—Entonces, ¿le pedirás matrimonio? —la voz de David se filtró a través de la madera pesada de la oficina, deteniendo la mano de Emma justo cuando sus dedos se cerraban sobre el pomo de metal.
Ella apretó el agarre, sintiendo el frío del acero contra su palma. Llevaba una carpeta de informes trimestrales que Noah necesitaba revisar antes del cierre, pero las palabras que dijo su mejor amigo la dejaron inmóvil sobre la alfombra del pasillo. El corazón le dio un vuelco dentro del pecho.
—Así es, así que no puedes faltar —respondió y Emma pudo imaginarlo perfectamente reclinado en su silla de cuero, con esa seguridad que la había enamorado desde el primer día—. Ya está todo planeado. Estará mi familia, mi abuelo y, frente a todos, anunciaré que ella es la mujer con la que he decidido pasar mi vida.
Los labios de Emma se curvaron en una sonrisa genuina y temblorosa que no pudo contener, antes de morder su labio inferior para no soltar un suspiro de alivio. Llevaban meses viéndose a escondidas, besándose en el ascensor y teniendo encuentros sexuales en su departamento. Él siempre decía que era por su seguridad, porque en una empresa tan importante las relaciones entre los empleados están prohibidas y no quería que su reputación sufriera. Escuchar que por fin lo gritaría al mundo hizo que el aire se sintiera más ligero para ella.
Entró a la oficina tratando de borrar el rastro de su alegría, recomponiendo su postura profesional. Noah se veía apuesto, como cada mañana. Su camisa blanca estaba impecablemente planchada y resaltaba el bronceado de su piel, mientras que sus ojos verdes, esos que siempre la veían con una calidez única, brillaban bajo la luz de los ventanales. David estaba sentado frente a él, y ambos la miraron cuando cruzó el umbral.
—Señor Campbell, aquí tiene los documentos que me solicitó para la junta de mañana —avisó, manteniendo su tono neutro, aunque por dentro quería lanzarse a sus brazos. Tal vez podría hacerlo, ahora que sabía que su amigo estaba al tanto de lo suyo. Pero se contuvo.
—Déjalos sobre el escritorio, Emma —respondió él, señalando el espacio libre sin dedicarle una mirada especial, manteniendo la fachada perfecta de jefe—. Y ya que estás aquí, cancela todas mis citas del viernes. También aquella reunión que habíamos pactado para el sábado por la mañana. Necesito el fin de semana despejado.
Emma sintió la mirada de David recorriéndola con una curiosidad que le resultó incómoda, pero lo ignoró por completo. Asintió, fingiendo que no tenía ni idea de la conversación que acababa de escuchar, y salió de ahí con la cabeza en alto. Caminó hacia su escritorio sintiendo que flotaba.
El día se le hizo eterno; Noah estuvo hundido en juntas consecutivas con los altos mandos de la compañía.
A decir verdad, no era mucho lo que ella sabía de él. Solo que la empresa pertenecía a su familia y que sus padres murieron cuando él era niño. El abuelo de Noah era el CEO, un hombre estricto al que solo una vez había visto, y su tío, que era algunos años mayor que Noah, fungía como director general. Se decía que entre ellos había una tensión constante porque el abuelo planeaba saltarse la línea sucesoria para nombrar a Noah como el próximo CEO.
Noah le había comentado algo al respecto; decía que no se llevaban bien y lo describía como un hombre frío, arrogante y carente de escrúpulos.
Casi no se vieron en el resto de la jornada. Emma se sentía ansiosa, contando los minutos para que el reloj marcara la salida. Alrededor de las seis, su teléfono interno sonó y fue Noah para indicarle que ya podía irse. Recogió sus cosas con manos rápidas y fue al baño para refrescarse. Frente al lavamanos, se echó un poco de agua en la cara, tratando de calmar el rubor de sus mejillas. Estaba feliz, con una necesidad imperiosa de llamar a su abuela y contarle todo. Ella y su madre sabían de la relación; Noah se había ganado su afecto visitando su casa y llenándolas de regalos, comportándose como el hombre perfecto que prometía rescatarlas de sus preocupaciones. Se acomodó el cabello rubio, dándole un poco de volumen, y salió con su bolso al hombro.
—¿Ya te vas, Emma? —le preguntó Josefina, una de las secretarias del piso, mientras ordenaba unos papeles en la recepción.
—Sí, N... el señor Campbell me dejó salir temprano —respondió, corrigiéndose justo a tiempo antes de pronunciar su nombre de pila.
Noah solía dejarla salir temprano últimamente, diciéndole en privado que no quería que trabajara demasiado, que prefería que estuviera descansada para sus noches juntos.
—Seguro no quiere interrupciones —comentó la mujer con una sonrisa que hizo que Emma frunciera el ceño. Ella ladeó la cabeza, sin comprender el tono del comentario—. La pelirroja acaba de entrar a verlo. Lo ha visitado mucho en las últimas semanas. Claro, tú no la conoces porque te has estado yendo temprano. Pero pasan mucho rato encerrados en su oficina. Promete que no dirás nada, pero se rumora que es la hija de un socio muy importante de su abuelo.
Emma sintió que las manos le empezaron a temblar y un frío repentino recorrió su columna, dejándola pálida. Aquello no podía ser posible. Tenía que haber una confusión, una explicación lógica que su mente no alcanzaba a procesar en ese instante. Trató de que su voz no titubeara al responder, tragando el nudo de hiel que se le formó en la garganta.
—Se me olvidó algo en mi escritorio —mintió, girando sobre sus talones.
—Trata de no interrumpir —le lanzó la chica con una voz juguetona que le hizo doler el pecho.
Todo se le movía por dentro mientras recorría el pasillo de regreso. Estaba segura de que era un malentendido, que Noah simplemente estaba siendo cortés con alguien de la alta sociedad por compromiso profesional y que, como siempre, habían hecho de algo simple todo un chisme.
Ya pondría alguna excusa tonta cuando él la viera entrar; diría que olvidó las llaves o un informe. Necesitaba verlo con sus propios ojos para acallar el ruido en su cabeza.
Al llegar a su puerta, no llamó. Sujetó el pomo con fuerza, pero antes de girarlo, su corazón se oprimió violentamente al escuchar una voz ronca de mujer.
—Oh, Dios... Noah —fue un gemido ahogado, cargado de una intimidad inconfundible, que salía directamente de su oficina.