Nunca volveremos a estar juntos

Nunca volveremos a estar juntosES

Romance
Última actualización: 2026-02-27
J.M.Rose  Recién actualizado
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Resumen
Índice

Katherine siempre había jurado que se casaría por amor, hasta que su hermana cambió su destino. Tras una enfermedad que estuvo a punto de quitarle la vida, aceptó casarse por contrato con Oliver Chevalier, un hombre al que no conocía, pero que todos describían como uno de los empresarios más afamados y respetados. No había amor por ninguno de los dos, solo una obligación. Ella necesitaba dinero; él, mantener una esposa por una herencia. Un anillo, un contrato, un acepto… y, tras esto, un encierro. Tres años de matrimonio en los que Oliver apenas conoció a su esposa, y Katherine decidió seguir su vida como si nada hubiera pasado. Cansada de vivir atrapada en un compromiso que nunca quiso, pidió el divorcio, esperando una simple firma, algo que ocurrió en el chasquido de un dedo. Un año después, por invitación de una amiga, salió a una fiesta donde conoció a un hombre que la hizo sentir más viva como nunca. Un beso, una promesa, una conexión imposible de ignorar… Hasta que descubrió la verdad: ese extraño que la había hecho estremecerse en una noche era su exesposo, el hombre con quien había decidido que nunca volvería a estar. Ella pensaba mantenerlo lejos, algo que habría sido sencillo… si no fuera porque aquella noche de pasión había dejado una consecuencia imposible de ignorar: estaba embarazada.

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Capítulo 1

1. Acepto

El tiempo siempre había sido mi peor enemigo.

A través de la ventanilla de cristal, miraba a una de las pocas personas que realmente importaban para mí: mi hermana menor. Estaba con tubos para mantenerla respirando. Un tratamiento que el seguro no cubría. Cada banco al que apliqué rechazaba mi solicitud de préstamo. Siempre la misma excusa… no podemos ofrecerle este préstamo pues no tiene crédito ni un buen trabajo.

¿Eso en que me dejaba?

Tres semanas para hacer aparecer dinero…

Por recomendación medica, mi hermana debía ser operada en tres semanas, a más tardar, para mantenerla con vida.

Irónico cómo la vida de una persona podía ser equivalente al dinero. Perdida en mis pensamientos, una llamada entró por mi teléfono. Mi abuelo. Lo levanté con sumo cuidado, descolgando la llamada.

—¿Sí?

—Encontré la manera de que puedas conseguir ese medio millón de dólares en menos de tres semanas.

Su voz fue suficiente para llenarme de asombro. Llevé mi mano hacia el cristal para tocar de manera simbólica a mi hermana.

—Abuelo, ¿de dónde conseguiste ese dinero?

—Ese es el problema, yo no puedo, pero tú sí.

Bajé con detenimiento la mano del frío cristal. Miraba las maquinarias tirtilando para dejarme entrever que estaba viva. Sin poder evitarlo apretaba mi teléfono.

—Abuelo, no pienso prostituirme —murmuré, molesta al imaginarlo.

—Katherine, jamás haría eso —aseveró—. Tengo a un conocido que sirvió en las fuerzas armadas conmigo. Su nieto necesita una esposa, tú necesitas dinero. Es la única forma.

Tragué en seco. Mordisqueé mi labio, entendiendo algo: no podía negarme. Para salvar a mi hermana debía vender mi libertad.

—Katherine, ¿aceptarás el matrimonio?

***Tres días después***

El sonido de las cuerdas en el ambiente amenizaba el lugar. Se escuchaban murmullos en la iglesia. Sabía que había empresarios, políticos, personas de la farándula de alto calibre.

Chevalier…

El apellido de quien sería mi futuro esposo. Su apellido era una carga mayor que la decisión que estaba a punto de tomar en el altar. No lo conocía, ni siquiera lo había visto una sola vez. Al aceptar, lo único que llegó a mi casa fue un abogado con un contrato de matrimonio.

Pagaría todo lo de mi hermana. Me “compensaría” monetariamente con doscientos mil dólares ¿Qué pedía el?  No podría tener acceso a ninguno de sus bienes. Nada de compartir como pareja.

No hablarle… no podia mirarle… Solo debía quedarme como su esposa durante al menos tres años.

Todas las cláusulas eran un recordatorio de que era un matrimonio de papel.

Al dar los primeros pasos hacia el pasillo de la iglesia, todos se levantaron enseguida. Sonrisas tan actuadas que parecían de novela. Falsas… tan exageradas como un decir que encontraron el santo grial. Escuché murmullos entre los presentes un comentario: “¿En serio se casará con esa tipa?” seguido de risas.

Sí, yo era la elegida… no por gusto, sino por conveniencia.

Él buscaba una esposa que no pidiera más de lo que él le daba. Su abuelo, a quien sí conocí, me acepto satisfecho. En nuestras breves conversaciones dijo que me eligió porque era hermosa, además de que su nieto necesitaba sentar cabeza.

Debía enseñarle a ser un hombre de familia… y quién mejor que ofrecerle eso que la nieta de su buen amigo, aquel que sirvió junto a él por el país.

Mi abuelo, a mi lado, acarició mi mano con suavidad. Era ese gesto silencioso de decir que estaba aquí… apoyándome.

La música comenzó. Para mí era fúnebre. El olor de flores primaverales para mi parecian putrefacto. Cada paso hacia el altar era un recuerdo de que debía dejar cualquier pensamiento de libertad atrás. No derrame ni una lagrima. Lo único que me mantenía cuerda era mi hermana menor, Leila, conectada a la maquinaria que la mantenía con vida, esperándome.

—Katherine, él te amará. Los Chevalier son personas que aman mucho a sus esposas. Sé que serás feliz.

—Sí, abuelo… —murmuré apenas.

Tras varios pasos llegué hasta él. Unos ojos verdosos con ligeros tonos achocolatados. Mirada fría. No había ni siquiera un aire de curiosidad… ni interés… ni atracción.

El sacerdote comenzó a hablar. A través de mi velo, notaba a todos los presentes.

—Oliver Chevalier, ¿acepta usted a…?

—Acepto —disparó.

No dejó ni siquiera que terminara la frase. Su rostro se enderezó. Ni siquiera me miró al aceptar. Una tensión se sintió entre nosotros. Sin poder evitarlo, recordé a mi hermana. Aún tenía trece… tantas cosas por vivir.

El sacerdote repitió la pregunta. A diferencia de él, yo sí dejé terminar la frase.

—Acepto —susurré cuando finalizó.

En ese momento, mi palabra, que debía parecer alegría, era más que una sentencia: una cadena invisible. Cuando el padre dio la bendición, él llevó sus manos hacia mi velo. Lo levantó sin delicadeza. Nuestros ojos se encontraron por primera vez desde que este matrimonio se había formado. Ya no estaba la barrera de la tela cubriéndome; ahora solo era mi rostro.

Sus ojos, por primera vez, comenzaron a escudriñarme. No había ternura. No había amor…

Me estaba evaluando.

Era la sensación de ser un objeto comprado en el supermercado, y él se aseguraba de que el trato valiera la pena.

Intercambiamos los anillos sin siquiera mirarnos. El padre, al pronunciar que podía besar a la novia, hizo que se acercara.

Su mano se deslizó lentamente hacia la mía, nunca con brusquedad. No era rudeza; era un toque dominante. Sus ojos pedían que le mostrara sumisión, pero no lo hice. Mi mirada fue agresiva. Fuerte. Él solo dejó entrever una sutil sonrisa de un lado y, tras jalarme suavemente, me besó.

No fue romántico…

Fue tan breve que pareció un suspiro controlado. Solo era una marca silenciosa para reclamarme como suya. Al separarse, llevó sus labios a mi oído, apenas rozándome.

—Hagámoslo de la manera más sencilla. Solo haz lo necesario y salgamos de aquí.

Una voz ronca, llena de masculinidad. Se separó completamente y tomó mis manos. No me dejó responder; solo las entrelazó. No era un agarre enamorado; no, era para sujetarme y que no escapara.

—¡Que vivan los novios!

Una voz desde el fondo rebosaba alegría. Casi arrastrada, me sacó de la iglesia mientras éramos rodeados por un mar de aplausos. Subimos a una limusina que nos esperaba para la luna de miel…

Él no quiso fiesta de celebración, pues, según escuché, había dicho a sus invitados que quería disfrutar de su esposa. Al cerrarse la puerta de la limusina donde entramos, se coló un silencio palpable.

Ni siquiera esperó a que el auto arrancara para tomar su tablet. La luz de la pantalla iluminaba su rostro endurecido.

—Sé que esto es un contrato, pero al menos dígnate a mirarme.

Hubo un silencio palpable. Él continuó moviendo los dedos sobre la pantalla, trazando líneas, revisando documentos como si yo no existiera.

—Oliver, mírame —dije con brusquedad.

Dejó escapar un largo suspiro. De esos que gritaban cansancio y molestia por ser interrumpido en algo importante. Bloqueó la pantalla unos segundos y posó su mirada en la mía.

Lúgubre. Vacía.

—¿Para qué, Katherine? —su voz fue visceral—. Esto es solo un acuerdo. No hay nada más que hacer.

El silencio que siguió se sintió como estacas clavándose en mi pecho. Siempre había soñado con casarme por amor… pero por mi hermana había renunciado a esa fantasía.

—Al menos… no deberíamos fingir…

—Katherine, no te quiero cerca ni siquiera para que actúes como mi esposa —cortó, manteniendo la voz gélida—. Eres un simple trámite que debía cumplir para ser la cabeza de mi familia. Todo esto es tan inexistente para mí como una piedra en el desierto.

Lo dijo con acidez y volvió a tomar su teléfono para enviar un mensaje.

Me helé.

—Pero… al menos…

—Me voy a Francia en una hora —interrumpió, dejando escapar una risa seca. No apartó la mirada de su teléfono—. Te he dejado una propiedad donde puedes vivir. Tendrás un chofer y una asignación mensual. No me llames a menos que alguien se esté muriendo… y lo digo de manera literal.

—¿No nos mudaremos juntos?

—¿Para qué? —respondió con otra pregunta—. Yo estaré en Francia haciendo mis negocios. Te quiero lejos, y por eso estarás a kilómetros de mí —sostuvo—. No te confundas, Katherine. He pagado por tu nombre. Mi vida está en Francia… y la tuya —hizo una leve pausa— depende de cómo y dónde yo decida.

Tragué en seco, sintiéndome como un pedazo de basura. Miré mis manos unos segundos; aún sostenían el ramo de flores.

—¿Qué? ¿Pensabas que te ofrecería algo más? —dejó escapar una carcajada seca—. Agradece que mi abuelo me puso una traba para poder dirigir mis empresas.

Dejé escapar un leve exhalo, pero él no se detuvo.

—Sin ti, no estaría obligado a casarme… —prosiguió—. Porque sí, gracias a la estupidez de tus problemas, me forzaron a esto.

Me tensaba, sintiendo que esto no iría a nada más. Ya estaba segura de que me odiaba. Obligué a mi mente y corazón a recordarme que solo debía resistir: tres años de mi libertad por la vida de mi hermana.

Para él, yo solo había sido una propiedad, que con un chasquido podía destruir. Tras dejarlo en el aeropuerto, me quedé en la limusina.

No se despidió…

Ni siquiera se giró para verme…

Solo se fue, como si todo esto hubiera sido una ilusión.

Le pedí al chofer que me llevara al hospital donde estaba mi hermana, donde me recibieron diferente a como lo hacían usualmente: más cordiales y extremadamente amables. Al llegar a la habitación, ya la estaban preparando para operarla.

Según su médico, Oliver Chevalier pagó todo el día anterior. Había hecho que los mejores cirujanos y médicos movieran sus agendas porque él se lo pidió.

Para muchos… un milagro…

¿Para mí?

Era el comienzo de mi calvario.

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6. Mil veces mejor
7. Me pertenecía
8. No me molesta
9. Mensaje
10. Cacería
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