Emma se hundió en la inmensidad de la cama, sintiendo que las sábanas de seda la devoraban. El aroma de Benedict —una mezcla de madera y un perfume costoso, masculino y frío— estaba impregnado en la almohada y en la playera que llevaba puesta. Era un olor dominante que la hacía sentirse extraña, pero fue el silencio absoluto del apartamento lo que finalmente la quebró. Se abrazó a sí misma, encogiéndose en posición fetal mientras los sollozos empezaban a sacudir su cuerpo. No era solo el miedo