Inicio / Romance / ANTES DE QUE TE VAYAS OTRA VEZ / Capítulo 3: El peso de lo que no se dijo
Capítulo 3: El peso de lo que no se dijo

Volví al bar cuando por fin logré mirarme al espejo sin sentir que me iba a quebrar.

El baño no estaba vacío, noté algunas miradas de lástima y otras curiosas. Era de esperar, me había lavado las manos más veces de las necesarias, me había acomodado el vestido, había respirado contando hasta diez. Dos veces.

Para cuando salí la música volvió a envolverme como un golpe en el pecho. Todos estaban en la mesa.

Incluso él.

Keydan estaba apoyado contra el respaldo de la silla, una pierna estirada, el vaso intacto frente a él. Cuando volteó a verme, aparté la vista, algo en su expresión cambió apenas un segundo. Lo suficiente para que lo notara, lo suficiente para que le doliera.

—Miren quién volvió —dijo Cade con una sonrisa amplia, sincera—. Pensé que te habías escapado.

Sonreí cansada, todas las miradas sobre mi.

—Lo pensé.

Algunas risas suaves recorrieron la mesa. Y yo no estaba bromeando.

—Ésto es casi un sueño —siguió Cade, claramente entusiasmado—; los tres juntos otra vez. Como cuando éramos chicos.

Sentí cómo Keydan se tensaba sin moverse. Por supuesto que él no le había contado nada en tantos años, no lo culpaba, yo tampoco lo había hecho.

—Queremos anécdotas —pidió Theo, apoyando los codos sobre la mesa—. Seguramente hay historias vergonzosas.

—¡Uh, sí! —se sumó Ashley—. Queremos saber cómo eran de niños.

Cade no necesitó que se lo pidieran dos veces.

—Ayla era insoportablemente cuidadosa con todos —dijo entre risas—. Siempre pegada a nosotros, corriendo con un botiquín y sus curitas de unicornios. Y Keydan…

Se interrumpió, buscando a su amigo.

—Era callado —dijo dandole una mirada significativa—. Pero siempre estabas.

Keydan asintió apenas, tragando duro.

—Siempre.

La palabra cayó pesada.

Milena aprovechó el silencio para arrimarse un poco más a él. Era sutil, o probablemente sus amigos estaban acostumbrados y yo lo notaba porque moría de celos aunque no lo dijera en voz alta. Su mano rozó el brazo de Kayden y luego se inclinó para decirle algo al oído. Keydan no se apartó. Tampoco respondió.

Esa fue la gota que rebalsó el vaso. Tenía demasiado en mi plato como para lidiar con un ex imbécil ahora mismo.

—Cade —dije interrumpiendo el clima—. Estoy muy cansada.

Él frunció el ceño y Keydan no apartó los ojos de mí.

—¿Tan temprano?

—Fue un día largo —hablé sincera—. Me gustaría volver.

Hubo un segundo de duda, tal vez incomodidad.

—Yo te acompaño —dijo Wyatt de inmediato—. Igual me tengo que levantar temprano mañana.

Lo miré agradecida. No quería interrumpir la noche de Cade, pero realmente necesitaba una cama ahora.

Keydan entrecerró los ojos, primero su mirada se clavó en Wyatt, luego en mí.

—No hace falta —interrumpió Keydan con cierto hastío—. Yo puedo acompañarla.

—No —lo corté, suave pero firme—. No quisiera interrumpir tu noche.

Wyatt se levantó y tomó su campera. Cade nos miró confundido tanto a Keydan como a mi, aparentemente soné más hostil de lo que pretendía.

—Bueno, te encargo a mi hermanita, Wyatt—soltó mi hermano —. Nos vemos en casa, Gremlin. Tendrás que dormir en el sofá, pero prometo conseguirte una cama.

Asentí. No quería dormir en el sofá, no cuando él sabía que vendría y cuando yo no sabía cuándo me iría, mucho menos en una sala con tantos desconocidos, pero era mejor que la calle, o la prisión por negarme a dejar la granja, y no me podía quejar.

No agradecí del todo la charla trivial de Wyatt, preguntándome que me gustaba, de donde era, hace cuánto conocía a Keydan. Él quería ser amable, parecía genuinamente interesado en ser mi amigo, pero era complicado cuando todas esas respuestas dolían.

Le agradecí cuando me ayudó a quitar las almohadas del sofá y me prestó una colcha.

—Muchas gracias, Wyatt.

Él asintió, dudoso. Como si quisiera decir algo más. No le di demasiado tiempo y fui al baño para colocarme mi pijama, una remera enorme, de hombre, que había comprado en una rebaja, junto a unos shorts. Luego de cepillarme los dientes y el cabello salí, chocando con Wyatt.

—Lo siento, es solo que —se removió incómodo—. ¿Quieres dormir en mi cama?

Me quedé en blanco.

—¿Cómo?

Sus mejillas se enrojecieron y agrandó los ojos, negando rápidamente.

—Me refiero a que puedo dejarte mi cama y yo duermo en el sofá —sonreí mientras él fruncía el ceño nuevamente—. Quiero decir, no me molestaría que durmiéramos juntos, me refiero a compartir la cama, pero supongo que sería raro.

Reí al verlo cambiar su peso de un pie a otro al mismo tiempo que se rascaba la nuca.

—Gracias, pero no quiero incomodarte. Estoy bien en el sofá, no te preocupes.

—¿Estás segura?

—Absolutamente —mentí. No sabía qué les había dicho Cade—. No planeo quedarme mucho tiempo, estaré bien.

Wyatt asintió, no muy convencido.

—Estoy en la habitación frente a Keydan, si me necesitas.

Nos despedimos y, ahora más relajada, me encaminé al sofá. Probablemente no dormiría, pero no recordaba cuándo fue la última vez que dormí bien.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP