Mundo ficciónIniciar sesiónEmma Spencer estaba enamorada de su jefe. Durante meses mantuvo con él una relación secreta, convencida de que, tal como lo prometió, un día gritaría al mundo que la mujer de su vida era ella. Hasta que descubre que todo era mentira… y que además él está a punto de casarse con otra mujer. Embarazada, herida y desesperada, Emma intenta arruinar ese compromiso, dispuesta a que todos sepan quién es realmente el hombre al que amó. Pero antes de lograrlo, se le presenta una forma distinta de vengarse. Casarse con él tío del hombre que la traicionó. Una decisión impulsiva. Un matrimonio inesperado. Un hombre enigmatico y mayor.
Leer más—¡Vamos, mi pequeño oso, un paso más! Cruza la alfombra, tú puedes hacerlo solo —excló Angélica, arrodillada sobre el suelo de madera de la residencia en Kazán, extendiendo los brazos con una enorme sonrisa mientras animaba al niño con aplausos suaves e intermitentes. El pequeño Pavel vio a su mamá y sonrió con total felicidad, mostrando sus primeros dientes blancos mientras tambaleaba sus piernas cortas sobre el tejido grueso de la alfombra. La maternidad a sus ahora 49 años no era sencilla para Angélica; los dolores en la espalda baja eran más constantes, el cansancio físico se acumulaba con mayor rapidez y la energía parecía abandonarla a mitad de la tarde. Pavel tenía un año y seis meses de edad, y como apenas empezaba a caminar con soltura, ya quería correr por toda la casa, desafiando los límites de los pasillos y obligando al personal de seguridad a retirar cualquier adorno peligroso de las mesas bajas. Angélica lo tomó en sus brazos justo cuando el niño iba a perder el equili
La dinámica familiar se movía bajo un ritmo totalmente distinto. Benett se encontraba sentada en el centro de la alfombra de la sala principal, completamente concentrada en armar unos bloques de plástico de colores, construyendo una torre inestable bajo la mirada atenta de la niñera. Emma, por su parte, había ido a su habitación en la planta alta para buscar unas prendas limpias para la niña, pero el esfuerzo de subir las escaleras la había dejado sin aire. Su embarazo múltiple había avanzado de forma drástica; había días enteros en los que sentía que la piel de su vientre iba a desgarrarse por la tensión, la zona baja de la espalda le dolía de forma insoportable y esos gemelos se volvían cada vez más inquietos, con patadas coordinadas que le robaban el sueño por las noches. —¡Ah...! —Emma gimió, apoyando la cabeza contra el muro del pasillo mientras se sostenía la panza con ambas manos, sintiendo una pesadez extrema en las piernas. —Terminaré pronto, mi vida, solo quédate quieta —
Los acordes de las risas infantiles flotaban sobre el césped del jardín principal, mezclándose con la melodía suave que los músicos tocaban cerca del arco de flores decorativas. La tarde comenzaba a caer sobre Los Ángeles, tiñendo el cielo de tonos dorados y rosáceos que se reflejaban en los grandes ventanales de la mansión. En el centro de la mesa principal se encontraba el gran pastel de cumpleaños, decorado con pequeños detalles en tonos pastel y dos velitas encendidas que parpadeaban bajo la brisa templada. Benedict sostenía a Benett en sus brazos, ayudándola a mantener el equilibrio mientras la pequeña se estiraba entusiasmada para intentar tocar el betún con la yema de sus dedos. Emma se encontraba justo al lado, aplaudiendo con suavidad para animar a la niña a soplar las velas y celebrando cada una de sus pequeñas travesuras con una sonrisa que le iluminaba por completo las facciones del rostro. Desde la barandilla de la terraza principal, Robert y Catalina contemplaban la esc
Tiempo después. Habían pasado muchos meses desde la muerte de Noah, misma que fue un golpe para todos aunque por diferentes razones. El vacío que dejó la tragedia en la estructura familiar se manifestó en silencios prolongados y en una sutil distancia que cada quien manejó a su manera. Sin embargo, Robert fue quien no pudo evitar la nostalgia. El hombre pasaba largas horas en la biblioteca, contemplando los viejos retratos de la infancia de su hijo y de su nieto. Quizá su actuar no era su culpa directamente, dadas las circunstancias y las manipulaciones del entorno, pero sí se culpó profundamente de no notar las diferencias entre su hijo y su sobrino en el pasado, de haber permitido que el rencor creciera bajo su propio techo sin ponerle un freno a tiempo. Se lamentaba de muchas cosas que como humano y padre no siempre se está atento, cargando con el remordimiento silencioso de quien sabe que el destino pudo haber sido muy distinto si él hubiera mirado con mayor detenimiento. Aquel





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