La Puerta Prohibida

El estruendo de cristal rompiéndose contra el mármol resonó de nuevo, seguido por un silencio que dolía más que los gritos. Emma estaba sentada en el borde de su cama matrimonial, con las manos apretadas contra sus muslos. "No salgas de tu habitación", le había advertido Azkarion. Pero los sonidos que venían del ala este no eran de un hombre disfrutando de un vicio oscuro; eran los sonidos de alguien perdiendo una batalla contra sí mismo.

Emma se levantó. El suelo de madera estaba frío bajo sus pies descalzos. Caminó hacia la puerta y la abrió apenas un centímetro. El pasillo estaba sumido en una penumbra azulada, interrumpida solo por la luz parpadeante de una lámpara al final del corredor.

—Azkarion... —susurró, aunque sabía que él no podía oírla.

Caminó en silencio, sintiéndose como una intrusa en su propio hogar. Al llegar al ala este, el aire se sentía más denso, cargado de un olor metálico y a alcohol antiséptico. La puerta al final del pasillo estaba entreabierta, dejando escapar un hilo de luz amarillenta. Emma se detuvo a un paso, con el corazón martilleando contra sus costillas. "Si cruzas esa puerta, el contrato se acaba". La amenaza de volver a la pobreza y a las burlas de su familia pesaba, pero el lamento ahogado que escuchó desde el interior pesó más.

Empujó la puerta lentamente.

La habitación no era una cámara de tortura ni un club privado. Era un estudio de arte caótico, pero las pinturas no eran paisajes ni retratos. Eran manchas negras, trazos violentos de rojo y carbón que cubrían lienzos gigantescos. En el centro, Azkarion estaba de rodillas, con la camisa blanca empapada en sudor y pintura. Sus manos estaban manchadas de negro, y frente a él, un caballete yacía destrozado en el suelo.

Pero lo más impactante no era el desorden. Era Azkarion. Sus ojos grises estaban fijos en la nada, desenfocados, y sus manos temblaban de una forma incontrolable. Murmuraba palabras incoherentes, una letanía de nombres y fechas que Emma no reconoció.

—Azkarion... —dijo ella, con la voz suave para no sobresaltarlo.

Él se tensó. Su cabeza giró con una lentitud aterradora. Cuando sus ojos se encontraron con los de Emma, la frialdad habitual había desaparecido, reemplazada por un terror primario que la dejó sin aliento.

—Te dije... que no vinieras —gruñó él, aunque su voz se quebró al final. Intentó levantarse, pero sus piernas fallaron y tuvo que apoyarse en una mesa llena de frascos de solvente—. Vete, Emma. Ahora.

Emma no retrocedió. En lugar de eso, se acercó y se arrodilló frente a él, ignorando las manchas de pintura que arruinaban su camisón de seda.

—Estás teniendo un ataque de pánico —dijo ella, usando ese tono práctico que empleaba en la cocina cuando un servicio se salía de control—. Mírame, Azkarion. Respira conmigo.

—No entiendes... —jadeó él, apretando los puños—. Hay ruido... demasiado ruido en mi cabeza. Las cifras, las acciones, las voces de mi padre... no se detienen.

Emma tomó sus manos manchadas entre las suyas. Sus dedos, antes tan gélidos y dominantes, ahora ardían. Ella comenzó a tararear una melodía suave, una que su abuela le cantaba cuando el estrés de la escuela de cocina la superaba.

—Cinco cosas que puedas ver —le ordenó ella con firmeza—. Dime cinco cosas, Azkarion.

Él la miró, confundido, pero el contacto físico pareció anclarlo a la realidad.

—La... la pintura negra —dijo con dificultad—. El lienzo roto. Tus ojos. La luz de la lámpara. El... el anillo en tu mano.

—Bien. Ahora cuatro cosas que puedas tocar.

Poco a poco, el ritmo de su respiración comenzó a normalizarse. El temblor de sus manos disminuyó, aunque no desapareció del todo. Azkarion dejó caer la frente sobre el hombro de Emma, rindiéndose por completo. El hombre más poderoso de la ciudad estaba colapsando en los brazos de la mujer a la que llamaba "herramienta".

Pasaron varios minutos en silencio, solo roto por el sonido del mar golpeando contra los acantilados fuera de la mansión. Cuando Azkarion finalmente levantó la cabeza, la máscara de hierro estaba empezando a reconstruirse, pero sus ojos seguían siendo vulnerables.

—Tengo un trastorno obsesivo compulsivo grave, Emma —confesó con una voz ronca—. Y episodios de estrés postraumático desde que mi padre murió en aquel accidente. Mi familia... mi abuelo... nadie puede saberlo. Si el consejo de administración se entera de que el "genio de las finanzas" tiene crisis donde no puede ni sostener una pluma, me quitarán todo.

Emma comprendió entonces las "necesidades específicas". El control excesivo sobre su comida, su horario y su entorno no era arrogancia; era su forma de mantener a raya el caos en su mente.

—Tu secreto está a salvo conmigo —dijo ella, apretando sus manos—. No soy solo tu esposa de contrato, Azkarion. Soy tu aliada.

Él la miró fijamente, como si la viera por primera vez sin el filtro del prejuicio. Su mirada bajó a los labios de Emma, y por un momento, la tensión en la habitación cambió de dolorosa a algo cargado de una electricidad diferente.

—Has roto la regla más importante —murmuró él, acercándose—. Debería enviarte de vuelta con tu madre mañana mismo.

—Hazlo si quieres —desafió ella, sin apartar la vista—. Pero sabes que nadie más te habría ayudado esta noche sin pedir algo a cambio o usarlo en tu contra.

Azkarion soltó una risa seca y amarga. Estiró una mano manchada de pintura y acarició la mejilla de Emma, dejando un rastro negro sobre su piel clara.

—Eres peligrosa, Emma Verena. Porque eres la única persona que ha visto al monstruo sin su armadura y no ha salido corriendo.

Él se puso de pie, recuperando su estatura imponente, y la ayudó a levantarse. El momento de debilidad había pasado, pero el vínculo entre ellos se había transformado para siempre.

—Límpiate —dijo él, volviendo a su tono distante, aunque sus ojos seguían fijos en ella—. Mañana tenemos una reunión con el consejo de familia. Mi abuelo quiere asegurarse de que nuestra unión es "real". Prepárate, porque después de lo de esta noche, no aceptaré errores.

Emma asintió y salió de la habitación. Al llegar a su cuarto, se miró en el espejo. Tenía la cara manchada de negro y el corazón latiendo a mil por hora. Había entrado en la oscuridad de Azkarion y, para su sorpresa, no tenía miedo de volver a entrar.

Lo que Emma no vio fue que, tras cerrar la puerta, Azkarion regresó al lienzo que había estado pintando antes de su crisis. Con un dedo manchado de rojo, trazó una sola línea curva en el centro del caos negro. Era el contorno de una figura femenina. Su primera pintura en años que no era una pesadilla.

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