Mundo ficciónIniciar sesiónEmma salió de la clínica sintiendo que el suelo bajo sus pies era de cristal a punto de romperse. Estaba embarazada del hombre que la había humillado de la forma más ruin posible. Lloró durante todo el trayecto, sin saber siquiera cómo logró llegar a su casa, con la vista nublada por las lágrimas y el corazón latiendo con una pesadez insoportable. En cuanto cruzó el umbral, su madre la recibió con el rostro desencajado por la exaltación.
—¿Dónde demonios estabas? —le gritó Angélica en cuanto la vio—. Han pasado horas desde que dijiste que venías en camino. Me tenías muerta de los nervios. Emma no pudo contenerse más y, entre sollozos cargados de vergüenza, bajó la mirada. —Terminé con Noah, mamá —confesó con la voz rota. Angélica se quedó helada, soltando un "¿pero qué?" lleno de incredulidad. —Lo encontré teniendo sexo con otra mujer en su oficina —continuó Emma, recuperando un poco de firmeza por la indignación—. No voy a tolerarlo. Es un maldito desgraciado y no quiero volver a saber nada de él en mi vida. El sonido del impacto fue seco y brutal. Emma sintió un dolor punzante en la mejilla mientras su rostro se ladeaba por la fuerza del golpe; su madre le había pegado. Se quedó pasmada, tocándose la piel caliente con las manos temblorosas, sin poder concebir que su propia madre la hubiera golpeado en medio de su dolor. —¡¿Cómo pudiste ser tan estúpida?! —le gritó Angélica, fuera de sí—. ¡¿Cómo se te ocurre dejarlo por una tontería así?! —¡¿Acaso no escuchaste?! —refutó Emma con las lágrimas desbordadas—. ¡Estaba revolcándose con otra sobre su propio escritorio! —¡¿Y eso qué?! —le espetó su madre con un desprecio que la dejó fría—. Es hombre, Emma, es lo que hacen. Si lo ves, te callas y te haces de la vista gorda. Pero no haces un escándalo, mucho menos cuando ese hombre es millonario y puede sacarnos de esta maldita miseria. Aunque vivían en una zona modesta de clase media, Noah se había convertido en el pilar que pagaba las cuentas, llenaba la despensa y cumplía cada capricho de Angélica, comportándose como un proveedor que no escatimaba en gastos para facilitarles la vida. —No puedo creerlo, mamá —logró decir Emma con asco—. No puedo creer que te importe más el maldito dinero que mi dignidad. El segundo golpe llegó de inmediato, haciendo que Emma trastabillara. —¡De la maldita dignidad no se come! —le gritó Angélica señalando la puerta—. ¡Ahora mismo te largas a buscarlo y no regresas hasta que te haya perdonado! ¡No puedo creer que tenga una hija tan idiota! ¡Fuera de mi casa! Los gritos atrajeron a la abuela de Emma, quien salió de su habitación exigiendo saber por qué tanto alboroto. —¡¿Pero qué sucede?! ¡¿Por qué gritas de esa manera?! —exigió la anciana. —¡Tu nieta rompió con Noah por una estupidez y ahora mismo tiene que ir a arreglarlo! —respondió con veneno. Emma, devastada, miró a su madre con una mezcla de odio y decepción. —No puedo creer que mi propia madre me haga esto —susurró. —Pues créelo. Y te lo advierto: si no regresas con él, no vuelvas por aquí —sentenció la mujer. —Entonces no esperes volver a verme jamás —respondió Emma con firmeza. Aunque la abuela intentó detenerla y calmar la situación, ambas mujeres se mantuvieron firmes. Emma salió de su hogar con el alma en pedazos, pagando una habitación de hotel esa noche porque no pensaba ceder a las exigencias de su madre. Lloró hasta quedarse sin fuerzas, sintiendo el peso del embarazo, la infidelidad de Noah y la humillación que le hizo su madre hundiéndose en sus pensamientos. ... A la mañana siguiente, en la oficina de Noah, el ambiente era gélido. Él revisaba unos documentos con total indiferencia cuando llamó a su secretaria para darle instrucciones precisas. —Encárguese de sacar todas las cosas de Emma y déjelas en la recepción —le ordenó sin levantar la vista—. Y dé aviso de que ella tiene terminantemente prohibido el acceso a esta empresa. En cuanto la mujer salió, la puerta se abrió para dar paso a Benedict Campbell. Elevó la mirada observando al hombre frente a su escritorio. Lucia imponente, Era un poco más alto que Noah y a sus cuarenta y cuatro había alcanzado una madurez que Noah en sus treinta y cinco aún no lograba igualar. Metió las manos en sus bolsillos, haciendo con el movimiento que sus músculos se marcarán bajo la chaqueta. Su complexión era un poco más robusta y su sola presencia llenaba la habitación con una tensión que se podía palpar. —Escuché que vas a casarte —soltó Benedict con voz grave, rompiendo el silencio mientras se sentaba frente a su sobrino. Noah esbozó una sonrisa cargada de suficiencia. —¿Vienes a felicitarme? —preguntó con tono burlón. Benedict lo observó con esos ojos grises que parecían leer cada una de sus debilidades antes de soltar un suspiro corto. —Sí que eres rápido —manifestó con un matiz de ironía. Ambos sabían lo que estaba en juego: el ultimátum de Roberto Campbell había sido claro. El primero de los dos que tuviera un hijo varón heredaría el puesto de CEO y las acciones mayoritarias de la compañía. Benedict siempre había considerado que el puesto le pertenecía por derecho y capacidad, pero su padre estaba harto de su falta de compromiso familiar y su soltería. Por su parte Noah siempre había envidiado la astucia de su tío, mientras que Benedict sentía un profundo resentimiento hacia la ambición desmedida y mediocre de su sobrino. Ambos sabían que esa repentina boda, no era más que una treta para obtener la tan ansiada herencia. —Espero no lo tomes personal, y seas un buen perdedor, cuando herede esta empresa —bufó Noah. Siendo sabedor de que tenía ventaja sobre su irritante tío. Benedict ladeó una sonrisa. —Por supuesto que no, sobrino. Aunque una boda no es prueba de nada. Felicidades por tu nuevo matrimonio —siseó mordaz y se dirigió a la puerta. Deteniendo sus pasos antes de salir. —Enviame los balances de tu departamento antes de la una. Y no llegues tarde a la junta —agregó, demostrando que aunque Noah podía tener una ventaja. De momento él, seguía siendo su jefe. Emma, no había podido dormir en aquella habitación de hotel; la noticia del embarazo y el eco de las palabras de su madre la habían mantenido en un estado de vigilia tortuoso. Ahora no sabía qué demonios hacer, pero de algo estaba segura: no quería que Noah supiera jamás que esperaba un hijo suyo. Sería una humillación insoportable aferrarse a un empleo junto a él, mendigarle atención o permitir que pensara que el bebé era una estrategia para retenerlo. Quería largarse, obtener el dinero de su liquidación y buscar cuanto antes un nuevo empleo para desaparecer de su radar. Vistiendo la ropa del día anterior, fue a aquel edificio. Pero no alcanzó a dar tres pasos dentro del vestíbulo cuando el guardia de seguridad le bloqueó el paso. El hombre le informó que tenía prohibido el acceso por órdenes directas de la gerencia. Emma sintió que la sangre se le subía al rostro mientras la trataban como a una delincuente frente a sus antiguos compañeros. De pronto, la recepcionista se acercó con una caja de cartón y se la botó con fuerza contra el pecho, obligándola a retroceder para no perder el equilibrio. —Aquí están tus cosas —soltó la mujer con un tono que oscilaba lástima—. El señor Campbell fue muy claro. No te quiere cerca. Emma apretó la caja contra sí, sintiendo que el cartón se clavaba en sus brazos. El nudo en su garganta era tan grande que casi no podía respirar. Ese desgraciado no solo no estaba arrepentido por haberla traicionado, sino que no dejaba de humillarla, borrándola de su vida como si fuera una mancha de café en su escritorio. La recepcionista sacó entonces un sobre blanco y se lo extendió, dudando por un momento antes de dictarle el mensaje que le había dado. —Él... él dijo que no fueras tan orgullosa —murmuró la mujer, bajando la vista—. Que sabe que vas a necesitar este dinero y que es mejor que lo aceptes sin hacer una escena. Emma sintió que estallaba por dentro. El sobre pesaba más que la caja; era el precio de su silencio, la limosna de un hombre que creía que podía comprar su dignidad después de haberla pisoteado. La rabia y la tristeza se mezclaban en su estómago, provocándole una náusea que luchó por contener. Estaba a punto de girarse para salir de aquel lugar y no volver nunca, cuando un mensajero entró a toda prisa en la recepción. Traía consigo un paquete elegante para Noah Campbell. Eran las invitaciones para su compromiso. Como si sus pies se hubieran clavado al mármol del suelo, Emma se quedó viendo el sobre de la invitación que sobresalía del paquete. Sin pensarlo, movida por un impulso de dolor masoquista, le arrebató la tarjeta al mensajero antes de que la recepcionista pudiera intervenir. Sus dedos temblaron al abrirla y ver las letras doradas grabadas con una elegancia insultante. "Noah Campbell y Mariana Fabre" Justo debajo, la fecha que terminó por romper lo poco que quedaba de ella. El compromiso del que él y su mejor amigo hablaron en su oficina, se celebraría este mismo sábado. Mientras que ella solo había tenido un lugar en el mundo de Noah, como un secreto desechable.






