El Santa Fe cortaba las olas con una determinación que el viejo motor de Mateo apenas podía sostener. Atrás quedaba el perfil de la ciudad, una silueta de cristal que ya no dictaba el destino de Emma Hills. Frente a ellos, el Atlántico se extendía como un lienzo de acero oscuro, ocultando los secretos que la familia DArgent había sepultado bajo toneladas de presión hidrostática.
Emma estaba en la proa, sintiendo el rocío salino en su rostro. En su mano sostenía el diario de bitácora que Azkario