Una semana antes de la boda, Benedict fue a buscar a Emma al apartamento. Ella no se sentía nada bien. El embarazo empezaba a pasarle factura y esa mañana las náuseas habían sido especialmente crueles. Había pasado gran parte de la madrugada abrazada al inodoro, sintiendo cómo el estómago se le revolvía con solo oler el café que intentó prepararse. Tenía la piel pálida, un mareo constante que la obligaba a caminar con cuidado y una sensibilidad en los pechos que convertía el roce de cualquier te