Mundo ficciónIniciar sesiónÉl es el mejor amigo de mi hermano. Él es el hombre que me destrozó. Y ahora, es el dueño de la casa donde tengo que vivir. Ayla aprendió por las malas que el hogar no siempre es para siempre. Tras perder la granja familiar ante el banco y quedarse sin un centavo por pagar la rehabilitación de su madre, su vida se reduce a una maleta y una sentencia: mudarse a la ciudad con su hermano mayor, Cade. Pero el departamento de su hermano no es el refugio que ella esperaba. Es el territorio de Keydan. Keydan es peligroso, magnético y el mejor amigo de Cade. También es el chico al que Ayla entregó su corazón años atrás, antes de que el silencio y la distancia los convirtieran en extraños. Para su hermano, ellos apenas se toleran. Pero entre las paredes de ese departamento, las miradas de Keydan dicen otra cosa. Él sigue llamándola "Gremlin". Él sigue vigilando cada uno de sus movimientos en la oscuridad de los clubes nocturnos. Y cuando la tensión estalla, Keydan le recuerda la verdad que ella tanto intentó olvidar: "Técnicamente, nunca cortamos, Ayla". Atrapada entre el pasado que la persigue y un presente donde no puede escapar de sus ojos, Ayla tendrá que descubrir si Keydan es el hombre que la ayudará a sanar... o el que terminará de destruirla.
Leer másLimpié mis lágrimas mientras intentaba no caer en un ataque de pánico otra vez. Al menos no en el autobús. Sentí la tan conocida opresión en el pecho y me permití leer por última vez ese mensaje:
“Cariño, lo siento mucho. Me hubiera encantado que te quedaras con nosotros, pero le prometimos a Mia esquiar durante las vacaciones. Cade se ocupará de ti.” Por supuesto que estaba demasiado ocupado para mí. Desde que nos abandonó, siempre lo estuvo. No es que yo tuviera muchas opciones tampoco. La granja ya no era mía. No oficialmente, al menos. El banco había sido claro: sin ingresos suficientes, sin aval, sin margen para negociar. Había resistido todo lo que pude: trabajos mal pagados, turnos eternos, vender cosas que no quería vender. No fue suficiente, no mientras pagaba el centro de rehabilitación de mamá. Así que cuando Papá y Cade se enteraron por el aviso de desalojo pusieron el grito en el cielo y dijeron que lo mejor era irme con Cade, no sonó a propuesta. Sonó a sentencia. Eso decían. Que Cade se ocuparía de mí. Que era lo mejor. Que no había otra opción. A diferencia de Cade, que se fue poco después de papá, yo me había quedado en casa. Había cuidado de mamá y la granja. Él se mudó a la ciudad, cerca de papá o con él, no estaba segura, y jamás hablamos del tema cuando iba de visita. Tampoco hablábamos de Keydan. Keydan. Cada vez que pensaba en él, mi estómago se revolvía de formas inexplicables, sin importar que hubieran pasado casi tres años. Tenía muy buenos motivos para no querer ver a Keydan. Cuando era pequeña, mamá siempre hablaba sobre la importancia del matrimonio, la pureza y la familia. Así que se frustró cuando su matrimonio no salió como quería y luego papá nos abandonó por una mujer un par de años menor que él. Ella le había dado todo y aun así no fue suficiente. Entonces se fue, hizo otra familia y nosotros simplemente fuimos la “familia de prueba”. La que, al no funcionar, se desecha. Mamá sentía que había fallado como madre, como esposa y como hija al no cumplir con los estándares de mis abuelos, personas muy conservadoras que se tomaban todo eso del matrimonio muy en serio. Demasiado en serio. Yo también había tenido mi pequeña probada de amor. O eso creía. Y lo único que me quedó fue un hueco donde debería estar mi corazón. Me había enamorado de Keydan a escondidas. Me pidió que fuera su novia. Me dijo que íbamos a huir de nuestras familias y nos casaríamos. Al día siguiente, se había esfumado junto a mi hermano. Cade me dejó una nota prometiendo que volvería a verme de vez en cuando y que me quería. Keydan no dejó nada. Entonces mamá tenía razón; Los hombres apestaban. Cuando la vista fuera del autobús dejó de ser lo suficientemente interesante como para distraerme de mis problemas —o de mis mortíferos nervios— decidí observar a los pasajeros. Nada del otro mundo. Podía contarlos con los dedos de una mano. Una mujer anciana, sentada cerca del conductor, no paraba de hablarle a un adolescente con expresión aburrida en el asiento de atrás. Un hombre adulto —apostaría que tenía al menos cuarenta— leía el periódico mientras lanzaba miradas reprobatorias a las chicas del fondo: una pareja de mujeres jóvenes que no paraban de besarse. Y, probablemente la persona más divertida del transporte, un chico de rastas con auriculares que no paraba de tocar su batería invisible desde que subió al autobús hacía veinte minutos. Era tarde, pero no lo suficiente como para que estuviera tan vacío, especialmente en época de vacaciones. Yo esperaba algo más parecido a las películas. Adolescentes borrachos, hormonales y amistosos. Era todo mentira. Llevaba bastante tiempo cambiando de un autobús a otro rumbo al departamento de mi hermano. Demasiado rápido. Como si quedarme un día más hubiera sido peligroso. Lo único con lo que me había topado en todo el trayecto habían sido miradas altaneras, indiferentes… y algunas que parecían directamente de asco. Miré la dirección un par de veces antes de bajar. Estaba oscuro y no quería perderme, así que agradecí el aire frío golpeándome la cara y despertándome en el proceso. Caminé hasta la entrada del edificio: un complejo enorme de ladrillos perfectamente pintados y luces que encandilaban, que no se parecía en nada a las fotos que Cade me había mandado. Evidentemente, parecía un sitio mucho más caro de lo que había supuesto. Murmuré una maldición cuando noté que la puerta del lobby estaba cerrada con llave. No estaba segura de cuál era el departamento y mi celular acababa de quedarse sin batería. Me quedé mirando el portero eléctrico como una idiota cuando una voz masculina habló detrás de mí: —¿Entrás? Me giré. Era el chico del autobús. El de las rastas y la batería invisible. De cerca se veía todavía más… peculiar. Tenía un aro en la ceja, los auriculares colgados del cuello y una sonrisa que parecía permanente. —Eh… sí. Abrió la puerta para ambos y nos dirigimos al ascensor. —¿Te acabás de mudar? No recuerdo haberte visto antes. —Acabo de llegar —respondí, algo torpe—. Es temporal. No voy a estar mucho tiempo. —Sí, “no por mucho tiempo” es una buena definición de temporal —comentó con diversión—. ¿A qué piso vas? —Al C1, creo. Dejó de sonreír. —¿C1? ¿En serio? Asentí, sin entender qué había dicho mal. —Genial —murmuró—. Vivo ahí. Abrí los ojos como platos. —¿Cómo? ¿Al lado? —¡Esperá! ¿Eres Gremlin? —¿Qué? —pregunté, horrorizada. —Vinimos en el mismo autobús. Cade dijo que ibas a venir, soy tu rommie. No sabía que eras tú —sonrió—. Soy Theo. Bienvenida al C1. Mi estómago cayó al piso en cuanto entendí lo que pasaba. Cade omitió que vivía con más gente y cuánto lo odiaba. A Cade. No al chico. Él chasqueó los dedos, como si se diera cuenta de algo más. Asentí, todavía procesando la palabra roomie. El ascensor se detuvo con un sonido suave y Theo salió primero, como si conociera el lugar de memoria. Yo lo seguí arrastrando la mochila, sintiéndome fuera de lugar incluso antes de entrar. La puerta del C1 se abrió casi de inmediato. —¡Llegaron! Cade estaba ahí. Su cabello era más largo y llevaba una barba de dos o tres días, pero sus ojos ámbar brillaban con alegría. Me dio una perfecta sonrisa de dientes mientras se acercaba a mi. ―Cade ―chillé corriendo hacia él y lanzándome con los brazos abiertos, como cuando éramos pequeños. ―Gremlin ―gruñó apretándome a su pecho. Había olvidado como olía su colonia y lo ridículamente adorable que se veía cuando sus hoyuelos asomaban. Extrañaba a Cade más de lo que pensaba. ―Vaya, creo que tienes algo de leche chocolatada aquí ―me burlo señalando su barbilla. ―Vaya, y tú no creciste ni un centímetro ―replica rodando los ojos. —Llegaste rápido —soltó ayudándome a entrar mis maletas—. Creí que ibas a tardar más. —¿Estabas saliendo? Pensé que ibas a estar en casa —murmuré. Cade se rascó la nuca, incómodo. —Eh, en realidad no. Íbamos a salir —se aclaró la garganta—. Vamos a salir. Todos querían conocerte. Levanté la vista. —¿Todos quiénes? —Los chicos —respondió, como si eso explicara algo—. Están en el bar de siempre. Insistieron mucho. Estaba sonriente. Demasiado sonriente para alguien que acababa de convertirse oficialmente en mi única opción y luego de un viaje de horas espera que salga de antro. No me gusta la idea de salir, jamás tuve tiempo para eso y nunca pensé que Cade fuese ese tipo de chico de bar, pero no nos veíamos hace años, así que no lo conocía. —Está hecha polvo, Cade —murmuró una chica detrás de mi hermano—. Al menos deja que se duche. La observé, tenía el cabello negro, labios carnosos y resplandecientes ojos celestes. Parecía sacada de una revista, tacones altos, cuerpo estilizado y vestido rojo que iba acorde con sus labios. —De acuerdo —dijo asintiendo, luego volteó a verme—. Vamos un rato y después volvemos. Prometido. —Ven, te muestro donde está el baño —habló la chica de cabello negro—. Soy Cloe. No sonaba a una promesa real. Pero asentí de igual forma y me encaminé a la ducha luego de una breve charla con Cloe, la novia de mi hermano. Me resultó muy simpatica hasta que se quejó de que quisiera ir a un bar con Jeans y una camiseta enorme. Cuando salí de bañarme me encontré con que en lugar de mi ropa había una bata, Cloe gritó que fuera a la habitación que compartía con mi hermano, me ayudaría a ponerme decente, lo que sea que significaba eso.La voz de Thomas resonó detrás de mi madre con una calma tan pulcra y ensayada que me dio escalofríos. El bullicio habitual de la cafetería pareció desvanecerse en un segundo, devorado por la tensión que ese hombre traía consigo a donde sea que fuera. Mamá dio un pequeño brinco en el taburete, sorprendida, pero su expresión se suavizó de inmediato al verlo. Se acomodó en el asiento y lo miró con una especie de alivio sumiso que me revolvió el estómago todavía más que el aroma de su perfume importado.¿Desde cuando conseguía esas reacciones?—Thomas… —murmuró ella removiendose en el asiento, incómoda—. Pensé que nos encontraríamos directamente en el auto.—Tuve que resolver unos asuntos cerca, Esmeralda —respondió él sin apartar sus ojos de mí. Esos ojos que eran idénticos a los míos, una maldita maldición genética que odiaba recordar—. Y me pareció una excelente oportunidad para pasar a saludar a mi hija.Se paró al lado de la barra, apoyando una de sus manos perfectamente cuidadas so
Preferí no asistir a clases, le pedí a Matthew que tomara notas por mí y me encerré en mi habitación hasta que no soporté más mis pensamientos y decidí ir a la cafetería con Tyler.Me encontré limpiando la barra distraída, mientras pensaba en lo que podría pasar ésta noche en la cena con Thomas. Eso iba a ser un desastre, mamá y Thomas en una habitación siempre eran un desastre… y a eso había que sumarle sus dos hijos y su nueva esposa. Cade me dijo que no juzgue a nuestros hermanos por culpa de papá. A mi me pareció mucho llamarlos hermanos, porque sí, técnicamente eran nuestros hermanos menores, pero jamás los había visto en mi vida. Ni siquiera una foto. No sabía cuando cumplian años o cuales eran sus intereses… ¡Mierda! Ni siquiera podía recordar con exactitud cuál era la edad de esos hermanos… o sus nombres. —¿Sigues pensando en esa cena? —preguntó Tyler mientras preparaba un café.—Sí, perdón —dije en un suspiro cansado—. Es que no puedo dejar de pensar en lo desastroso que ser
A la mañana siguiente, despertar con Keydan nuevamente fue reparador. Ignorando el hecho de que Thomas se llevaba bien con mi novio y mi hermano… y que el padre de mi novio estaba queriendo encontrarme para amenazar podía decir que estaba teniendo un mejor día… Bueno, no, pensándolo mejor habíamos tenido semanas de mierda. Pero el sexo de reconciliacion con Keydan siempre era una maravilla.—Vamos, Key —dije riendo mientras le daba besos en la espalda—. Tenemos muchas cosas que hacer hoy.Él refunfuñó algo antes de girar rápidamente y apretarme entre sus brazos.—No quiero levantarme —gruñó con voz ronca y adormilada—. Quiero quedarme así para siempre.—Yo también, pero tenemos cosas que hacer, corazón.—¿Corazón? —repitió separándose un poco para verme mientras una sonrisa se deslizaba por sus labios—. Es la primera vez que me dices corazón y me gusta.—Corazón, corazón, corazón —repetí dejando besos por su rostro.Su sonrisa se ensanchó mientras abría un poco más sus ojos para obser
Miré a Keydan, parpadeando, aturdida. Mi cabeza estaba trabajando a toda marcha, pero no encontraba ninguna respuesta del por que su padre podría estarme buscando. Él era su hijo, tenía sentido, y mi hermano lo había ayudado a escapar de ese infierno. ¿Pero yo? Yo prácticamente no había hablado con su padre.—Ayla… —dijo en un suspiro resignado, antes de murmurar—: Creo que puedes darte una idea de por qué alguien que quiere hacernos daño a Cade y a mí iría por ti.De pronto me sentí un poco idiota. Probablemente tenía un punto, después de todo Damien había hecho lo mismo, pero Damien sabía que eramos novios o lo estábamos fingiendo. ¿Su padre? ¿Por qué su padre me había elegido a mí como un objetivo viable? Entonces algo pasó por mi mente y mis ojos buscaron los suyos nuevamente.—¿Él sabía? —dije con mi voz temblando—. ¿Sabía que nos veíamos?—Sí —su voz tembló y se aclaró la garganta intentando recomponerse—. El día que nos fuimos él me prohibió verte y me amenazó para que te dejar
Último capítulo