Mundo ficciónIniciar sesiónLa capilla privada de la mansión DArgent era un espacio gélido, decorado con mármol blanco y calas de un color tan pálido que parecían hechas de cera. No había invitados, ni música nupcial, ni flores aromáticas. Solo un juez de paz con rostro de pocos amigos, dos guardaespaldas como testigos y el silencio sepulcral de una transacción comercial.
Emma vestía un traje de seda marfil que Azkarion había hecho traer esa misma mañana. Era elegante, de corte imperio para disimular sus curvas, pero ella se sentía como un cordero envuelto en papel de regalo caro. Sus manos temblaban tanto que casi deja caer la pluma estilográfica cuando le tocó firmar el acta de matrimonio. —Puede besar a la novia —dijo el juez, cerrando su libro con un golpe seco. Emma contuvo el aliento. Azkarion se giró hacia ella. Su rostro era una máscara de indiferencia aristocrática, pero cuando sus dedos rozaron la barbilla de Emma para levantarle el rostro, ella sintió una descarga eléctrica. Él no la besó en los labios; depositó un beso casto y frío en su frente, un gesto dominantes que marcaba propiedad, no afecto. —Felicidades, señora DArgent —susurró él cerca de su oído—. Acabas de comprar la salvación de tu familia. Asegúrate de no hacerme arrepentir de la inversión. —No soy una inversión, Azkarion. Soy una persona —respondió ella en un susurro valiente, aunque su corazón martilleaba contra sus costillas. Él solo sonrió de medio lado, una expresión que nunca llegaba a sus ojos grises. —En este mundo, Emma, todo tiene un precio. Ahora, prepárate. Tenemos nuestra primera aparición pública en la Gala Benéfica de la Fundación DArgent. Es en dos horas. La transformación de Emma fue una tortura. Tres estilistas de renombre, enviados por Azkarion, trabajaron sobre ella como si fuera una escultura de arcilla que necesitara ser corregida. Escuchó sus susurros discretos sobre "el ancho de su cintura" y "cómo ocultar la redondez de sus brazos". Cada comentario era un golpe a su ya frágil autoestima. Sin embargo, cuando terminaron, el espejo le devolvió la imagen de una mujer que no reconocía. Llevaba un vestido de terciopelo azul noche que resaltaba su piel clara y un collar de diamantes que pesaba como una cadena real. La gala se celebraba en el salón principal de un hotel de cinco estrellas. Al entrar del brazo de Azkarion, el murmullo de cientos de personas se detuvo en seco. Los flashes de las cámaras los cegaron. —Mantén la cabeza alta —le ordenó Azkarion sin mover los labios, manteniendo su sonrisa de tiburón para la prensa. —Todos nos están mirando... y no precisamente con admiración —murmuró Emma, sintiendo las miradas de desprecio de las mujeres de la alta sociedad que rodeaban el salón. —Míralos de vuelta —respondió él, apretando ligeramente su brazo contra el de ella—. Tú tienes el anillo que todas ellas desearon durante años. Eso las mata más que cualquier otra cosa. No pasó mucho tiempo antes de que los ataques comenzaran. Mientras Azkarion se alejaba unos metros para hablar con un inversor, un grupo de tres mujeres vestidas con alta costura se acercó a Emma. Una de ellas, una rubia delgada llamada Isabella, que Emma reconoció como la heredera de una cadena hotelera, la barrió con la mirada. —Vaya, así que los rumores eran ciertos —dijo Isabella, fingiendo sorpresa—. Azkarion se ha casado con su asistente. Supongo que después de tantas modelos, buscaba algo más... sustancioso. Las otras dos rieron por lo bajo. —Dinos, querida —continuó otra—, ¿cuál es el secreto? ¿Es un fetiche extraño de Azkarion? ¿O simplemente buscaba a alguien que le cocinara y le limpiara la oficina al mismo tiempo? Porque, seamos sinceras, con ese peso no vas a durar mucho en las portadas de las revistas de sociedad. Emma sintió que la sangre se le subía al rostro. El viejo instinto de encogerse y pedir disculpas por existir apareció, pero entonces recordó el sabor del risotto de anoche y la forma en que Azkarion había cerrado los ojos al probarlo. Ella tenía un talento que ninguna de esas mujeres poseía. —Lo que Azkarion buscaba, Isabella —dijo Emma, irguiéndose y mirándola directamente a los ojos—, es a alguien con un cerebro que pese más que su joyero. Y alguien que no necesite pasar hambre para sentirse valiosa. Si me disculpan, mi esposo me espera. Emma se dio la vuelta con elegancia, dejando a las mujeres con la boca abierta. Pero su valentía se desmoronó en cuanto se alejó. Se refugió en un balcón oscuro que daba a los jardines del hotel, tratando de recuperar el aliento. El aire frío de la noche ayudó a calmar el ardor de sus mejillas. —Esa fue una respuesta interesante —dijo una voz desde las sombras. Emma se sobresaltó. Azkarion estaba allí, fumando un cigarrillo con parsimonia. No parecía molesto; al contrario, había un destello de curiosidad en su mirada. —Me estaban humillando —dijo ella, abrazándose a sí misma. —Lo sé. Te estaba observando —admitió él, acercándose—. Has pasado tu primera prueba. En este mundo, si no muerdes, te devoran. Él tiró el cigarrillo y se acercó tanto que Emma pudo oler el tabaco caro y su perfume amaderado. Tomó su mano y, por primera vez, no hubo frialdad en el contacto. Sus dedos recorrieron el dorso de la mano de Emma con una lentitud deliberada. —¿Por qué me defendiste mencionando mi cerebro? —preguntó él, con voz baja. —Porque es lo único que parece importarte, además de tu comida —respondió ella con sinceridad—. Sé que no me quieres, Azkarion. Sé que soy solo un contrato. Él guardó silencio por un largo momento, observando las luces de la ciudad. —El amor es una debilidad que no puedo permitirme, Emma. Pero el respeto... el respeto se gana. Y esta noche has ganado un poco. Regresaron a la mansión pasada la medianoche. Azkarion la acompañó hasta la puerta de su habitación, pero antes de entrar, él se detuvo y miró hacia el final del pasillo, hacia el ala este. La mandíbula de Azkarion se tensó y sus ojos se volvieron oscuros, casi negros. —Recuerda la regla, Emma —dijo con una voz que envió un escalofrío por su columna—. Pase lo que pase esta noche, no salgas de tu habitación. Emma entró y cerró la puerta, pero el sueño no llegó. Cerca de las tres de la mañana, un sonido desgarrador atravesó el silencio de la casa. Era un grito, pero no de dolor físico, sino de una angustia profunda, seguido por el estruendo de algo rompiéndose contra el suelo. Los gritos venían del ala este. Emma se sentó en la cama, con el corazón en la garganta. La voz que gritaba era inconfundible. Era Azkarion.






