Emma sentía que las manos le sudaban tanto que casi se le resbala el cuchillo mientras picaba las cebollas. No era el miedo de antes, ese que la hacía querer esconderse debajo de la cama. Era una mezcla de rabia acumulada y una ansiedad que le apretaba el pecho. Julián estaba a punto de cruzar esa puerta. El hombre que le había robado hasta la dignidad iba a sentarse a su mesa.
—Emma, mírame —la voz de Azkarion la sacó de sus pensamientos.
Él estaba apoyado en el marco de la cocina, sin traje,