Mundo ficciónIniciar sesiónDurante tres años de matrimonio con Oliver Chevalier, Katherine estuvo condenada a un matrimonio invisible. En su tercer aniversario, cansada de humillaciones y engaños, decidió que ya era suficiente. Firmó los papeles de divorcio, dejando atrás la jaula de cristal para recuperar su libertad. Después de unos meses, gracias a sus logros como reconocida arquitecta, recibió una invitación a una exclusiva fiesta de máscaras. Sin nombres. Sin rostros. Bajo el disfraz de la diosa Artemisa, conoció a un hombre apuesto con máscara de lobo que la hizo suspirar. La atracción entre ellos fue tan instantánea y salvaje que rozaba lo irreal. Una noche de pasión y desenfreno, con la promesa de nunca revelar sus nombres, parecía destinada a ser la mejor noche de su vida… hasta que, a la mañana siguiente, bajo la luz del sol, descubrió algo que la desmoronó. El amante perfecto que la hizo sentirse viva, deseada y más mujer que nunca… era Oliver. El mismo hombre que ella juró despreciar hasta la muerte. En desesperación, huyó pensando que no dejo rastro de ella, sin imaginar que detrás había dejado un simple objeto desencadenando algo impensable… ahora Oliver ha despertado obsesionado con la misteriosa "Artemisa" que desapareció de su cama. El despiadado CEO está dispuesto a remover cielo y tierra para encontrar a la mujer que lo hechizó... sin sospechar que la diosa que busca desesperadamente es la misma esposa "insignificante" a la que acaba de exigirle que abandone su casa.
Leer másEl tiempo siempre había sido mi peor enemigo.
A través de la ventanilla de cristal, miraba a una de las pocas personas que realmente importaban para mí: mi hermana menor. Estaba con tubos para mantenerla respirando. Un tratamiento que el seguro no cubría. Cada banco al que apliqué rechazaba mi solicitud de préstamo. Siempre la misma excusa… no podemos ofrecerle este préstamo pues no tiene crédito ni un buen trabajo. ¿Eso en que me dejaba? Tres semanas para hacer aparecer dinero… Por recomendación medica, mi hermana debía ser operada en tres semanas, a más tardar, para mantenerla con vida. Irónico cómo la vida de una persona podía ser equivalente al dinero. Perdida en mis pensamientos, una llamada entró por mi teléfono. Mi abuelo. Lo levanté con sumo cuidado, descolgando la llamada. —¿Sí? —Encontré la manera de que puedas conseguir ese medio millón de dólares en menos de tres semanas. Su voz fue suficiente para llenarme de asombro. Llevé mi mano hacia el cristal para tocar de manera simbólica a mi hermana. —Abuelo, ¿de dónde conseguiste ese dinero? —Ese es el problema, yo no puedo, pero tú sí. Bajé con detenimiento la mano del frío cristal. Miraba las maquinarias tirtilando para dejarme entrever que estaba viva. Sin poder evitarlo apretaba mi teléfono. —Abuelo, no pienso prostituirme —murmuré, molesta al imaginarlo. —Katherine, jamás haría eso —aseveró—. Tengo a un conocido que sirvió en las fuerzas armadas conmigo. Su nieto necesita una esposa, tú necesitas dinero. Es la única forma. Tragué en seco. Mordisqueé mi labio, entendiendo algo: no podía negarme. Para salvar a mi hermana debía vender mi libertad. —Katherine, ¿aceptarás el matrimonio? ***Tres días después*** El sonido de las cuerdas en el ambiente amenizaba el lugar. Se escuchaban murmullos en la iglesia. Sabía que había empresarios, políticos, personas de la farándula de alto calibre. Chevalier… El apellido de quien sería mi futuro esposo. Su apellido era una carga mayor que la decisión que estaba a punto de tomar en el altar. No lo conocía, ni siquiera lo había visto una sola vez. Al aceptar, lo único que llegó a mi casa fue un abogado con un contrato de matrimonio. Pagaría todo lo de mi hermana. Me “compensaría” monetariamente con doscientos mil dólares ¿Qué pedía el? No podría tener acceso a ninguno de sus bienes. Nada de compartir como pareja. No hablarle… no podia mirarle… Solo debía quedarme como su esposa durante al menos tres años. Todas las cláusulas eran un recordatorio de que era un matrimonio de papel. Al dar los primeros pasos hacia el pasillo de la iglesia, todos se levantaron enseguida. Sonrisas tan actuadas que parecían de novela. Falsas… tan exageradas como un decir que encontraron el santo grial. Escuché murmullos entre los presentes un comentario: “¿En serio se casará con esa tipa?” seguido de risas. Sí, yo era la elegida… no por gusto, sino por conveniencia. Él buscaba una esposa que no pidiera más de lo que él le daba. Su abuelo, a quien sí conocí, me acepto satisfecho. En nuestras breves conversaciones dijo que me eligió porque era hermosa, además de que su nieto necesitaba sentar cabeza. Debía enseñarle a ser un hombre de familia… y quién mejor que ofrecerle eso que la nieta de su buen amigo, aquel que sirvió junto a él por el país. Mi abuelo, a mi lado, acarició mi mano con suavidad. Era ese gesto silencioso de decir que estaba aquí… apoyándome. La música comenzó. Para mí era fúnebre. El olor de flores primaverales para mi parecian putrefacto. Cada paso hacia el altar era un recuerdo de que debía dejar cualquier pensamiento de libertad atrás. No derrame ni una lagrima. Lo único que me mantenía cuerda era mi hermana menor, Leila, conectada a la maquinaria que la mantenía con vida, esperándome. —Katherine, él te amará. Los Chevalier son personas que aman mucho a sus esposas. Sé que serás feliz. —Sí, abuelo… —murmuré apenas. Tras varios pasos llegué hasta él. Unos ojos verdosos con ligeros tonos achocolatados. Mirada fría. No había ni siquiera un aire de curiosidad… ni interés… ni atracción. El sacerdote comenzó a hablar. A través de mi velo, notaba a todos los presentes. —Oliver Chevalier, ¿acepta usted a…? —Acepto —disparó. No dejó ni siquiera que terminara la frase. Su rostro se enderezó. Ni siquiera me miró al aceptar. Una tensión se sintió entre nosotros. Sin poder evitarlo, recordé a mi hermana. Apenas tenía dieciséis… tantas cosas por vivir. El sacerdote repitió la pregunta. A diferencia de él, yo sí dejé terminar la frase. —Acepto —susurré cuando finalizó. En ese momento, mi palabra, que debía parecer alegría, era más que una sentencia: una cadena invisible. Cuando el padre dio la bendición, él llevó sus manos hacia mi velo. Lo levantó sin delicadeza. Nuestros ojos se encontraron por primera vez desde que este matrimonio se había formado. Ya no estaba la barrera de la tela cubriéndome; ahora solo era mi rostro. Sus ojos, por primera vez, comenzaron a escudriñarme. No había ternura. No había amor… Me estaba evaluando. Era la sensación de ser un objeto comprado en el supermercado, y él se aseguraba de que el trato valiera la pena. Intercambiamos los anillos sin siquiera mirarnos. El padre, al pronunciar que podía besar a la novia, hizo que se acercara. Su mano se deslizó lentamente hacia la mía, nunca con brusquedad. No era rudeza; era un toque dominante. Sus ojos pedían que le mostrara sumisión, pero no lo hice. Mi mirada fue agresiva. Fuerte. Él solo dejó entrever una sutil sonrisa de un lado y, tras jalarme suavemente, me besó. No fue romántico… Fue tan breve que pareció un suspiro controlado. Solo era una marca silenciosa para reclamarme como suya. Al separarse, llevó sus labios a mi oído, apenas rozándome. —Hagámoslo de la manera más sencilla. Solo haz lo necesario y salgamos de aquí. Una voz ronca, llena de masculinidad. Se separó completamente y tomó mis manos. No me dejó responder; solo las entrelazó. No era un agarre enamorado; no, era para sujetarme y que no escapara. —¡Que vivan los novios! Una voz desde el fondo rebosaba alegría. Casi arrastrada, me sacó de la iglesia mientras éramos rodeados por un mar de aplausos. Subimos a una limusina que nos esperaba para la luna de miel… Él no quiso fiesta de celebración, pues, según escuché, había dicho a sus invitados que quería disfrutar de su esposa. Al cerrarse la puerta de la limusina donde entramos, se coló un silencio palpable. Ni siquiera esperó a que el auto arrancara para tomar su tablet. La luz de la pantalla iluminaba su rostro endurecido. —Sé que esto es un contrato, pero al menos dígnate a mirarme. Hubo un silencio palpable. Él continuó moviendo los dedos sobre la pantalla, trazando líneas, revisando documentos como si yo no existiera. —Oliver, mírame —dije con brusquedad. Dejó escapar un largo suspiro. De esos que gritaban cansancio y molestia por ser interrumpido en algo importante. Bloqueó la pantalla unos segundos y posó su mirada en la mía. Lúgubre. Vacía. —¿Para qué, Katherine? —su voz fue visceral—. Esto es solo un acuerdo. No hay nada más que hacer. El silencio que siguió se sintió como estacas clavándose en mi pecho. Siempre había soñado con casarme por amor… pero por mi hermana había renunciado a esa fantasía. —Al menos… no deberíamos fingir… —Katherine, no te quiero cerca ni siquiera para que actúes como mi esposa —cortó, manteniendo la voz gélida—. Eres un simple trámite que debía cumplir para ser la cabeza de mi familia. Todo esto es tan inexistente para mí como una piedra en el desierto. Lo dijo con acidez y volvió a tomar su teléfono para enviar un mensaje. Me helé. —Pero… al menos… —Me voy a Francia en una hora —interrumpió, dejando escapar una risa seca. No apartó la mirada de su teléfono—. Te he dejado una propiedad donde puedes vivir. Tendrás un chofer y una asignación mensual. No me llames a menos que alguien se esté muriendo… y lo digo de manera literal. —¿No nos mudaremos juntos? —¿Para qué? —respondió con otra pregunta—. Yo estaré en Francia haciendo mis negocios. Te quiero lejos, y por eso estarás a kilómetros de mí —sostuvo—. No te confundas, Katherine. He pagado por tu nombre. Mi vida está en Francia… y la tuya —hizo una leve pausa— depende de cómo y dónde yo decida. Tragué en seco, sintiéndome como un pedazo de basura. Miré mis manos unos segundos; aún sostenían el ramo de flores. —¿Qué? ¿Pensabas que te ofrecería algo más? —dejó escapar una carcajada seca—. Agradece que mi abuelo me puso una traba para poder dirigir mis empresas. Dejé escapar un leve exhalo, pero él no se detuvo. —Sin ti, no estaría obligado a casarme… —prosiguió—. Porque sí, gracias a la estupidez de tus problemas, me forzaron a esto. Me tensaba, sintiendo que esto no iría a nada más. Ya estaba segura de que me odiaba. Obligué a mi mente y corazón a recordarme que solo debía resistir: tres años de mi libertad por la vida de mi hermana. Para él, yo solo había sido una propiedad, que con un chasquido podía destruir. Tras dejarlo en el aeropuerto, me quedé en la limusina. No se despidió… Ni siquiera se giró para verme… Solo se fue, como si todo esto hubiera sido una ilusión. Le pedí al chofer que me llevara al hospital donde estaba mi hermana, donde me recibieron diferente a como lo hacían usualmente: más cordiales y extremadamente amables. Al llegar a la habitación, ya la estaban preparando para operarla. Según su médico, Oliver Chevalier pagó todo el día anterior. Había hecho que los mejores cirujanos y médicos movieran sus agendas porque él se lo pidió. Para muchos… un milagro… ¿Para mí? Era el comienzo de mi calvario.Sus palabras cayeron como una roca pesada sobre mi cuerpo.Lo que había dicho se quedó como un eco en la habitación que buscaba enloquecerme. Mis manos comenzaron a temblar. Miré a mi pequeño que estaba acurrucado en mis brazos. Sus ojos, azules como zafiros y completamente inocentes, no sabían dónde estábamos.Miré por la ventana. Un segundo piso. Si caía, mi hijo podría salir lastimado y solo por eso me negué a hacerlo. No podía arriesgarme… pero me aterraba lo que Xavier pudiera hacer. Miré hacia la puerta. Con miedo de que la derribara. Que me hiciera algo.No lo hizo.Había una calma tan inquietante que se clavaba en mi piel. Pasó un tiempo tan largo que pareció que nos habíamos congelado en el tiempo… hasta que por fin escuché sus pasos. Se alejaba por el pasillo y, por tonto que sonara, me hizo sentir en paz. Lo suficiente para poder respirar.Con los nervios aún de punta me senté en la cama, en el extremo más alejado posible de aquel vestido. Ese objeto que en mis recuerdos pa
No sabía si mi decisión terminaría causando mi muerte, pero por mi hijo estaba dispuesta a hacerlo sin arrepentimientos.El taxi se detuvo frente a un aeropuerto privado que observé con detenimiento. Aislado, incluso estando dentro de la misma ciudad de Canadá. A pesar de los rastros de nieve acumulados cerca de la pista, el lugar estaba impecablemente limpio.Al bajar, le pagué al conductor mientras mi mirada se desviaba hacia aquel monstruo metalizado a la distancia. Las hélices del helicóptero giraban lentamente, produciendo un sonido grave y constante que me revolvía el estómago.Con suavidad acaricié mi abrigo, como si aquella tela fuera lo único capaz de mantenerme cuerda.Había un miedo horrible creciendo dentro de mí.¿Y si todo era una trampa?¿Y si había abandonado a Oliver para nada?¿Y si Eliott estaba muerto?Ese pensamiento hizo que mi corazón galopara violentamente. El terror invadió mi cuerpo hasta que mis dedos terminaron clavándose en el abrigo. No. No quería pensar
El tiempo se había vuelto mi peor enemigo.Estaba en una encrucijada. Sabía que era una estupidez, pero ¿qué podía hacer? Si le confesaba a Oliver lo que Xavier me había pedido, sabía que no me dejaría ir. Sabía que se negaría a dejarme mover si no estaba protegida. Me rogaría para que lleváramos a la policía.No podía arriesgarme.No con mi hijo.Llegamos a la cabaña en la noche. Mis dedos se aferraban a la bolsa que había comprado en la farmacia como si fuera lo peor del mundo. Una traidora. Quería llorar de impotencia, pero no lo hice. Miré a Oliver de reojo. Estaba agotado. Debajo de sus ojos tenía profundas ojeras pues él tampoco había dormido. Su mandíbula estaba tensa. Al notar que lo observaba, me sonrió levemente como si quisiera decirme que estaba bien.Debía hacerlo. Solo así podríamos traer de regreso a mi hijo.—Hoy quiero que cambiemos un poco la tristeza de la cabaña —comencé hablando con calma intentando aligerar el ambiente entre ambos.—Claro —respondió Oliver abrien
Se acercó a mí, algo que evité al levantarme. Di un paso hacia atrás para retroceder. Lo vi. Sus ojos estaban preocupados pues nos comunicábamos sin tener que hablar.—Katherine, dame el teléfono —alzó su mano hacia mí apuntando mi teléfono.Lo sujetaba con más fuerza contra mi pecho. Respiraba lento, como si ese objeto inanimado se hubiera convertido en Eliott. Mi única esperanza de volver a escucharlo estaba en ese aparato que no estaba dispuesta a entregar con facilidad.—No te lo voy a dar —apenas dije negando desesperadamente.—Katherine, debes darme el teléfono —dio otro paso hacia mí—. Tenemos que llamar al FBI, a las autoridades designadas.Continuaba negando de manera frenética como si la cordura hubiera abandonado mi cuerpo. En ese momento algo cambió. La hermosa cabaña que durante días parecía un refugio de paz y tranquilidad se había convertido en una trampa donde no tenía salida.Oliver volvió a acercarse a mí. Su mirada me rogaba que le entregara el teléfono. Mi respirac
Último capítulo