Mundo ficciónIniciar sesión¿Hay algo peor que dormir en casa ajena?
Sip. Lo peor es dormir en el sillón de una casa ajena y escuchar cómo la gente se levanta, comienzan a hacer ruido y básicamente te obligan a levantarte y habitar el mismo espacio que todos.
No era fan de levantarme temprano en la granja, pero al menos era mi casa. Podía pasar mis 20 minutos que duraba el desayuno preparándome mentalmente para hablar con gente.
"No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes" me recordé con exagerado pesar.
Me había despertado hacía rato, y aunque había intentado ignorar el ruido de Wyatt preparando el desayuno, quien aparentemente era el madrugador del grupo, había fallado terriblemente cuando tiró una olla accidentalmente. No aguanté más y estallé en risas, lo había estado observando disimuladamente y era muy malo intentando hacer silencio.
―Lo siento ―soltó sonrojándose levemente.
―Descuida, me desperté hace rato.
―¿Puedo compensarlo con un desayuno?
De todos modos no tenía motivo para enojarme, no era mi casa. Acepté acompañarlo a desayunar, aunque solo tomé café, y me quedé hablando con él hasta que salió a correr, me invitó pero me excusé diciéndole la verdad; eso del ejercicio no era lo mío.
Me senté en un sillón, cerca de la ventana, a leer. No habían pasado más de quince minutos desde que se había ido Wyatt y decidí leer, escuché a Keydan salir de su habitación hablando por teléfono. Imité a una estatua, completamente quieta y rígida hasta que desapareció por la puerta de la entrada.
Estaba sacándole provecho a eso de ser una persona madrugadora el día de hoy. Mi mamá que, cuando no estaba en un periodo de crisis existencial y ahogada en una botella de ginebra, era una mujer muy madrugadora de vez en cuando intentaba que yo lo fuera también: no era algo que se me diera bien, no al menos hasta que empecé a trabajar para mantenernos.
Me concentré en seguir funcionando como parte de la decoración a medida que el resto de la gente que vivía ahí se despertaban, iban y volvían. Keydan llegó con Wyatt, cerca de las ocho, pude oír sus voces provenientes del pasillo y, aunque lo intenté con todas mis fuerzas, no pude evitar alzar la vista hacia la entrada en cuanto estuvieron en la casa.
Mientras Keydan cerraba la puerta Wyatt se acercó hacia mí, ambos se encontraban con el cabello revuelto, sudados y completamente colorados, pero Wyatt mantenía su sonrisa resplandeciente donde Keyland tenía una mirada intensa.
―Te traje algo, Ayla―soltó acercándome una bolsa de papel madera que contenía unos muffins.
Casi pude sentir mis mejillas incendiarse.
―Gracias, no tenias que molestarte.
―No sabía que ahora eras mozo ―me interrumpió Keydan ganándose una mala mirada de Wyatt―. Y prefiere las galletas de chocolate.
―Eres un idiota, amigo.
Wyatt lo vio irse y yo sólo pude mantener una mueca avergonzada sin saber exactamente qué hacer.
―A mi si me gustan los muffins ―le indiqué haciéndolo reír.
Wyatt desapareció por el pasillo luego de una breve conversación y yo me quedé sola otra vez en el living, con el muffin todavía tibio entre las manos y una sensación rara en el pecho que no tenía nada que ver con el hambre.
Me senté en el sillón y mordí apenas la punta del papel antes de acordarme de sacarlo. Estaba bueno, muy bueno. Maldito Wyatt y su obsesión por alimentar gente.
Escuché pasos acercándose y levanté la vista por reflejo.
Keydan.
Caminaba descalzo, con el pelo todavía húmedo y una remera gris pegada al cuerpo. Traía el celular en la mano y una expresión neutra. Se detuvo apenas me vio, como si no hubiera esperado encontrarme ahí. Y maldita sea si no se veía como un crimen recién duchado andante.
—¿Dormiste bien? —preguntó, sin demasiada emoción.
—Más o menos.
Asintió una sola vez, apoyándose el respaldo del sofá individual, como si el sillón donde duermo estuviera a kilómetros de distancia y le gustara mantenerse así.
—El sillón es incómodo.
—Más o menos.
No era un reproche, pero era un hecho. Cualquiera sabe que un sillón es más incomodo que una cama. Sus labios se curvaron apenas, algo parecido a una sonrisa cansada.
—Hay lugares más cómodos en la casa.
El silencio volvió a caer entre nosotros, pesado. Yo jugueteé con el envoltorio del muffin, intentando no mirarlo demasiado, no sabia que responder. Tampoco quería notar cosas, como lo bien que le quedaba el gris. No quería recordar.
—Entonces Wyatt te trajo eso —dijo, señalando con la barbilla
—Sí.
—Le gusta cuidar de la gente que no lo pidió.
Esta vez levanté la vista. Él ya no me miraba, mantenía su expresión indiferente y su atención puesta en el teléfono. Por algún motivo que desconozco, me irritó su comportamiento tan lejano.
—No me molestaría que me cuiden—respondo encogiéndome de hombros, restando importancia, pero esperando que leyera entre líneas.
—Nunca te molestó.
¿Qué sabía él de eso si me había abandonado?
—En realidad nunca me cuidaron.
La mandíbula de Keydan se tensó mientras alzaba la vista hacia mí, ésta vez sí había logrado herirlo. Aparté la mirada, pero sus ojos me atravesaron igual mientras lo oía respirar hondo.
No dijo nada. Simplemente dejó caer un silencio pesado, distinto. Fue peor que cualquier respuesta.
Keydan se enderezó y caminó hasta la cocina. Abrió la alacena, sacó una taza, la apoyó en la mesada con más fuerza de la necesaria.
—¿Café? —preguntó, de espaldas.
—No gracias, ya tomé uno.
—Claro, Wyatt.
No respondí, simplemente fingí prestarle atención a mi movil mientras él se movía por la cocina. Al final se acercó pasando de lago al balcón.
—No te quedes en el sillón mucho tiempo —dijo de paso—. Te va a doler la espalda.
—No planeo quedarme mucho tiempo —murmuré—. De todos modos no duermo tanto.
Se detuvo del otro lado de la puerta corrediza; observando. Una esquina de su boca se levantó apenas, pero no llegó a ser una sonrisa.
—Siempre tuviste problemas para dormir —respondió casual.
Lo miré. No tenía derecho a recordar cosas de mí.
—¿Eso es un problema?
—No —respondió—. Es un recuerdo.
Se sentó en el sillón cercano a las escaleras del balcón, frente a mí. No estaba demasiado lejos, pero mantenía su distancia.
—No tenías que venir —agregó en voz baja, más para él que para mí, pero lo oí.
El nudo en mi pecho se apretó y dolió. ¿Qué se suponía que significaba eso?
—No tuve opción.
Me sostuvo la mirada por un segundo largo, demasiado para mi gusto. Primero sorprendido, luego brilló algo desconocido en ellos. No quería seguir observando, no cuando acababa de ser abiertamente cruel, pero tampoco pude dejar de ver esos ojos oscuros que tanto adoré. Ahora lo odiaba.
—No te preocupes, Keydan, no está en mis planes quedarme mucho tiempo.
Cuando volví a girar hacia el pasillo, Cade, Ashley y Theo estaban allí, con el ceño fruncido, como si hubieran escuchado más de lo que deberían. Mi hermano abrió la boca, claramente dispuesto a decir algo, pero no le di tiempo. Bajé la cabeza y me escabullí entre ellos antes de que cualquiera pudiera detenerme.
El baño estaba vacío.
Cerré la puerta con traba y apoyé las manos en el lavamanos, respirando hondo. El reflejo que me devolvió el espejo no se parecía en nada a la chica que había sido antes de que todo se rompiera.
—Genial —murmuré—. Muy bien, Ayla. Impecable.
El pecho me ardía, como si hubiera corrido kilómetros, y la imagen de Keydan, cansado, serio, conteniéndose, no se me iba de la cabeza.
No tenías que venir.
Como si no hubiera pasado la mitad de mi vida intentando seguir desde donde él se fue.
Me mojé la cara con agua fría, buscando anclarme al presente. Afuera, escuché pasos y voces bajas. Sabía que no me iban a dejar sola demasiado tiempo.
Y tampoco sabía si estaba lista para enfrentar lo que venía después, así que lo mejor que podía hacer era evitar mi vida personal buscando una vida laboral. Tomé la mochila del piso y empecé a meter lo primero que encontré: el celular, la billetera, un buzo. No necesitaba más.
Salí rápidamente y empecé a deambular por los alrededores en busca de cualquier negocio donde necesitaran personal. Sabía limpiar, cocinar, fingir sonrisas y dominaba la charla trivial con los clientes.
Poco después de dar un par de vueltas encontré una cafetería considerablemente bonita, no tan lejos de donde vivía. Me acerqué al mostrador, donde un joven que debería tener la misma edad de mi hermano, unos veinticinco años, se encontraba frunciendo el ceño a la máquina de café.
—Buen día, ¿En qué puedo ayudarte? —habló sin apartar la mirada del aparato.
—En realidad vengo por el cartel de la puerta, se busca empleado.
Eso pareció llamar su atención alegremente. Llevaba una camiseta azul que contrastaba con su cabello negro y piel palida.
—¿Trabajaste en cafeterías antes?
—Sí, fui camarera, también estuve en la cocina y caja. Solíamos rotar dependiendo lo que hiciera falta.
—Me alegra escuchar eso, necesito gente con más manos que un pulpo.
Eso me hizo reír. Tyler resultó ser increíblemente amigable para ser el dueño del lugar. Había heredado la cafetería de sus padres y le daba pena dejarla estar. Lo que me sorprendió fue encontrarme con que Ashley también trabajaba ahí, pero lejos de ser un problema, me pasó un delantal y se puso a explicarme todo lo que no sabía o creía importante.
De igual forma, era rápida para aprender. No tardé en ir y venir con pedidos, regalar sonrisas amables y correr de aquí para allá. Cuando llegó la hora del cambio de turno estaba agotada pero feliz. Ashley también, caminamos de regreso a casa juntas.
La felicidad se fue en cuanto entramos a la casa.






