Mundo ficciónIniciar sesiónEmma Spencer estaba enamorada de su jefe. Durante meses mantuvo con él una relación secreta, convencida de que, tal como lo prometió, un día gritaría al mundo que la mujer de su vida era ella. Hasta que descubre que todo era mentira… y que además él está a punto de casarse con otra mujer. Embarazada, herida y desesperada, Emma intenta arruinar ese compromiso, dispuesta a que todos sepan quién es realmente el hombre al que amó. Pero antes de lograrlo, se le presenta una forma distinta de vengarse. Casarse con él tío del hombre que la traicionó. Una decisión impulsiva. Un matrimonio inesperado. Un hombre enigmatico y mayor.
Leer másEl médico ordenó una serie de estudios exhaustivos para Emma, buscando cualquier rastro que explicara la violencia del sangrado que la había dejado al borde del colapso. Le realizaron análisis de orina y una química sanguínea completa, pero los resultados no arrojaron ninguna anomalía química sospechosa en ese momento. Ciertos compuestos abortivos, solían metabolizarse con tal rapidez que desaparecían del sistema sin dejar rastro en los exámenes de rutina, por lo que el médico terminó por atribuir la crisis a los antecedentes clínicos de Emma. No era su primera amenaza de aborto, y con once semanas de embarazo, su cuerpo parecía estar luchando contra una fragilidad interna que el estrés del lugar solo había empeorado. Al no haber pruebas de una sustancia externa, el doctor simplemente concluyó que la inestabilidad de las semanas anteriores había alcanzado un punto crítico. Emma permaneció sumergida en una angustia que la asfixiaba más que el dolor físico. Mientras los médicos se moví
Benedict apenas tuvo tiempo de envolver el cuerpo de Emma en una bata de seda antes de cargarla con una desesperación que nunca había sentido. Condujo por las calles de la ciudad ignorando semáforos y cualquier rastro de prudencia hasta llegar a la entrada de urgencias. La noche era fría y el sudor le perlaba la frente mientras bajaba del auto para tomar a Emma en brazos una vez más. Las puertas automáticas se abrieron con un siseo metálico y la luz blanca de la clínica los envolvió de golpe, contrastando con la oscuridad de la calle. —¡Necesito un médico ahora mismo! —exigió Benedict, su voz resonando en el pasillo con una autoridad demandante. Tenía una vena marcada en la frente por el esfuerzo y la rabia. Emma estaba muy pálida, con la cabeza colgando sobre el brazo de él y el cabello aún empapado por el agua de la ducha, pegándosele a las mejillas como hilos hermosos y dorados. La bata que la cubría ya mostraba una mancha carmesí que se extendía con rapidez, delatando lo que es
El deseo en la mirada de Benedict era una llama viva que Emma alimentaba con cada pequeño gesto. Aquellos ojos que desde que la conoció parecían estar tristes, ahora estaban nublados por el deseo que ambos compartían.Al salir del restaurante, el aire fresco de la noche no logró apagar el fuego que habían encendido en el baño. Benedict la detuvo junto a la puerta del auto, sujetándola por la cintura para atraerla hacia él en un beso que sabía a posesión y a una urgencia que ya no pretendían ocultar. Emma se aferró a sus hombros, entregándose a ese contacto que la hacía olvidar el mundo exterior, recorrió con sus delicadas manos la espalda ancha del hombre, apretando ligeramente sus músculos bajo la tela. Hasta que él se separó apenas para abrirle la puerta. Antes de que ella subiera, Benedict dejó que su mano se deslizara con descaro bajo la falda de su vestido acariciando la piel desnuda de su muslo con una sonrisa triunfante, consciente de que no llevaba ropa interior.—Podrían ver
Benedict se separó apenas unos centímetros, observando con una satisfacción oscura el rastro de su paso por el cuerpo de Emma. Ella estaba deshecha, con el cabello revuelto y los labios hinchados, pero con una chispa en la mirada que él no había visto antes.—Te ves aún más bonita cuando estás llena de mí —dijo Benedict, pasando su pulgar por el labio inferior de ella para limpiar el rastro del beso.Emma se sonrojó de inmediato, ocultando el rostro en el hueco de su cuello mientras intentaba recuperar la compostura. El calor de sus palabras la golpeó con más fuerza que el frío del azulejo. Se enderezó como pudo, acomodando el vestido rojo sobre sus pechos aún sensibles, y con la respiración aún jadeante extendió la mano hacia él en un gesto serio, pidiendo sus bragas de vuelta. Benedict la miró con una sonrisa cargada de arrogancia y negó con la cabeza mientras se ajustaba el cinturón.—No. Estas se quedan conmigo. Considéralas mi premio por haber soportado tu berrinche en la mesa
Último capítulo