Mundo ficciónIniciar sesión
Limpié mis lágrimas mientras intentaba no caer en un ataque de pánico otra vez. Al menos no en el autobús. Sentí la tan conocida opresión en el pecho y me permití leer por última vez ese mensaje:
“Cariño, lo siento mucho. Me hubiera encantado que te quedaras con nosotros, pero le prometimos a Mia esquiar durante las vacaciones. Cade se ocupará de ti.” Por supuesto que estaba demasiado ocupado para mí. Desde que nos abandonó, siempre lo estuvo. No es que yo tuviera muchas opciones tampoco. La granja ya no era mía. No oficialmente, al menos. El banco había sido claro: sin ingresos suficientes, sin aval, sin margen para negociar. Había resistido todo lo que pude: trabajos mal pagados, turnos eternos, vender cosas que no quería vender. No fue suficiente, no mientras pagaba el centro de rehabilitación de mamá. Así que cuando Papá y Cade se enteraron por el aviso de desalojo pusieron el grito en el cielo y dijeron que lo mejor era irme con Cade, no sonó a propuesta. Sonó a sentencia. Eso decían. Que Cade se ocuparía de mí. Que era lo mejor. Que no había otra opción. A diferencia de Cade, que se fue poco después de papá, yo me había quedado en casa. Había cuidado de mamá y la granja. Él se mudó a la ciudad, cerca de papá o con él, no estaba segura, y jamás hablamos del tema cuando iba de visita. Tampoco hablábamos de Keydan. Keydan. Cada vez que pensaba en él, mi estómago se revolvía de formas inexplicables, sin importar que hubieran pasado casi tres años. Tenía muy buenos motivos para no querer ver a Keydan. Cuando era pequeña, mamá siempre hablaba sobre la importancia del matrimonio, la pureza y la familia. Así que se frustró cuando su matrimonio no salió como quería y luego papá nos abandonó por una mujer un par de años menor que él. Ella le había dado todo y aun así no fue suficiente. Entonces se fue, hizo otra familia y nosotros simplemente fuimos la “familia de prueba”. La que, al no funcionar, se desecha. Mamá sentía que había fallado como madre, como esposa y como hija al no cumplir con los estándares de mis abuelos, personas muy conservadoras que se tomaban todo eso del matrimonio muy en serio. Demasiado en serio. Yo también había tenido mi pequeña probada de amor. O eso creía. Y lo único que me quedó fue un hueco donde debería estar mi corazón. Me había enamorado de Keydan a escondidas. Me pidió que fuera su novia. Me dijo que íbamos a huir de nuestras familias y nos casaríamos. Al día siguiente, se había esfumado junto a mi hermano. Cade me dejó una nota prometiendo que volvería a verme de vez en cuando y que me quería. Keydan no dejó nada. Entonces mamá tenía razón; Los hombres apestaban. Cuando la vista fuera del autobús dejó de ser lo suficientemente interesante como para distraerme de mis problemas —o de mis mortíferos nervios— decidí observar a los pasajeros. Nada del otro mundo. Podía contarlos con los dedos de una mano. Una mujer anciana, sentada cerca del conductor, no paraba de hablarle a un adolescente con expresión aburrida en el asiento de atrás. Un hombre adulto —apostaría que tenía al menos cuarenta— leía el periódico mientras lanzaba miradas reprobatorias a las chicas del fondo: una pareja de mujeres jóvenes que no paraban de besarse. Y, probablemente la persona más divertida del transporte, un chico de rastas con auriculares que no paraba de tocar su batería invisible desde que subió al autobús hacía veinte minutos. Era tarde, pero no lo suficiente como para que estuviera tan vacío, especialmente en época de vacaciones. Yo esperaba algo más parecido a las películas. Adolescentes borrachos, hormonales y amistosos. Era todo mentira. Llevaba bastante tiempo cambiando de un autobús a otro rumbo al departamento de mi hermano. Demasiado rápido. Como si quedarme un día más hubiera sido peligroso. Lo único con lo que me había topado en todo el trayecto habían sido miradas altaneras, indiferentes… y algunas que parecían directamente de asco. Miré la dirección un par de veces antes de bajar. Estaba oscuro y no quería perderme, así que agradecí el aire frío golpeándome la cara y despertándome en el proceso. Caminé hasta la entrada del edificio: un complejo enorme de ladrillos perfectamente pintados y luces que encandilaban, que no se parecía en nada a las fotos que Cade me había mandado. Evidentemente, parecía un sitio mucho más caro de lo que había supuesto. Murmuré una maldición cuando noté que la puerta del lobby estaba cerrada con llave. No estaba segura de cuál era el departamento y mi celular acababa de quedarse sin batería. Me quedé mirando el portero eléctrico como una idiota cuando una voz masculina habló detrás de mí: —¿Entrás? Me giré. Era el chico del autobús. El de las rastas y la batería invisible. De cerca se veía todavía más… peculiar. Tenía un aro en la ceja, los auriculares colgados del cuello y una sonrisa que parecía permanente. —Eh… sí. Abrió la puerta para ambos y nos dirigimos al ascensor. —¿Te acabás de mudar? No recuerdo haberte visto antes. —Acabo de llegar —respondí, algo torpe—. Es temporal. No voy a estar mucho tiempo. —Sí, “no por mucho tiempo” es una buena definición de temporal —comentó con diversión—. ¿A qué piso vas? —Al C1, creo. Dejó de sonreír. —¿C1? ¿En serio? Asentí, sin entender qué había dicho mal. —Genial —murmuró—. Vivo ahí. Abrí los ojos como platos. —¿Cómo? ¿Al lado? —¡Esperá! ¿Eres Gremlin? —¿Qué? —pregunté, horrorizada. —Vinimos en el mismo autobús. Cade dijo que ibas a venir, soy tu rommie. No sabía que eras tú —sonrió—. Soy Theo. Bienvenida al C1. Mi estómago cayó al piso en cuanto entendí lo que pasaba. Cade omitió que vivía con más gente y cuánto lo odiaba. A Cade. No al chico. Él chasqueó los dedos, como si se diera cuenta de algo más. Asentí, todavía procesando la palabra roomie. El ascensor se detuvo con un sonido suave y Theo salió primero, como si conociera el lugar de memoria. Yo lo seguí arrastrando la mochila, sintiéndome fuera de lugar incluso antes de entrar. La puerta del C1 se abrió casi de inmediato. —¡Llegaron! Cade estaba ahí. Su cabello era más largo y llevaba una barba de dos o tres días, pero sus ojos ámbar brillaban con alegría. Me dio una perfecta sonrisa de dientes mientras se acercaba a mi. ―Cade ―chillé corriendo hacia él y lanzándome con los brazos abiertos, como cuando éramos pequeños. ―Gremlin ―gruñó apretándome a su pecho. Había olvidado como olía su colonia y lo ridículamente adorable que se veía cuando sus hoyuelos asomaban. Extrañaba a Cade más de lo que pensaba. ―Vaya, creo que tienes algo de leche chocolatada aquí ―me burlo señalando su barbilla. ―Vaya, y tú no creciste ni un centímetro ―replica rodando los ojos. —Llegaste rápido —soltó ayudándome a entrar mis maletas—. Creí que ibas a tardar más. —¿Estabas saliendo? Pensé que ibas a estar en casa —murmuré. Cade se rascó la nuca, incómodo. —Eh, en realidad no. Íbamos a salir —se aclaró la garganta—. Vamos a salir. Todos querían conocerte. Levanté la vista. —¿Todos quiénes? —Los chicos —respondió, como si eso explicara algo—. Están en el bar de siempre. Insistieron mucho. Estaba sonriente. Demasiado sonriente para alguien que acababa de convertirse oficialmente en mi única opción y luego de un viaje de horas espera que salga de antro. No me gusta la idea de salir, jamás tuve tiempo para eso y nunca pensé que Cade fuese ese tipo de chico de bar, pero no nos veíamos hace años, así que no lo conocía. —Está hecha polvo, Cade —murmuró una chica detrás de mi hermano—. Al menos deja que se duche. La observé, tenía el cabello negro, labios carnosos y resplandecientes ojos celestes. Parecía sacada de una revista, tacones altos, cuerpo estilizado y vestido rojo que iba acorde con sus labios. —De acuerdo —dijo asintiendo, luego volteó a verme—. Vamos un rato y después volvemos. Prometido. —Ven, te muestro donde está el baño —habló la chica de cabello negro—. Soy Cloe. No sonaba a una promesa real. Pero asentí de igual forma y me encaminé a la ducha luego de una breve charla con Cloe, la novia de mi hermano. Me resultó muy simpatica hasta que se quejó de que quisiera ir a un bar con Jeans y una camiseta enorme. Cuando salí de bañarme me encontré con que en lugar de mi ropa había una bata, Cloe gritó que fuera a la habitación que compartía con mi hermano, me ayudaría a ponerme decente, lo que sea que significaba eso.






