El Juicio del Patriarca

El comedor de la mansión ancestral de los DArgent, situada en las colinas privadas de la ciudad, se sentía más como una sala de interrogatorios que como un hogar. Las paredes estaban cubiertas de retratos de hombres severos con el mismo mentón prominente y ojos gélidos que Azkarion. En la cabecera, sentado como un rey en un trono de caoba, estaba Silas DArgent, el abuelo de Azkarion y el verdadero arquitecto del imperio.

Silas no miró a Emma cuando entraron. Sus ojos estaban fijos en su nieto, analizando cada milímetro de su postura, buscando cualquier rastro de la crisis de la noche anterior.

—Siéntense —ordenó Silas. Su voz era como el crujido de pergamino viejo—. Azkarion, me han dicho que tu elección de esposa fue... impulsiva. Un movimiento desesperado para asegurar tus acciones.

Azkarion apartó la silla para Emma con una cortesía mecánica, pero sus dedos rozaron el hombro de ella por un segundo, un recordatorio silencioso del pacto que compartían.

—No fue impulsivo, abuelo. Fue estratégico —respondió Azkarion, sentándose frente a él—. Emma posee cualidades que las mujeres de nuestro círculo social han olvidado. Lealtad y una disciplina que pocos pueden igualar.

Silas finalmente giró su cabeza hacia Emma. Sus ojos eran como escáneres, evaluando su peso, su vestido y la forma en que sostenía los cubiertos. Emma sintió que se encogía, pero recordó la mancha negra de pintura en su mejilla de la noche anterior. Si podía manejar al monstruo en su momento más oscuro, podía manejar a un anciano amargado.

—Disciplina —repitió Silas con una mueca de desprecio—. Me parece que la disciplina no es su fuerte en la mesa, señorita Hills. O debería decir, señora DArgent. Mi nieto siempre ha tenido gustos refinados. ¿Qué hace una chef fracasada en una familia de tiburones?

Emma sintió el aguijón, pero no bajó la mirada. Sabía que Silas estaba probando su temple.

—Un tiburón no sobrevive si no tiene algo que lo sustente, señor DArgent —replicó Emma con voz clara—. Azkarion es el cerebro de esta empresa, pero incluso el mejor motor necesita combustible de calidad. Yo no soy una chef fracasada; soy una experta en logística sensorial. Y si me permite, el menú que han servido hoy es un insulto a su linaje.

El silencio que siguió fue sepulcral. Los sirvientes se quedaron petrificados. Azkarion arqueó una ceja, visiblemente sorprendido por la audacia de su esposa.

—¿Ah, sí? —Silas señaló el plato de faisán frente a él—. Explíquese.

—El ave está seca, la salsa de arándanos tiene un exceso de azúcar que mata el sabor de la caza y el vino que eligió su sumiller compite con las especias en lugar de realzarlas —dijo Emma, levantándose con elegancia—. Si me permite entrar en su cocina diez minutos, le mostraré la diferencia entre comer por necesidad y alimentarse para el poder.

Silas miró a Azkarion, quien se limitó a asentir con una confianza fingida que Emma agradeció internamente.

—Tienes diez minutos —dijo el patriarca—. Si fallas, Azkarion perderá el derecho a voto en la próxima junta por haberme hecho perder el tiempo con una mujer pretenciosa.

Emma entró en la cocina de la mansión de Silas. Era un lugar hostil, lleno de cocineros profesionales que la miraban con recelo. Pero en cuanto tomó un cuchillo de chef, el miedo desapareció. Sus manos, que habían temblado frente a la puerta prohibida, ahora se movían con una precisión quirúrgica. Preparó una reducción rápida de vino tinto con un toque de chocolate amargo y sal marina para el faisán, y salteó unas verduras tiernas con mantequilla de ajo negro.

Cuando regresó al comedor, el plato humeaba. Silas probó un bocado. Masticó lentamente, con una expresión ilegible. Pasaron treinta segundos que para Emma parecieron horas.

—Increíble —murmuró el anciano, dejando el tenedor—. Has logrado que un ave vieja sepa a gloria. Tienes talento, niña. Pero el talento no paga las deudas de una empresa multimillonaria.

—No, pero el control sí —intervino Azkarion, aprovechando el momento—. Emma controla lo que nadie más puede. Ella mantiene mi entorno estable. Gracias a ella, el último trimestre ha tenido un crecimiento del quince por ciento porque puedo concentrarme sin distracciones.

Silas se reclinó en su silla, observándolos a ambos. Por primera vez, hubo un destello de duda en su mirada.

—Parece que hay más en este matrimonio de lo que las revistas de chismes sugieren —dijo Silas—. Sin embargo, hay una última prueba. La cena anual de los fundadores es en un mes. Emma, tú organizarás el banquete para quinientas personas. Si logras impresionar a los socios tanto como me has impresionado a mí, dejaré de cuestionar esta unión. De lo contrario, haré que el contrato de divorcio esté en el escritorio de Azkarion a la mañana siguiente.

—Acepto el reto —dijo Emma sin dudarlo.

Al salir de la mansión, una vez dentro del coche blindado, Azkarion soltó un suspiro largo. Se desabrochó la corbata y miró a Emma con una mezcla de respeto y algo que se parecía peligrosamente a la admiración.

—Has estado a punto de hacerme perder el imperio —dijo él, aunque su voz no era de reproche—. Pero esa jugada con el faisán... fue brillante.

—Él necesitaba ver que no soy una decoración, Azkarion. Nadie respeta a una decoración.

Azkarion guardó silencio durante el trayecto, pero cuando llegaron a su mansión, no se bajó de inmediato. Tomó la mano de Emma y la llevó a sus labios, besando sus nudillos con una lentitud que hizo que el vello de la nuca de ella se erizara.

—Has ganado una batalla, pero la guerra de los DArgent acaba de empezar —murmuró él—. Mañana empezaremos el entrenamiento. No solo cocinarás; aprenderás a leer un balance financiero y a identificar a los enemigos en una sala llena de amigos. Si vas a ser mi esposa, serás la mujer más poderosa de esta ciudad.

Emma asintió, sintiendo que el contrato inicial se estaba transformando en algo mucho más profundo y peligroso. Ya no era solo por dinero; era por el lugar que estaba empezando a ocupar al lado del hombre más complicado que había conocido.

Lo que Emma no vio fue que, en el asiento de atrás, el teléfono de Azkarion se iluminó con un mensaje de un número desconocido: "Sé lo que pasó anoche en el ala este. Tu 'esposita' no podrá protegerte para siempre de la verdad de lo que le hiciste a tu padre".

Azkarion borró el mensaje, pero su mano volvió a temblar.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP