La Jaula de Oro y el Primer Banquete

El silencio en el ático de la familia Hills era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo de cocina mal afilado. Emma estaba de pie, con las manos entrelazadas frente a su vientre, sintiendo cómo la mirada de su madre, Penélope, la escaneaba con una mezcla de incredulidad y asco.

—¿Que tú qué, Emma? —preguntó Penélope, dejando su copa de vino sobre la mesa de cristal—. Repítelo, porque creo que el champán me está haciendo alucinar.

—Azkarion DArgent me ha pedido matrimonio —dijo Emma, tratando de mantener la voz firme—. Y he aceptado. Nos casaremos por lo civil este viernes.

Una carcajada estridente estalló en la sala. Sophia, su hermana, se dobló de la risa, señalándola con un dedo perfectamente manicurado.

—¡Es una broma! —exclamó Sophia—. Emma, mírate. Azkarion DArgent es el hombre más codiciado del país. Sus exnovias son modelos de pasarela que pesan cuarenta kilos mojadas. ¿Por qué querría casarse con una asistente que parece haber devorado todo el menú de su propia graduación?

Emma sintió el aguijón de las palabras, pero esta vez, el peso del cheque que Azkarion le había entregado esa misma mañana actuaba como un escudo.

—Quizás se cansó de las mujeres que solo saben posar —respondió Emma con una frialdad que ella misma no reconoció—. Él necesita una esposa que sepa manejar su casa y sus... asuntos privados. Y me ha elegido a mí. Las deudas de mamá están saldadas. El préstamo de tu coche también, Sophia.

El ambiente cambió instantáneamente. La burla se transformó en una codicia silenciosa. Penélope se levantó y se acercó a Emma, tocando la tela barata de su traje sastre.

—Si esto es cierto... —murmuró su madre—, tienes que entender que esto no es por amor, hija. Un hombre como él solo te usa para algo. No te hagas ilusiones. Asegúrate de que el contrato sea sólido. No queremos que te deseche como a un juguete viejo cuando se aburra de tu... físico.

Emma no respondió. Salió de allí sintiendo que el aire estaba contaminado. No era libre; simplemente había cambiado una jaula de madera por una de oro puro.

Dos horas más tarde, un coche negro blindado la recogió para llevarla a la mansión DArgent. Al llegar, la magnitud de la riqueza de Azkarion la golpeó de frente. No era una casa; era una fortaleza de mármol negro y ventanales que daban al océano.

—El señor la espera en el comedor principal —dijo un mayordomo de rostro inexpresivo—. Ha solicitado que usted prepare la cena.

Emma parpadeó. —¿Yo? ¿No tiene chefs privados?

—Él fue muy específico, señora. Quiere probar su... talento.

Emma entró en la cocina de la mansión. Era el paraíso de cualquier chef: hornos de convección de última generación, encimeras de granito y los ingredientes más frescos que el dinero podía comprar. Por un momento, olvidó el miedo. Se puso un delantal blanco y comenzó a trabajar. Preparó un risotto de hongos silvestres con aceite de trufa blanca y un solomillo sellado a la perfección.

Cuando entró al comedor, Azkarion estaba sentado a la cabecera de una mesa inmensa, iluminada solo por velas. No llevaba chaqueta; su camisa blanca tenía los primeros botones abiertos y las mangas remangadas, revelando unos antebrazos potentes cubiertos de venas marcadas.

—Sirve —ordenó él, sin levantar la vista de su tablet.

Emma colocó el plato frente a él. El aroma inundó la estancia. Azkarion tomó un tenedor y probó un bocado. Sus ojos se cerraron por un segundo, y Emma juró ver un destello de algo parecido al placer humano en ese rostro de piedra.

—Es aceptable —dijo él, aunque devoró el plato en silencio. Al terminar, dejó los cubiertos con una precisión militar—. Ven aquí, Emma.

Ella se acercó, nerviosa. Azkarion se levantó. Era mucho más alto de lo que recordaba en la oficina. La obligó a rodear la mesa hasta quedar frente a él.

—Dije que tenía necesidades específicas —murmuró él, dando un paso hacia su espacio personal—. La primera es mi alimentación. Mi cuerpo es un templo de control, pero mi mente es un caos. Tu comida me silencia los demonios. Cocinarás para mí cada noche. Sin excepciones.

—Eso no parece una "tentación oscura", Azkarion —replicó ella, tratando de no temblar ante su cercanía—. Parece un trabajo de ama de llaves.

Él sonrió, una curva lenta y peligrosa en sus labios. Se inclinó hacia su oído, y Emma sintió el calor de su aliento.

—La segunda necesidad es el orden. Soy un hombre obsesivo, Emma. Me gusta el control total. En este contrato, tú me perteneces. No hablo de sexo... todavía. Hablo de obediencia.

Azkarion extendió la mano y tomó un pequeño mechón de cabello de Emma, tirando de él con la fuerza justa para que ella tuviera que empinarse.

—Mañana iremos a que te cambien el armario —continuó él—. Quiero que vistas las telas más caras. Quiero que la gente se pregunte qué tiene esta mujer "común" para haber domado al lobo. Quiero que seas mi mayor secreto a plena luz del día. Pero hay una regla que nunca debes romper.

—¿Cuál? —susurró ella, hipnotizada por sus ojos grises.

—Nunca entres en la habitación al final del pasillo del ala este. Pase lo que pase, escuches lo que escuches. Si cruzas esa puerta, el contrato se acaba y tu familia volverá a la calle en menos de una hora. ¿Entendido?

Emma asintió, con el corazón martilleando. En ese momento, se dio cuenta de que Azkarion no buscaba una esposa; buscaba una cómplice para una locura que ella aún no comprendía.

—Vete a descansar —dijo él, soltándola bruscamente—. Mañana es nuestra boda. Intenta no parecer tan aterrorizada. A los DArgent no nos gusta que la mercancía se vea dañada.

Emma se retiró, pero mientras caminaba por los pasillos de la mansión, no pudo evitar mirar hacia el ala este. Un escalofrío recorrió su columna. Azkarion DArgent era un hombre de luz pública y sombras privadas, y ella acababa de firmar un pacto con el mismo diablo.

Lo que Emma no sabía era que Azkarion, desde el comedor, observaba el monitor de seguridad que apuntaba a su habitación. Él no buscaba una esposa dócil. Buscaba a alguien que fuera capaz de sobrevivir a la oscuridad que él mismo no podía controlar.

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