El regreso a la mansión tras la cena con Silas fue silencioso, pero no era el silencio tenso de los primeros días, sino uno cargado de una electricidad nueva. Emma observaba por la ventanilla del coche el reflejo de las luces de la ciudad, sintiendo el peso del anillo en su mano. Sin embargo, al mirar de reojo a Azkarion, notó que algo había cambiado. Él ya no estaba en el comedor de su abuelo; su mente estaba a kilómetros de distancia, y sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el teléfon