El comedor del ático era una burbuja de cristal suspendida sobre el abismo de la ciudad. La iluminación era mínima, apenas unas velas de cera de abeja negra que hacían que el rostro de los trece comensales pareciera el de estatuas en un mausoleo. En la cabecera, Silas DArgent lucía una palidez cadavérica, pero sus ojos, hundidos y oscuros, seguían brillando con la inteligencia de un depredador que sabe que el mundo le pertenece.
Emma, camuflada entre el personal de servicio con una mascarilla q