El lugar era una mezcla extraña entre bar y antro, como si no terminara de decidir qué quería ser y hubiera optado por ser ambas cosas a la vez. Al entrar, lo primero que llamaba la atención era la iluminación: luces cálidas sobre las mesas y una penumbra más densa hacia el fondo, donde la música latía con más fuerza. Las paredes oscuras absorbían el sonido, apenas interrumpidas por tiras de neón que marcaban el ritmo de la noche. A un costado se extendía la zona de mesas. Sillas de madera oscura, algunas altas con banquetas y otras bajas, más cómodas, rodeaban mesas manchadas de uso y risas viejas. Desde ahí se podía comer sin sentir que estabas fuera de la noche, con platos simples, cerveza fría y vasos que nunca parecían vacíos del todo. La barra ocupaba un lugar central, larga, iluminada desde abajo, con botellas alineadas como si fueran parte del decorado. El olor a alcohol, cítricos y algo frito se mezclaba con el perfume de la gente. Más al fondo, la pista de baile se a
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