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Capítulo 2: Fantasmas en el callejón

Cloe no me dio opción.

Revolvió el placard como si estuviera en su propia casa, aunque alegó no vivir con mi hermano, y me lanzó ropa por encima del hombro mientras yo me quedaba parada en medio de la habitación, envuelta en su bata.

—No te voy a dejar ir así —sentenció—. Estás tan pálida que parecés a punto de desmayarte, necesitas maquillaje y ropa, la ropa dice que estás a punto de matar a alguien.

—Ambas opciones son válidas —murmuré.

Se rió, ignorándome, y terminó pasándome un vestido negro simple, ajustado y corto, al menos lo justo como para que me preocupara por mis movimientos pero no fuera una exageración. Me ordenó soltarme el cabello y luego me hizo un maquillaje completo.

—Listo —dijo, orgullosa—. Humana funcional y sexy.

Me miré en el espejo sin reconocer del todo a la chica reflejada ahí. No parecía alguien que acabara de perder su casa. Parecía alguien que iba a salir. Eso me encantó y luego me molesté conmigo misma.

Cuando salimos del departamento, el grupo ya estaba listo. Theo hablaba sin parar, Cade se veía relajado y feliz, yo caminaba un paso detrás, sintiéndo que todo era surreal.

El bar quedaba a pocas cuadras.

Cade me guió hasta una mesa al fondo, lejos de la pista de baile pero lo suficientemente cerca como para que la música vibrara en el piso. Había vasos, botellas, risas cruzadas. Gente que se conocía demasiado bien.

—Gremlin, ellos son Wyatt y Ashley —dijo señalando a las personas sentadas frente a mí—. Y esa es Milena.

Wyatt, el rubio de ojos verdes me sonrió amable. Ashley, una morena de rastas y delineado perfecto, saludó entusiasta para luego decir lo emocionada que estaba por conocerme y lo mucho que los chicos hablaban de mí. En cuanto a Milena, me miró como si ya me hubiera evaluado y descartado antes de que yo pudiera decir una palabra. Sonrió igual. De esas sonrisas que no llegan a los ojos.

—Así que vos sos Ayla —dijo en un murmullo—. La famosa hermana menor.

Asentí, incómoda.

Wyatt fue el primero en salvarme. Tenía una sonrisa fácil, sincera.

—Bienvenida al infierno, prometemos no asustarte —bromeó, luego guiñó un ojo— mucho.

Me reí por reflejo. Ashley me preguntó por el viaje, Theo hizo algún comentario absurdo que no entendí del todo, Cade pidió bebidas como si estuviera celebrando algo.

Yo asentía. Sonreía. Contestaba lo justo.

Pero mi atención no estaba ahí, estaba en mamá internada, en nuestra casa perdida y en mi vida destrozada. Eso sin contar la extraña y pesada vibra del ambiente, sentía una presión constante que no podía esquivar, como si me observaran.

Cada vez que alguien decía mi nombre, algo en el ambiente se tensaba.

—¿Estás bien? —preguntó Cade inclinándose hacia mí—. Estás muy callada.

—Sí —mentí—. Solo un poco cansada.

Era verdad que estaba cansada del viaje, pero también del ruido. Y de sostenerme entera cuando por dentro estaba hecha un desastre. Todo lo que quería era hacerme bolita en mi cama y llorar. Pero no había tal cama a la que ir.

Después de un vaso, que apenas había probado, supe que no podía más.

—Voy al baño —anuncié poniéndome de pie—. Ahora vuelvo.

Nadie discutió. Nadie insistió.

Atravesé el bar esquivando cuerpos, risas y manos alzadas. El baño estaba ocupado, había una fila muy larga y de pronto todo se me hizo demasiado. Demasiado ruido. Demasiado asfixiante.

De todos modos solo necesitaba aire, un lugar donde esconderme un ratito. Así que empujé la puerta trasera sin pensarlo demasiado.

El callejón estaba casi vacío. Húmedo. Oscuro. Iluminado apenas por una luz amarillenta que parpadeaba sobre un contenedor de basura junto a la puerta. El ruido del bar quedó amortiguado detrás de mí, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.

Apoyé la espalda contra la pared fría y cerré los ojos.

Respiré una o dos veces antes de que un sonido al final del callejón me llame la atención. Vi una silueta recostada contra la pared y nuevamente el sonido, era un gemido. Miré mejor y m****a. Tapé mi boca, sin saber que hacer, había una chica de rodillas en medio del callejón, y ella claramente estaba haciendo un buen trabajo. No quería interrumpir, pero tampoco quería volver.

—Sigue —ordenó una voz conocida y desconocida la mismo tiempo.

Abrí los ojos de golpe. Como si los dioses se burlaran de mí; la luz parpadeante volvió y brilló con fuerza.

El cabello ondulado y despeinado por manos extrañas caia enmarcando su rostro tenso. Los parpados cerrados y sus largas pestañas acariciaban sus pomulos. Con la mano enredada en el cabello rubio, nada parecido al mío. Se veía desaliñado, su campera de cuero cayéndose de un hombro y la camiseta arrugada. Los celos y las náuseas brotaron al mismo tiempo. La luz le marcaba las sombras del rostro, endureciendo aún más sus facciones.

—Ayla —gimoteó.

No pude evitar ahogar un grito.

¿Y todavía se llamaba igual que yo?

—¿Keydan? —chillé casi sin pensarlo.

Me odie por estar dura en mi lugar, quise correr, pero el mareo por el cansancio, mi estómago vacío y el estrés acumulado hicieron que mis piernas no respondan y en su lugar todo diera vueltas a mi alrededor.

—¡Mierda, m****a, m****a! —gruño apartándose de la chica arrodillada frente a él, para voltearse y acomodar su ropa.

—Dejame adivinar —soltó ella con claro enojo, parándose para arreglarse el cabello y la ropa—; Ayla ¿Verdad?

No respondí, las palabras no salían. Ella bufó y me empujó para luego entrar al bar. No pude sostenerme, mi cuerpo no me respondía, mis piernas se vencieron y acabé en el suelo frío y sucio. Qué ironía, pensé que no podría caer más bajo, pero aquí estaba.

—Dejame ayudarte.

La voz de Kayden me sacó de mi ensoñación. Se lo veía perturbado y confundido mientras se apuraba hacia mí.

—No me toques —chillé alejando mis brazos de él—. Puedo sola.

Eso hice. Siempre podía sola.

Me levanté tan rápido como pude, mientras él daba un paso hacia atrás. Gané tiempo sacudiendo mi ropa y acomodando mi cabello. Lo vi observarme y yo hice lo propio.

Tenía el cabello aún despeinado, los ojos vidriosos y los labios hinchados por el beso. No se parecía nada al chico que había dejado atras, probablemente porque ya no lo era, ahora era un hombre que tenía sexo en un callejón. Algo se rompió un poquito en mi.

—Ayla, yo.

—No me debes explicaciones—interrumpí.

Mentira, quería explicaciones y muchas, pero no podía permitirme escucharlo. Rascó su barba de tres días y se pasó las manos por la cara, molesto. Luego encendió un cigarrillo y nos quedamos así, mirándonos en el espacio mínimo que nos separaba. El aire frío. El ruido lejano del bar. El pasado respirándonos en la nuca.

Y supe, con una claridad dolorosa, que ese reencuentro no iba a ser un juego limpio.

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