Benedict apenas tuvo tiempo de envolver el cuerpo de Emma en una bata de seda antes de cargarla con una desesperación que nunca había sentido. Condujo por las calles de la ciudad ignorando semáforos y cualquier rastro de prudencia hasta llegar a la entrada de urgencias. La noche era fría y el sudor le perlaba la frente mientras bajaba del auto para tomar a Emma en brazos una vez más. Las puertas automáticas se abrieron con un siseo metálico y la luz blanca de la clínica los envolvió de golpe, c