Mundo ficciónIniciar sesiónEmma Spencer estaba enamorada de su jefe. Durante meses mantuvo con él una relación secreta, convencida de que, tal como lo prometió, un día gritaría al mundo que la mujer de su vida era ella. Hasta que descubre que todo era mentira… y que además él está a punto de casarse con otra mujer. Embarazada, herida y desesperada, Emma intenta arruinar ese compromiso, dispuesta a que todos sepan quién es realmente el hombre al que amó. Pero antes de lograrlo, se le presenta una forma distinta de vengarse. Casarse con él tío del hombre que la traicionó. Una decisión impulsiva. Un matrimonio inesperado. Un hombre enigmatico y mayor.
Leer másA diferencia de Noah, que siempre se había esforzado por proyectar la imagen del heredero perfecto, aquel hombre impecable que no cometía errores y que se movía con una rectitud envidiable ante la sociedad, Benedict Campbell era la antítesis de la moralidad convencional. Era un hombre frío, oscuro y pragmático, a quien le importaba una mierda quedar como un buen ciudadano ante los ojos de los demás. Benedict sabía que no era un santo y no tenía la menor intención de pretender serlo. Desde que asumió el puesto como director general en Industrias Campbell hace varios años, entendió que para mantener el imperio a flote y expandirlo a niveles obscenos, debía ser capaz de mirar hacia donde otros cerraban los ojos. La empresa era un coloso de inversiones, y en el mercado global, no había capitales más generosos que los que provenían de las sombras del bajo mundo.¿Era una buena idea involucrar al crimen organizado en el flujo de capital privado? Probablemente no desde un punto de vista éti
Todo en el hospital había sido un caos absoluto, una marea de uniformes blancos y pitidos de máquinas que martilleaban los oídos de Noah. Sus nervios estaban peor que nunca, deshilachándose con cada segundo que pasaba; por eso se rehusó tajantemente a apartarse de ese pasillo. Como esposo legal, su prioridad sobre los demás era un derecho que pensaba ejercer hasta las últimas consecuencias. Sabía que si ella recobraba el habla, él debía ser el primero en entrar, el primero en verla, para asegurarse de que el miedo en los ojos de Mariana fuera suficiente para mantenerla callada o, en el peor de los casos, para terminar lo que el destino no quiso completar.No sé reconocía a sí mismo, con el paso de lao días se sentía más hundido que nunca. Y todo había ocurrido por supuesto desde que Benedict apareció el día de su boda con Emma de su brazo. En el fondo, se negaba a creer que ella de verdad quisiera a su tío. El ego masculino que aún prevalecía en su interior, le dictaba que esa boda r
—¡Maldita sea! —gruñó Noah, lanzando el teléfono contra la pared apenas terminó la llamada.El estallido del aparato no fue suficiente para calmar el pánico que le subía por la garganta. Con un movimiento errático, golpeó la cómoda de madera, rompiendo un frasco de perfume que estalló en muchos pedazos. Un fragmento de vidrio le cortó la base de la palma, y la sangre comenzó a brotar de inmediato, mezclándose con el líquido aromático. No se detuvo a limpiarse; simplemente tomó un pañuelo y apretó el puño, sintiendo el ardor punzante, y salió de la habitación como un animal acosado. Bajó las escaleras casi saltando los escalones, subió a su auto y condujo hacia el hospital con el corazón martilleando fervientemente su caja toracica. Sus manos temblaban sobre el volante, obligándolo a apretar con fuerza para no perder el control. Rogaba, en un susurro desesperado que se perdía en el motor, que Mariana no hubiera recuperado el habla o la memoria, que el impacto contra los escalones hubi
—Dilo otra vez —suplicó Emma en un susurro, con la voz quebrada por la emoción y el deseo.Benedict la apretó contra su cuerpo con una fuerza renovada, sus manos hundiéndose en su piel mientras reiniciaba las embestidas con un ritmo frenético, mucho más rápido que antes. La sensibilidad en el cuerpo de Emma estaba a flor de piel al igual que la propia; cada movimiento de él la hacía estremecerse, llevándola nuevamente al borde del abismo. Benedict, con el rostro hundido en la curva de su cuello y la respiración errática, dejó que las palabras salieran sin filtros, liberando la verdad que había intentado enterrar bajo su fachada de hielo.—Me vuelves loco... estoy enamorado de ti, Em. De nuestra hija y de todo lo que tú representas en mi maldita vida —soltó entre jadeos, mientras su cuerpo se tensaba al alcanzar el clímax por tercera vez.Emma se abrazó a él con desesperación, hundiendo el rostro en su pecho, escuchando el latido desbocado de su corazón que martilleaba contra su oíd





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