—Ya basta, Erza —intervino el primero, el del traje gris impecable, con una voz tan baja y profunda que cortó el aire de inmediato. Su sola mención hizo que el tal Erza detuviera sus pasos a escasos centímetros de mí, aunque no apartó esa sonrisa de cazador—. No vinimos a jugar con universitarios. Que suban al ring de una puta vez. Demian, si pierdes, te costará caro. Keydan... si no peleas, la pelirroja no sale de este muelle.
El ultimátum quedó flotando en el aire, espeso y asfixiante. Erza e