion —el uso de su nombre de pila hizo que él arqueara una ceja, una señal clara de que estaba cruzando una línea—. He decidido que ya no puedo seguir así. Aquí está mi renuncia.

El silencio que siguió fue absoluto. Azkarion no tomó el sobre. En su lugar, se acercó a ella con pasos lentos y depredadores. Emma retrocedió hasta que su espalda chocó contra la puerta cerrada. Él se detuvo a centímetros de ella, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. El perfume de Azkarion —madera, sándalo y algo oscuro que ella no lograba identificar— la envolvió.

—¿Renunciar? —Azkarion soltó una risa seca, sin rastro de humor—. Debes haber olvidado la cláusula de exclusividad de tu contrato, Hills. O quizás las facturas que tu familia aún no ha pagado a la red de hospitales que mi empresa patrocina.

Emma tragó saliva. Lo sabía. Él la tenía atrapada.

—No soy una esclava —susurró ella, intentando que su voz no se quebrara—. Me trata con desprecio, permite que los accionistas se rían de mi peso en las reuniones y me obliga a trabajar dieciocho horas diarias. ¡Soy chef, por el amor de Dios! No soy una alfombra.

Azkarion estiró una mano y, con un movimiento que hizo que Emma contuviera el aliento, le retiró un mechón de cabello de la cara. Sus dedos estaban helados.

—Eres exactamente lo que yo diga que eres —murmuró él, bajando la voz hasta un susurro que vibró en el pecho de Emma—. Pero tienes razón en algo. Ya no eres mi asistente.

Emma parpadeó, confundida. ¿La estaba despidiendo? ¿Era libre al fin?

—Mi abuelo ha puesto una condición para que yo mantenga el control total de las acciones de DArgent —continuó él, ignorando la confusión de ella—. Necesito una esposa. Alguien dócil, alguien que no llame la atención de la prensa, alguien a quien nadie imagine que yo podría amar de verdad. Alguien... como tú.

Emma sintió que el mundo daba vueltas.

—¿Una esposa? ¿Está bromeando? Usted me odia. Me llama inútil cada vez que puede.

—No te odio, Hills. Simplemente eres una herramienta —Azkarion se alejó, volviendo a su escritorio de mármol negro—. Casémonos por contrato. Un año. Yo pago todas tus deudas, compro la casa de tu madre y te doy el capital para que abras el restaurante que tanto deseas. A cambio, serás la Señora DArgent ante el mundo. Y en privado... —hizo una pausa, y por un segundo, Emma vio algo oscuro y febril en sus ojos—, en privado, me ayudarás con mis... necesidades específicas.

—¿Qué necesidades? —preguntó Emma con voz apenas audible.

Azkarion sonrió de una forma que no llegó a sus ojos. Era una sonrisa llena de secretos y sombras.

—Tengo obsesiones, Emma. Tentaciones que una mujer común no entendería. Necesito a alguien que no me juzgue, alguien que esté tan desesperada por dinero que acepte entrar en mi oscuridad sin hacer preguntas.

Emma miró el sobre de renuncia en el suelo. Era su libertad contra su supervivencia. Miró a aquel hombre, el CEO que la despreciaba pero que ahora le ofrecía un trono de oro en medio de un infierno personal.

—¿Por qué yo? —preguntó ella al fin.

Azkarion se sentó en su silla, entrelazando los dedos.

—Porque eres la única persona en este edificio que cocina como los ángeles y me mira como si fuera el demonio. Me resulta... refrescante.

Emma respiró hondo, sintiendo el peso de su destino. El contrato estaba sobre la mesa, invisible pero real. No sabía que, al aceptar, no solo estaba vendiendo su firma, sino que estaba a punto de descubrir que la "esposa gorda" que el CEO decía no querer, se convertiría en la única obsesión capaz de destruirlo.

—Acepto —dijo Emma, con el corazón martilleando contra sus costillas—. Pero con una condición.

Azkarion la miró con curiosidad.

—Nunca vuelvas a llamarme "maldita gorda".

El CEO se levantó, caminó hacia ella y le tomó la mano, sellando el pacto con un apretón que quemaba.

—Trato hecho, futura Señora DArgent. Que comience el juego.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP