Emma apretó el sobre con el dinero contra su pecho mientras caminaba sin rumbo, sintiendo que el aire se volvía denso. No había avanzado dos calles cuando un dolor agudo y punzante le atravesó el vientre, obligándola a doblarse por la mitad. El sudor frío le empapó la frente y, al entrar al baño de una cafetería cercana, el rastro rojizo en su ropa interior le confirmó su peor pesadilla: una amenaza de aborto. El pánico la invadió, pero no fue un pánico por Noah, sino por esa pequeña vida que, a pesar de todo, no tenía la culpa de la podredumbre de su padre. Tras pasar horas en observación en una clínica pública, donde el médico le ordenó reposo absoluto y calma, Emma se quedó mirando el techo descaracado de la sala. En pocos días había perdido demasiado. Ya no quería derramar más lágrimas. Y por otro lado, sentía que algo dentro de ella se había secado, dejando en su lugar una costra dura y fría. Seguía doliendo, tanto que se sentía insoportable, pero sabía que no podía despreciar
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